Pocos se han atrevido, y menos aún con éxito, a viajar al interior de la Tierra y recrear un mundo totalmente inventado. Más difícil aún que resulte creíble

«Tanto los muggs como los nagás eran criaturas que se escapaban a cualquier tipo de comprensión, de lógica… Pero, ¿qué otra cosa podían esperar?»


Mónica Martín Manso: ‘La ruta de los eternos’


Pocos se han atrevido, y menos aún con éxito, a viajar al interior de la Tierra y recrear un mundo totalmente inventado. Más difícil aún que resulte creíble y además te invada la pasión de la aventura. Mónica Martín Manso lo consigue en ‘La ruta de los eternos’, segunda novela de su trilogía ‘El Reino de los Mil Nombres’. Parte para ello de la premisa de la Ley de la Correspondencia: como arriba debe ser abajo, pero aún y así ha de justificar un mundo subterráneo carente de un astro de luz, o de una atmósfera, o de agua… O, ¿no? Os sorprenderá con algunos de sus ingeniosos giros y coartadas.

Es además un viaje al centro de la Tierra donde se esconden los mitos, leyendas y fantasmas más antiguos y ancestrales que han perseguido los seres humanos, donde habitan las preguntas que han invadido nuestras mentes.

Sus personajes han de pasar 7 puertas, porque siete es un número cargado de magnetismo y magia, y también resolver misterios y acertijos al viejo estilo de los héroes de leyenda de la mitología griega.

Los lectores amantes de Literatura fantástica y épica encontramos fuera de nuestra lengua común, el español, autores tremendamente brillantes como J.R.R. Tolkien, George R.R. Martín o Patrick Rothfuss. Desgraciadamente olvidamos con frecuencia a otro de los maestros, Robert Jordan y su rueda del tiempo. 

Pues bien, Mónica Martín Manso es un valor seguro en este idoma que compartimos, el español, y en este género  tan difícil de articular. ‘El legado de los venerables’ y ahora ‘La ruta de los eternos’, lo atestiguan:

“El horror y el pavor se pintaban a partes iguales en las expresiones de los miembros del Círculo de Annón de un modo casi palpable. Lo que acababan de presenciar era más propio de un cuento de fantasía que de una fehaciente realidad. Tanto los muggs como los nagás eran criaturas que se escapaban a cualquier tipo de comprensión, de lógica… Pero, ¿qué otra cosa podían esperar? Se había adentrado, sin pararse a pensar en las consecuencias, en la vertiginosa telaraña de una leyenda -de la que estaban siendo testigos excepcionales-, que se tejía en las mismas proporciones de misterio y maravilla que de terror y espanto.

—Dios santo… -balbucía Geogre mecánicamente, con el rostro lívido. Temblaba bajo las capas de ropa. La atmósfera parecía haberse quedado sin oxígeno porque le costaba respirar.

Los demás habían contemplado la escena en silencio, como hipnotizados, sin poder apartar un solo segundo los ojos de ella.

—¿Dónde nos hemos metido?¿Dónde nos hemos metido?

La pregunta llena de angustia de George sacó de su ensimismamiento a los miembros del Círculo de Annón.

—¿Habéis visto eso? -dijo Martín Leiva, volviéndose hacia sus compañeros.

—Parecen seres irreales -respondió Johann Luis-. Sacados de la imaginación de un escritor brillante.

—¿Brillante? -repitió George en tono molesto sin poderse reprimir-. ¿Brillante? Esos seres infernales nos matarían en apenas unos segundos, ¿y a ti te parecen sacados de la imaginación de un escritor brillante? ¡Son reales, por el amor de Dios! -bramó.

—Baja la voz -le instó Johann Luis.

George seguía temblando.

—Solo espero que a ese escritor brillante no se le ocurra crear más criaturas como estas y meterlas en el interior de la Tierra, o no saldremos vivos de aquí».

La ruta de los eternos