Mujeres de agua, hombres de viento, paraguas rojos…,  La escritora Antonia J. Corrales crea un lenguaje propio que ha trascendido su novela

«El agua es el origen de la vida, como vosotras, como todas las mujeres. Se mimetiza con las energías que la rodean, toma mil formas, igual que lo hacéis las mujeres»


Antonia J. Corrales: ‘Mujeres de agua’


Antonia J. Corrales ha sido capaz de crear un lenguaje propio: «mujeres de agua», «hombres de viento»… Y les ha dotado de símbolos propios: «paraguas rojo». E incluso han compuesto a propósito un tema musical: «That woman» (‘Esa mujer’). Podría haber quedado ahí, pero ha trascendido. Miles y miles de seguidores y seguidoras se han apropiado de todo esa simbología que encierra un sentir, un ser y un estar, y lo han convertido en una parte de su vida.

Antonia J. Corrales imprime además un estilo personal a su literatura que te permitirá reconocer su particular trazado en sus verbos, sus formas y sus seducciones. A su obra hay quien lo llaman literatura romántica. No sé si con aprecio o desprecio. A mi, particularmente, me gusta más romanticismo. No como el trágico de Bécquer. El romanticismo de Antonia J. Corrales es esperanzador. El tiempo, no el reloj, eso con lo que  le gusta jugar tanto en su novelas, hablará cuando crea oportuno hacerlo.
Aquí tenéis un fragmento de la recién estrenada ‘Mujeres de agua’, la novela que sigue al best-seller ‘En un rincón del alma’ y donde podréis acercaros al concepto –si no lo conocéis– de mujeres de agua:

Antonia J Corrales en mujeres de agua

«-Andreas, ¿por qué la llamabas «mujer de agua»? -le inquirí.
-El agua es el origen de la vida, como vosotras, como todas las mujeres. Se mimetiza con las energías que la rodean, toma mil formas, igual que lo hacéis las mujeres. Además, tu madre decía que todos los días importantes de su vida estaban pasados por agua -sonrió-. Ella era toda agua, toda energía y vida. Siempre pensé que algún día se perdería bajo la lluvia, porque el agua era su origen. Cuando se lo decía, ella respondía que para protegerse de la lluvia tenía el paraguas rojo que le regaló Sheela.
-Ahora lo tengo yo -le dije con voz entrecortada.
-Me llamaba «hombre de viento». Decía que los hombres somos como el viento que mueve el agua del mar o los lagos. Vamos y venimos como él, pero que pocas veces nos quedamos en el mismo lugar, porque si lo hiciésemos, dejaríamos de ser…» (…)
«Mientras el coche se alejaba una brisa cálida cimbreó las hojas de los prunos que pobablaban la avenida, agitó levemente las ramas del sauce llorón de la entrada de la casa, se paseó por nuestro pelo, rozó nuestros cuellos y pareció abrazarnos. Estoy segura de que el viento que nos acariciaba era él, Andreas».

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