El asesino indeleble no es la primera novela de Marcos Nieto Pallarés, pero sí su primera novela negra.

Sus personajes principales son auténticos ‘canallas’

«Allí, en medio de la habitación estaba ella, estaba mi hija, tan hermosa como la recordaba, en pijama, con su osito Dormilón entre los brazos».


Marcos Nieto Pallarés: ‘El asesino indeleble’


No es la primera novela de Marcos Nieto Pallarés, pero sí su primera novela negra. Y la verdad, la ejecuta con gran maestría. Marcos no renuncia al alma de sus personajes: los principales son auténticos ‘canallas’ soportados por otros más humanos y contradictorios, más de carne y hueso. A este escritor le pasa con sus retratos lo mismo que a Velázquez, que los rectifica hasta que los completa. La trama tiene un buen ritmo y giros sorprendentes, y un punto de partida que definirá su ambiente, una sentencia de Nietzsche: «cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti».  No sé si un asesino múltiple como el que describe sería creíble en su país de residencia, así que se lleva la acción a la meca de los criminales en serie. Te sientas con ‘El asesino indeleble’, te dejas llevar por su lectura y cuando despiertas: lo terminas, te quedas con ganas de volver a empezar:

Marcos Nieto Pallarés y el asesino indeleble
«Me incorporé y vi una sombra deslizarse por la puerta. La seguí hasta la sala de estar inmerso en una oscuridad que solo la tenue luz que entraba por las ventanas disipaba. Y allí, en medio de la habitación estaba ella, estaba mi hija, tan hermosa como la recordaba, en pijama, con su osito Dormilón entre los brazos.
-Cariño, ven con papá -le susurré mientras mis ojos lloraban sin consuelo.
Me acuclillé para recibirla entre mis brazos, pero justo antes de que los alcanzara, su pecho se tiñó de rojo. Se detuvo y alzó su mano mirándome fijamente.» (…)
«Me alcé y giré mi cuerpo al escuchar chirriar la puerta de la cocina. Del interior de la pequeña estancia emanó una intensa luz ambarina, que se tornó en un cuerpo en llamas. El ser abrasado se acercó y posó su lumbre a escasos  dos metros de mi cuerpo semidesnudo.
-Hola, detective. -Su voz sonó grave, distorsionada-. ¿Te acuerdas de mi?
-No sé quién eres, demonio. Pero seguro vas a decírmelo ¿verdad?»

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