En Ángeles de granito, Esteban Navarro consigue definir la sutil línea entre el claro y el oscuro, entre la locura mágica y la fatal realidad, y trasciende más allá de nuestros días.

“De las calles surgieron llamas venidas del infierno. Las tapas de los alcantarillados se abrieron y volaron por encima de las casas de granito. Un ruido similar a una manada de búfalos, corriendo por la pradera, asoló la Loma Santa”


Esteban Navarro: ‘Ángeles de granito’


Esteban Navarro describe con trazos firmes, trazos profundos como los de los aguafuertes de Goya la fatalidad de una familia humilde en la ‘charnega’ y pobre Barcelona. A veces, con las suaves pinceladas de Velázquez cuando quiere profundizar en los sentimientos más inconfensables que albergan las mejores intenciones. Y en otras con la estrábica deformidad de El Greco para describir esa España mágica, esa mística popular que enraiza con firmeza en los más pobres para vestirlos de un destino movido por manos más justas y que les otorgará el milagro que la miseria les ha robado. Es un maestro del relato.

En Ángeles de granito, Esteban Navarro consigue definir la sutil línea entre el claro y el oscuro, entre la locura mágica y la fatal realidad, y trasciende más allá de nuestros días.

Probablemente dentro de cien años, o de los que sean, el hambre, la miseria y la muerte seguirán confabulando con el destino. Y probablemente los espíritus atormetandos buscarán su cura en la esperanza, mágica o no, en que algo o alguien más poderoso que todo eso les haga justicia, aunque su veredicto no sea el esperado. Entonces, seguramente, nuevos lectores escogerán esta novela y la encontrarán vigente:

Selfie de Esteban Navarro

“De las calles surgieron llamas venidas del infierno. Las tapas de los alcantarillados se abrieron y volaron por encima de las casas de granito. Un ruido similar a una manada de búfalos, corriendo por la pradera, asoló la Loma Santa. Los Heredia se comprimieron en el salón de la casa y Luis cogió la mano de Juana y la estrechó con fuerza mientras que ella hizo lo mismo con su hijo Martín y éste la mano de Clara y ésta la de Ezequiel.
-¿Un terremoto? -preguntó Juana a la hermana de Ezequiel, sin abrir los ojos.
-¡No!-gritó-. Es Uriel, el fuego de Dios.
En unos segundos, pero que parecieron horas, la calle retomó la tranquilidad inicial y Luis salió despavorido hacia la habitación de arriba, seguido de Juana, ante la atenta mirada de Clara y Ezequiel que se comportaban como si lo que hubieran visto, fuera lo más normal del mundo.
-¿Adónde vais? -preguntó Sandra a sus padres; aunque creía saber la respuesta.
-Quédate con tu hermano -le gritó Juana.
-¡Tranquilízate Luis! -le dijo su mujer posando la mano derecha sobre su hombro izquierdo.
-Que me tranquilice -replicó-. ¿No has visto eso?-dijo metiendo sin ton ni son la ropa que iba pillando, dentro de la maleta.
-Estamos en una zona de contraste de temperatura -argumentó Juana, tratando de quitarle importancia a lo que acababan de resenciar.
-Lluvia de ranas, ángeles de piedra que mueven los ojos, plagas de langostas, bolas de fuego recorriendo las calles… ¡Juana! -gritó con los ojos salidos de las órbitas-, estamos en el averno, ¿no te has dado cuenta?
La locura se había apoderado de Luis y soltaba palabras sin sentido mientras que embutía la ropa de cualquier forma dentro de la maleta que trajeron cuando llegaron a la Loma Santa”.

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