El folletín

 

Libretería, 25 de abril de 2017  

Un lienzo negro de titilantes estrellas se colaba a través del marco de la ventana. El cristal estaba abierto, y una agradable brisa veraniega apaciguaba el calor que durante el día había acumulado la habitación. Serían las diez o las once. No tenía modo de saberlo ya que no disponía de un reloj a mano en el que poder comprobarlo, pero por la cantidad de canciones que había tocado, calculé que debía haber pasado alrededor de hora y media ensayando. Guardé la guitarra en su funda y me tumbé observando el pequeño marco de la ventana. Algunas de las constelaciones que se colaban a través del hueco, eran las mismas que en su momento observaba en los alrededores de la orilla del lago Kawishiwi. Me pregunté si mi madre o mi padre, estarían observando ese mismo firmamento, si estarían bien allá donde estuvieran o si me echarían de menos. Quizá no había sido justo con ellos, sobre todo con mi madre. Puede que hubiese pecado de egocéntrico en cuanto a lo de llegar a ser un gran guitarrista, y el precio de la purga, lo estuviera pagando así: tumbado sobre la cama que hasta hacía muy poco pertenecía al hijo de Julia, sin saber qué hacer de ahí en adelante.

Llamaron a la puerta, tres veces, toques suaves y distanciados los unos de los otros por pocos segundos. Como si esperasen una respuesta antes de atreverse con el siguiente aviso. Pensé con tristeza que a pesar del tiempo que habíamos pasado juntos, una madre jamás tendría que insistir tanto con sus nudillos a su verdadero hijo.

—Pasa —contesté a Julia sabiendo que solo podía tratarse de ella. Abrió la puerta en dos tiempos, temerosa, seguro, de que me encontrara tirado en la cama con solo unos calzoncillos, como la última vez.

—Tienes visita —dijo. 

—¿Cómo? Digo, ¿Quién? —pregunté extrañado. Ya que no esperaba a nadie.

—Es una de esas chicas que siempre están viéndote actuar en el Búfalo. La que habla tanto —aclaró—. ¿Quieres que le diga que pase?

—Vale —contesté con la cabeza dándole vueltas al motivo por el que Allison podría estar allí. Porque sin duda, esa voz que nunca paraba, solo podía ser la de ella.

—De acuerdo, pero recoge un poco todo esto. No quiero que piense que estoy criando un cerdo —señaló hacia el desastre en el que se había convertido el suelo de la habitación. 

 'Senderos de rock' (1) 

Por Sebastián E. Luna

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Despareció por la puerta, dejando tras de sí su ya recurrente voluta de humo del pitillo que solía colgar de su boca, y escuché sus pasos ligeros sobre la madera de las escaleras. Me levanté y guardé la ropa desperdigada bajo la cama. No la doblé ni la coloqué, tan solo la empujé con el pie para que no estuviera a la vista, y escondí una pila de vasos de varios desayunos que acumulaba sobre una mesa de estudio, en el fondo de un armario. Al intentar cerrar la puerta corredera, esta se quedó atrancada por la manga de una chaqueta que sobresalía, y que como si vistiera el brazo de un fantasma, había impedido que cerrara con normalidad la puerta. Era la cazadora de cuero de mi padre. La flamante prenda de motorista que tantos años atrás me había maravillado no solo por los mensajes que contenía, sino por lo que representaba aquel objeto alrededor de un estilo de vida concreto. Hacía mucho tiempo que no me la ponía. Puede que ni siquiera la llevara ya puesta en los últimos días antes de que Julia me recogiera a mí y a los litros de alcohol que llevaba en ese momento en el cuerpo, por miedo a que me la robaran o me metieran dos puñaladas por ella. Guardé la manga con cuidado en el interior del armario y al darme la vuelta tras cerrar la puerta, me encontré con la figura hermosa y radiante de Allison Walker. No la había escuchado entrar ni subir por las escaleras, a pesar de los enormes tacones que como siempre calzaba.  <<Quizás incluso duerma con ellos>>, pensé.  Llevaba la cara maquillada en tonos pálidos salvo en pómulos y mejillas dónde se había atrevido con un poco más de color. Los labios rojos, intensos, de los que no hacen falta que digan: aquí estoy yo.

—Tenía razón tu jefa.

—¿En qué?

—Necesitas salir de casa y darle un repaso a esta pocilga — observó alrededor. —¿Ha sido ella la que te ha llamado para que vinieras a verme?

—No —se encogió de hombros. Pensándolo bien, era un poco absurdo. Quizá incluso Allison podría sentirse ofendida por haberlo pensado—. No. Me extrañaba que el Búfalo no abriera en quince días.

—Estamos de obras.

—Ya. Me lo ha contado Julia. Una buena faena lo de esa tubería —dijo dando una vuelta alrededor de la habitación capturando cada detalle, de igual modo que lo habría hecho por el interior de una tienda en rebajas, toqueteando las cosas, mirando unas etiquetas que marcaban un precio que no existía. Sin duda, me estaba evaluando y conociendo mejor por mis trastos, que por las palabras que habíamos cruzado hasta entonces. Se paró un instante frente a la cama, se sentó en ella, junto a la funda en la que guardaba a Blue Betty. Desabrochó ambos clips metálicos. Al hacerlo algo sonó diferente de cuando yo lo hacía. Abrió la funda y pasó sus dedos con sus largas uñas con la manicura en rojo, a través de la superficie del mástil. Lo hizo muy despacio. A sabiendas del componente sexual que desprendía al acariciar el brillante largo de la madera. Me quedé paralizado observando, sin saber bien qué hacer.

—¿Y cuánto tiempo va a durar la obra?

—Un mes. Puede que algo más —dije tras meditar la primera respuesta—. Julia me dijo que nunca había hecho reformas, y que gracias a los resultados del último año, puede dedicar gran parte de las ganancias a ello. Está empeñada en que el único modo de sobrevivir al auge de las grandes cadenas, es ofrecer algo nuevo y diferente —dije rompiendo la sensualidad del momento.

—Yo habría cogido la pasta y me habría largado de aquí. Sin dar explicaciones a nadie, ni a amigas ni a padres.

—¿A dónde?

—Si yo fuera tú, habría huido conmigo.

—Pero no lo eres.

—No. Es obvio que no.

—¿Qué haces aquí Allison? —pregunté destrozando su juego.  

—Hemos venido a buscarte. Están todos abajo pero nadie se atrevía a subir. Ya sabes la fama que tiene tu jefa.

Me asomé por la ventana. En la calle, un grupo de al menos quince o veinte personas, se agolpaban contra los coches en la acera de enfrente. Reconocí algunas caras en la oscuridad pero ni mucho menos las de todo el mundo, ya que era un grupo de chicas y chicos, y hasta ahora solo me había movido con ellas.

—¿Está ella abajo?

No me hizo falta pronunciar su nombre, ya que Allison de sobra sabía que me estaba refiriendo a Annabelle. En esos días habíamos quedado dos veces. Una para ver un partido de béisbol de la liga infantil en donde iba a debutar por primera vez su hermano, y otra para ir al cine al estreno de El Resplandor. En las dos ocasiones, fuimos juntos en calidad de amigos, aunque ni siquiera me había dado un beso en la mejilla al despedirnos, pensé con un extraño nudo en la garganta.

—Pues claro que está abajo —dijo como si yo fuera tonto y no me enterara de nada—. Toma, nos vamos —me dio la guitarra y un pantalón vaquero que había dejado mal doblado sobre una silla—. Vas a necesitar las dos cosas. ¡Ah! Y hazte una mochila, vamos a pasar fuera un par de días.

Me miré en un espejo alargado que colgaba de la pared. Ella sonrió a mi imagen indiferente tras de mí. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que solo llevaba puestos los calzoncillos. 

Sebastián E. Luna

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Aventura, romance, drama, misterio ... Todo eso para alcanzar un sueño

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Senderos de rock

El nacimiento de una leyenda

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Confiesa su admiración por el escritor japonés Haruki Murakami y particularmente por su Tokyo Blues. Y como él,  busca las emociones del lector y las tiñe de unas notas de ironía y descrimiento que te provocan media sonrisa. Ninguno de sus personajes te dejan indiferente: o empatizas con ellos o los odias.

Senderos de rock es la segunda novela de este más que prometedor autor indie: "Surge de mis años mozos -dice-, en los que los pelos largos y un walkman a pilas era todo lo que necesitaba para vivir un día completo".

Es además un viajero incasable. Ha recorrido Laponia, New York, Miami... Se tiró un mes de mochila por Vietnam, aunque de vez en cuando se refugiaba en buenos hoteles. Y dice, asegura, que en  Las islas Maldivas:
"¡he buceado con tiburones y mantarrayas!".

El nacimiento de una leyenda, un modo de vida,  la libertad de una canción de rock...