El folletín

 

Libretería, 14 de mayo de 2017  

Día 4… 1:25 pm

Gerardo detuvo la moto a solo una cuadra del restaurante.

Miró a todos lados en busca de algún rostro conocido. Para asegurarse de no llamar la atención, se había cambiado su uniforme en la oficina por una ropa de civil, que le daba el aspecto de un simple transeúnte en busca de un lugar donde relajarse un rato.

Gerardo no era estúpido, sabía que entrar en aquel restaurante vestido de militar era como ponerse la soga al cuello y saltar al vacío…, aunque quizás eso precisamente era lo que estaba haciendo, ya que no tenía ni la más remota idea de qué buscaba exactamente.

Una corazonada… Eso no le sonó muy original.

Caminó por la acera hasta llegar a las puertas del restaurante. Echó un vistazo a los autos que estaban parqueados a la orilla de la carretera. Había un mejunje de placas de todas clases y colores. Autos de procedencia extranjera acompañaban a otros de origen nacional. Por sus modelos, Gerardo se imaginó que debían de pertenecer a deportistas destacados o algún que otro artista de la farándula. No se sorprendió de ver chapas con el color de las embajadas.

Caminó hasta la entrada.

Ya no hay vuelta atrás.

Entró.

Una modelo de revista Playboy trabajaba como recepcionista.

―Bienvenido al Restaurante del Chino, ¿desea mesa, o barra?

―Mesa.

―¿Viene acompañado?

―Mi pareja llegará dentro de un rato ―improvisó―; por favor, que la mesa sea lo más apartada posible.

La joven le sonrió traviesa. Gerardo comprendió que muchos hombres debían hacerle un pedido semejante.

―Por supuesto. Le buscaré una mesa muy discreta ―la chica le guiñó un ojo―; sígame, por favor.

Una vez en su mesa, Gerardo dejó escapar un largo suspiro.

¡Por Dios y todos los santos…! ¿Dónde estoy?

Cincuenta años atrás Cuba vivió uno de los momentos históricos más importantes del pasado siglo: la toma del poder por un partido comunista. La base para lograr aquella Revolución, que estremeció los cimientos del país y del mundo, fue el intento de cambiar todos los males que afectaban a la isla. Supuestamente, los nuevos comunistas (los famosos Barbudos) juraron y gritaron a los cuatro vientos que el país se había sumido en el juego, la prostitución y la desigualdad social… Con el nuevo gobierno todo eso sería eliminado y el pueblo les creyó…

Ingenuos…, pensó Gerardo al mirar a su alrededor.

A la captura del Shadowboy

Por Adrián Henríquez

Capítulo 45 completo. El restaurante del Chino

gallery/mesera

El Restaurante del Chino cumplía con todos los requisitos de aquella pomposa década del 50.

Gerardo se acurrucó en las sombras y observó todo el local y a sus clientes. 

Debían sobrepasar las cincuenta mesas. Muchas de ellas separadas por cortinas para darles privacidad a sus clientes. El restaurante tenía una decoración internacional que debía costar una fortuna. En una de las paredes colgaba la cabeza disecada de un toro, mientras que en otra, había un enorme sombrero mexicano. En el centro, montada sobre finísimos azulejos, se erguía una fuente de mármol en representación de una orgía entre dioses y musas. Algunos semicapros tocaban arpas y danzaban alrededor de la orgía lanzando chorros de agua por su boca o cuernos. La fuente, como observó Gerardo sin necesidad de ser un experto en arte, debía de costar una millonada. Y por supuesto que el fondo estaba cubierto por monedas de todas las naciones, cual analogía a una fuente de los deseos.

Desde su rincón, Gerardo continuó observando los cubículos reservados para diversos juegos de mesa. Un joven con traje y corbata repartía cartas como un digno crupier de Las Vegas. Las mesas de juego estaban mejor iluminadas; pero el resto de ellas permanecían entre las sombras, y eso le permitía a las parejas hacer lo que les viniera en ganas sin llamar la atención.

Una de las camareras pasó y le indicó con un dedo que en un segundo lo atendía. 

Hasta el momento, Gerardo no se había percatado de las meseras. Cuando les prestó atención por primera vez, sintió que el corazón le iba a estallar en el pecho.

Cada una de las camareras, sin excepción, podían participar en un concurso de La Belleza Latina... ¡Qué mierdas estaba pensando! No, mucho más, podían ser verdaderas modelos de la revista Playboy, incluso hasta pasarse una semanita en la mansión de Hugh Hefner.

Las chicas se movían por entre las mesas con gestos y rostros ensayados. Jamás desaparecía de sus bocas una sonrisa demasiado provocativa o insinuante. Iban de un lado a otro como laboriosas hormigas llevando en sus hombros bandejas repletas de mariscos y cervezas. El olor a la langosta, las patas de cangrejo y los ostiones flotaba en el aire como si fuera parte de la decoración. Cervezas y vinos de marcas importadas cubrían las mesas de los clientes. Gerardo reconoció a varios artistas de la televisión; entre ellos, a una joven llamada Yeny, que en esos momentos aparecía cada noche en la telenovela de las nueve.

Yeny no debía de pasar de los veinte. Estaba sentada sobre las piernas de un gordo de cachetes rojos y una prominente calva. De su propia boca, le servía trozos de langosta que al gordo se le caían sobre la panza por la borrachera que tenía.

Mientras más observaba el local, más se espantaba por todo lo que acontecía a su alrededor. Algo irónico, ya que supuestamente, él mismo era la ley. Sentirse intimidado dentro de aquellas paredes, le dejó bien claro una vez más cuán inferior estaba en la escala de poder.

Esta no es mi liga, tuvo que admitir, aunque lo que realmente le preocupaba era la situación en la que se estaba metiendo, pues continuaba sin saber dónde o cómo buscar. En su cartera no llevaba el dinero suficiente ni para pagarse el plato más barato de la casa…, y mucho una cerveza.

Adrián Henríquez

gallery/adrian_elfolletin

Busca y captura internacional del doble agente nazi que se escondió en la isla de Cuba.

gallery/vdnew

A la captura del Shadowboy

Un anciano pescador se enfrenta en Cuba a los mercenarios más preparados con la mejor tecnología del mundo

De autor teatral a escritor de aventura y suspense.  Adrián Henríquez (Villa Clara, Cuba, 1987) es un ferviente admirador de Ken Follet, Tom Clancy o Dan Brown, cuya influencia literaria has traslado con éxito a su primer tecno-thriller: A la captura del Shadowboy.  Se graduó en la escuela de arte Manuel Ascunce Domenech, en Cuba, y emigró a Estados Unidos en el 2009. Actualmente reside con su esposa en Nashville, Tennessee.

El escritor cubano es además aficionado a todo tipo de artes marciales y adicto a las peleas de la UFC  (Ultimate Fighting Championship), el deporte de artes marciales mixtas más famoso del mundo donde se combinan, entre otras, las disciplinas de Muay Thai, Karate, Jiu Jitsu y  Kickboxing.  Estos conocimientos y su disciplina documental le permiten trasladar a sus novelas de ficción el realismo de distintas artes de defensa y ataque.

La acción de la novela se  desplaza a la ciudad cubana de Santa Clara. El capitán Gerardo se adentra en uno de los lugares más sórdidos de la isla: los clubes privados donde "se entretienen" la élite del poder cubano y lo más selecto de las visitas extranjeras. El juego y la prostitución de alto standing sorprenden al oficial cubano que concluye: "Esta no es mi liga".

A la captura del Shadowboy
gallery/poker

Miró hacia el final del pasillo y vio un cartel que indicaba la entrada a los baños.

Tratando de llegar inadvertido, se movió por entre las mesas, siempre buscando la penumbra de las esquinas. Al llegar a los baños no se detuvo, y como si fuera un cliente habitual siguió por el pasillo hasta la segunda sección del restaurante, que estaba separada por un cartel que tenía escrito: Reservados.

En esta parte las mesas eran mucho más grandes e iluminadas de manera tal que solo el centro era visible.

El escándalo y los gritos procedentes de la última mesa, provocaron que Gerardo se girara con brusquedad hacia la izquierda, en espera de alguna pelea, y para su sorpresa, resultó ser un grupo de viejos que lanzaban billetes para que una de las camareras se desnudara sobre la propia mesa, ya servida. Desconcertado, observó que a la joven solo le quedaban sus medias pantis. Pero más sorprendente aún fue cuando reconoció que entre los viejos se encontraba el teniente coronel Armando Morales, nada menos que la voz y mando de los servicios de Seguridad de la Provincia de Villa Clara.

Sin poderlo evitar, admiró los movimientos sensuales y provocativos de la joven, quien, como toda una profesional, meneaba sus nalgas perfectas al ritmo cadencioso de la música.

La joven no debía pasar de los dieciocho años.

Desde entonces, a Gerardo le quedó claro cuál era el verdadero trabajo de las hermosas camareras. Eran finas damas de compañía, geishas criollas… o simplemente jineteras, como las llamaban los cubanos de a pie.

Sin saber muy bien qué hacer, regresó rápidamente a su mesa. Al llegar vio que ya lo esperaba una hermosa trigueña de ojos verdes.

—Hola, me llamó Betty, seré la camarera a “tu” servicio; ¿qué quieres para tomar?

—Mmm, pues, mmm… este… —Gerardo se tuvo que reponer primero de las miradas insinuantes de la joven para después pensar con claridad—, por ahora una cerveza estará bien.

¡Dios, por favor, que no me cueste mucho!

—¿De qué clase la desea, nacional o extranjera?

—Una Cristal —se apresuró a decir Gerardo, con la esperanza de que una cerveza nacional le saliera más barata. Luego agregó—: es que me gustan más las cubanas, ¡tú sabes!

—A mí también me gustan más…, las cubanas... —la insinuación casi le provoca una erección—. ¿Quiere que le traiga el menú?

—No, gracias, estoy esperando por mi pareja.

—Su pareja…es… ¿es hombre o mujer?

—Mujer.

—Afortunada —la joven se sacó del bolsillo una tarjeta con su número telefónico—: a mí no me importa compartir.

Diciendo esto la chica se alejó moviendo sus caderas tan provocativamente como le fue posible. Por un leve momento, Gerardo llegó a creerse que la camarera realmente quería pasar una noche con él, entonces recordó una de las canciones más populares del trovador cubano Frank Delgado.

Gerardo no recordaba bien la letra, solo una parte del estribillo, que decía: …yo quisiera estar contigo aunque sea un día de fiesta, pero lo bueno de Cuba siempre algo verde te cuesta…      

suscríbete a Libretería
A la captura del Shadowboy