Combináis  los ingredientes: mezclados no agitados,  lo servís bien frío y disfrutáis de una buena novela negra

«Sin apenas luz, se nos presentó un largo pasillo acotado en una cristalera; brillaba inducida por la luz dorada del amanecer, que ya despuntaba en el exterior»


Marcos Nieto Pallarés: ‘Los crímenes post-mortem’


He percibido cierto sabor, cierta esencia  al viejo estilo del cine negro americano: un poco de tinta de ‘El  halcón maltés’, otro poco de ‘Tener o no tener’…  Eso sí, en otra época, en otro ambiente, superada la guerra de Secesión americana, a finales del siglo XIX. El pensamiento del protagonista me recordó en un principio a Harry, el sucio, sólo que con una familia adorable, con un compañero de fatigas, y amante de los nuevos ingenios de la época… Le sumáis otros recursos, que por no hacer spoiler no puedo definir más, con los que ya nos sorprendió William Shakespeare en Romeo y Julieta, pero que Marcos Nieto Pallarés viste de cierta magia. Combináis  los ingredientes: mezclados no agitados,  lo servís bien frío y disfrutáis de una novela negra que si yo fuera Coppola o Scorsese, me encantaría llevar al cine.

Ya sé, ya sé… Os quejaréis porque es una novela corta, pero eso no le resta mérito. Definitivamente y después de haber leído además de esta novela: ‘Los crímenes post mortem’,  ‘El asesino indeleble’, me parece que, este de la crónica negra, es un género en el que Marcos Nieto Pallarés se siente muy pero que muy cómodo:

«Hacía frío. Mi compañero se frotaba las manos entretanto cruzábamos la calle dirección al piso de nuestro hombre. El terreno a nuestros pies se mostraba más enfangado de lo habitual debido a las recientes lluvias, y sobre la calzada se podían distinguir con claridad las marcas de caballos y carruajes.

Buster vestía su habitual chaqué de corte exquisito, en esta ocasión, gris a rayas blancas y negras, bajo el cual lucía también de forma impecable un chaleco a juego, por el que asomaba una camisa blanca de cuello alto. Su inconfundible bigote y su sombrero de copa alta acababan de acicalar su estampa.

—¡Maldito barro! —lamentó al percatarse los bajos de su pantalón impregnados por el lodo. Los zapatos ni siquiera podían vérsele.

Un bloque de paredes ennegrecidas por la humedad, que apenas se mantenía en pie se mostró ante nosotros. La pobreza embadurnaba demasiadas zonas de la ciudad, y se olía en cada rincón, en cada fachada sucia como la que teníamos delante.

—Con pies de plomo —le dije ya dentro del edificio—. Quizá sepa que estamos aquí.

Asintió y al finalizar su gesto, ascendió por las escaleras; las marcas de sus pisadas le sucedían: marrones, embarradas…  Sin apenas luz, se nos presentó un largo pasillo acotado en una cristalera; brillaba inducida por la luz dorada del amanecer, que ya despuntaba en el exterior. A nuestra derecha, la puerta tras la cual residía James Stuart. Metí la mano dentro de mi traje y saqué de su funda el arma, al igual que hizo Buster. Nos colocamos a ambos costados de la puerta apoyando nuestras espaldas en la pared, y golpeé la madera con los nudillos.

—Detectives Tolley y McAlister —dije en voz alta con mi Colt bien amarrada entre los dedos—. Queremos hacerle unas preguntas, si es tan amable.

Su respuesta no se hizo esperar: un vendaval de balazos perforó la puerta dibujando en la madera agujeros que también se reflejaron en el yeso. El polvo blanco procedente de los impactos en la pared se mezcló con el ambiente: tosimos como dos viejos fumadores.

—¡Maldito cabrón! —exclamó Buster tapándose la boca, al tiempo que carraspeaba—. ¡Nos estaba esperando, el muy…!

—¡Desgraciado! —grité al tiempo que me disponía a devolverle la bienvenida—. ¡Te cubro!

Disparé contra la puerta, que parecía más bien un colador; Buster le arreó una violenta patada mostrando el interior del piso.

Nos quedamos paralizados ante lo que encontramos.

«Mierda».

Justo ante nosotros, una mujer sentada en una silla: boca amordazada, cabeza gacha… Lucía impactos de bala”.

Los crímenes post-mortem