El escritor independiente Fernando Gamboa nos da las claves para que aprovechemos mejor nuestro tiempo de vida

“El tiempo es el elefante en la habitación que todos pretendemos ignorar de tan obvio que resulta, y confundimos nuestros apretados horarios y la suma de actividades, con lo que significa realmente aprovechar el tiempo. Tan absurdo como si sustituyéramos el amor por la suscripción a una página de porno”

 


Por Fernando Gamboa


Imagina que te quedan unos pocos minutos de vida. Imagina que de forma más o menos repentina, comprendes que solo te quedan unos momentos antes de morir. Lo justo para que te dé tiempo a darte cuenta de ello, y asumir que tu estancia en el mundo está a punto de llegar a su fin.

Todo se ha terminado. Ya no volverás a bailar, sonreír, hablar o hacer el amor. Ya no vas a hacer nada más que boquear unas cuantas veces, para dejar que el aire se abra paso renqueante hasta tus pulmones. Un aire que saborearás como el más caro de los vinos, sabiendo que ya no lo volverás a probar nunca más.

Imagina ese último instante que un día te llegará, aunque ahora no pienses en ello. Imagínate yaciendo en una cama de hospital, cerrando los ojos para ya no volverlos a abrir jamás.

Imagínatelo.

Y ahora, pregúntate si en ese inevitable momento futuro, en que sentirás que tu vida se extingue ¿No harías lo que fuera por tener un día más? ¿No darías absolutamente todo lo que posees, a cambio de unas horas más de vida? Cualquier cosa por ralentizar el tiempo, contemplar de nuevo el vuelo de una mariposa bajo un cielo de verano, ver caer un copo de nieve sobre la palma de tu mano y contemplar cómo se derrite, disfrutar de un último beso mientras una mano te acaricia el rostro…

Pues ese momento llegará, tarde o temprano. Llegará y te aferrarás a la vida rogando por unos instantes más de existencia, por una última bocanada de aire, y entonces comprenderás que el mundo sigue sin ti y es solo tu vida la que termina e, inevitablemente, recordarás los millones de instantes que has desperdiciado durante tantos y tantos años, y te preguntarás cómo pudiste ser tan imbécil.

Si tienes el tiempo suficiente para ello, te acordarás de las incontables horas que has perdido sentado en el sofá, alienado frente la televisión; de los cinco días por semana haciendo un trabajo que odiabas; de semanas y los meses malgastados sin sentido, como un hombre arruinado quemando billetes para encender puros. Porque somos así de tontos. Todos nosotros.

No nos damos cuenta de que el tiempo es lo más valioso de nuestra vida, lo único que perdemos cada día que pasa y que jamás recuperamos, hagamos lo que hagamos. Y por lo general solo nos damos cuenta de ello cuando le vemos las orejas al lobo, al borde del precipicio y a punto de caer despeñados.

El tiempo es el elefante en la habitación que todos pretendemos ignorar de tan obvio que resulta, y confundimos nuestros apretados horarios y la suma de actividades, con lo que significa realmente aprovechar el tiempo. Tan absurdo como si sustituyéramos el amor por la suscripción a una página de porno.

Lamentablemente, no podemos detener el tiempo, pero podemos hacer que fluya más despacio cuando ponemos todos nuestros sentidos en el presente y hacemos que cada segundo cuente. Cuando alargamos un abrazo hasta percibir los latidos de la otra persona, cuando nos deleitamos de la comida que acabamos de llevarnos a la boca, paladeando cada ingrediente sin pensar en nada más durante ese instante, cuando escuchamos de verdad en lugar de estar pensando en qué replicar a continuación, cuando… en fin, nos centramos únicamente en lo que estamos haciendo en ese preciso momento.

Es entonces, cuando el tiempo mágicamente se espesa, como si las agujas del segundero se moviesen a cámara lenta debajo del agua, y nos sentimos inexplicablemente felices y satisfechos, y de algún modo comprendemos que, es por instantes como esos, que la vida vale la pena.

Así que no esperes a ese minuto final de tu vida, cuando ya no haya vuelta atrás. Persigue tus sueños y vive tu vida sin rendir cuentas a nadie, pero sobre todo saborea cada segundo y disfrútalo como si fuera el último… porque un día lo será.


Fernando Gamboa

Un auténtico escritor indie, cien por cien. Tuvo al principio algunos coqueteos con alguna que otra editorial pero salió ‘escaldao’, aunque su discreción le impide hablar del tema. Le tiemblan las piernas sólo de pensar que podría acabar como Emilio Salgari, uno de sus referentes. El otro, el gran Joseph Conrad. Desde entonces se autopublica y autoedita, y tiene una correctora de estilo de lujo, la escritora Carmen Grau. Fernando se ha convertido en un referente en la novela de aventuras y aunque tiene historias de esas que hay que leer: Guinea, Ciudad negra y La última cripta, su personaje capitán Riley le ha consagrado. Si un un aventurero como Gamboa se consagra, un hecho que arroja muchos más oscuros que claros, o como el diría: ‘darkness’, tinieblas.


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