He sido secuestrado por las novelas de Enrique Laso. Sufro  síndrome de Estocolmo. Son como un malware que se  instala en tu disco duro y consume gran parte de tus recursos  ¿Los ingredientes?  Escribe divinamente…

“Mientras volábamos de Washington al Aeropuerto Internacional de Kansas City imaginábamos, con bastante acierto, que las escenas ya habrían sido corrompidas”


Enrique Laso: ‘Los crímenes azules’


He sido secuestrado por las novelas de Enrique Laso. Sufro  síndrome de Estocolmo. Desde que me atrapó en su momento Fernando Gamboa, no había padecido unos síntomas tan fuertes. Son como un malware que se  instala en tu disco duro y consume gran parte de tus recursos  ¿Los ingredientes?  Escribe divinamente.  Domina la crónica negra que reconozco es una de mis debilidades. Entre misterio y misterio, se permite reflexiones de este calado: “la coraza que nos protege de la locura se vuelve con el tiempo demasiado gruesa” o “la victoria es tan extraordinaria, tiene tantos amigos, que hasta la mayor de las torpezas es disculpada y pasada por alto de inmediato”. Coincido plenamente con estos “subrayados populares” y me gusta su forma de expresarlos.

Que su protagonista, Ethan Bush, sea un psicólogo de Quantico, especialista en perfiles de asesinos en serie, le dota de un morbo especial. Pero es que además se nota que Enrique Laso se ha empapado bien de la literatura que rodea a este tipo de especialistas. Y cuando digo literatura, me refiero a su gran trabajo de documentación. Y ahí sí.  Os aseguro que ahí hablo con propiedad.

Tras leer, más bien devorar ‘Los crímenes azules’, mi dedo ha tomado autonomía  y se ha bajado inmediatamente a mi lector digital  ‘Los cadáveres no sueñan’. No sé lo que pasará.

El único error imperdonable, y no es atribuible al autor, es no haber caído antes en sus redes:

 Enrique Laso fotografiado por David J. Skinner

“Cuando me llamaron hacía ya una semana que habían encontrado el segundo de los cadáveres. Era un contratiempo porque muchas pruebas se habrían esfumado, y debería conformarme con las seguramente escasas evidencias que un equipo de policías poco acostumbrados a crímenes de semejantes características hubieran podido recoger. Por suerte me habían asignado una unidad de CSI bastante competente, aunque mientras volábamos de Washington al Aeropuerto Internacional de Kansas City imaginábamos, con bastante acierto, que las escenas ya habrían sido corrompidas por decenas de agentes bienintencionados pero algo torpes.

Liz, a la que ya conocía profesionalmente por el único caso del que me había ocupado hasta aquel entonces, me tendió una carpeta con algunas fotografías. Los cuerpos cianóticos de dos muchachas desnudas, abandonados en una laguna, como los restos de basura sin importancia de una tranquila mañana de picnic. Me quedé mirando fijamente los ojos abiertos de una de aquellas chiquillas, que seguramente no había cumplido los veinte años, y me pareció que trataba de suplicarme: “tienes que encontrar al salvaje que me ha hecho esto”.

Los crímenes azules


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