El capitán Alejandro M. Riley es un americano de madre gaditana, combatiente de la Brigada Lincoln en la masacre del cerro del Pingarrón y pirata en el mar Mediterráneo

“Costaba creer que aquel tipo con aspecto de aburrido contable fuera uno de los hombres más ricos y poderosos de toda Europa —«el banquero de Franco», le llamaban algunos—”


Fernando Gamboa: ‘Capitán Riley’


Devoraba con fruición las novelas de aventuras del maestro del género Fernando Gamboa…-he de reconocer que antes había sucumbido al embrujo del premio indie Jorge Magano-, …hasta que caí en las redes de uno de los héroes de Gamboa tan seductor como Corto Maltés, del legendario Hugo Pratt, uno de esos que lees y relees hasta que las portadas quedan desgastadas ya por sobadas. Hablo del capitán Alex M. Riley. 

Corto Maltés nacía en la Valetta del vientre de una gitana, la Niña de Gibraltar, y después, en alguna de sus aventuras, traficaba en el Mar de China junto, o contra, Rasputín, y se codeaba con hermosas y peligrosas mujeres… Por contar algo… Pues el capitán Alejandro M. Riley es un americano de madre gaditana, combatiente de la Brigada Lincoln en la masacre del cerro del Pingarrón y pirata en el mar Mediterráneo junto, más bien contra, Himmler y March. Por contar algo también…
Digo esto no porque Fernando Gamboa necesite publicidad: tiene un boca a boca espectacular que le sitúa siempre entre los más vendidos. Más bien porque el 10 de septiembre estrenará ‘Tinieblas’, la secuela de ‘Capitán Riley’. Y como algunos lleváis de retraso las dos entregas anteriores: ‘Tierra de nadie’ y ‘Capitán Riley’… Y como también tenéis un verano por delante… Pues eso, que para el que no lo sepa… Ya está dicho… Un aperitivo de muestra literal:

Fernando Gamboa en Filipinas

“En cuanto subieron al auto, lo primero que hicieron fue vendarles los ojos, ignorando las protestas de los dos marinos y asegurándoles que, o aceptaban ir así, o no irían a ningún lado. Circularon por Barcelona durante casi una hora, algo que llevó a Alex a suponer que lo hacían para despistarles pues aquella ciudad, no demasiado grande y sin apenas semáforos, en ese tiempo ya habrían podido recorrerla de arriba abajo un par de veces. Finalmente, el sedán se detuvo con un chirrido de los frenos, y tras advertirles que no se quitaran aún las vendas, los hicieron salir del coche para, seguidamente, conducirlos a un lugar bajo techo.

—Ya os las podéis quitar —avisó a sus espaldas una voz de cazalla.

De inmediato se deshicieron de los antifaces, y descubrieron que se encontraban en el interior de un opulento despacho de enormes dimensiones, con un amplio ventanal que daba a un frondoso jardín, una gran mesa de caoba a la luz del mismo, y, enfrente, dos sillas vacías que parecían esperarles. Una decena de cuadros colgaban de las paredes color crema, y a pesar de no ser ningún experto, a Alex no le costó reconocer un Monet y un Van Gogh, así como un par de esculturas griegas o romanas en las dos esquinas del fondo. No dudó ni por un momento, tratándose de quien se trataba, de que todas aquellas obras eran las auténticas y originales. Miraba a su alrededor procurando no parecer demasiado impresionado cuando uno de los matones se acercó por la espalda y con un gesto ágil, fruto de mucha práctica, los cacheó a ambos en un santiamén. Antes de que se dieran cuenta ya les habían despojado a ambos de las pistolas que llevaban bajo la ropa.

—Tranquilos —dijo el otro gorila, con una sonrisa que decía todo lo contrario—. Cuando os vayáis, os las devuelvo.

Entonces hizo una señal y a los pocos segundos apareció por una puerta lateral un hombre delgado y de nariz prominente que no pasaría del metro setenta de estatura, con un anodino traje oscuro, corbata a rayas y camisa blanca. Sin decir una palabra y con paso ágil, a pesar de la cincuentena larga que aparentaba, se acercó a su escritorio, tomó asiento en un mullido sillón de piel, y sin siquiera mirarlos les hizo una seña — acompañado por un leve empujón de los dos guardaespaldas— para que también se sentaran.

El silencio se prolongó durante unos minutos eternos en los que el recién llegado ojeó unos documentos que tenía sobre la mesa, ignorándolos como si no estuviesen ahí. Costaba creer que aquel tipo con aspecto de aburrido contable fuera uno de los hombres más ricos y poderosos de toda Europa —«el banquero de Franco», le llamaban algunos— , y que buena parte de su fortuna la hubiera amasado gracias al contrabando, la usura y la especulación en tiempos de guerra.

Casi nadie estaba al corriente de sus orígenes, ni de cómo se había convertido en un personaje que hubiera dejado a Al Capone como un matón de barrio, pero era de todos conocida su gran influencia en el gobierno español, sus contratos para abastecer de petróleo a los nazis, su doble juego con los aliados y sus traiciones constantes a todo aquel incauto que confiaba en él. Era, a pesar de su inofensiva apariencia, un personaje al que había que andarle con mucho tiento, pues con un solo gesto podía enviar a cualquiera a inspeccionar el fondo del puerto con unos bonitos zapatos de cemento.

—Me han dicho… —murmuró con voz rasposa, dejando a un lado los papeles que había estado leyendo— que ya trabajaron en una ocasión para mí. —Se quitó las gafitas redondas de lectura y miró por primera vez a los dos marinos, quietos en sus sillas como si los hubieran clavado”.

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