Una sociedad decadente y corrupta que ha dado rienda suelta a una de las peores de las bajezas: la pederastia

«Repasaba su nuca desnuda con una mirada tan lasciva que al poco ella se volvió inquieta, descubriéndole muy cerca.”


Mayte R. Ochotorena: ‘El secreto de la Belle Nuit’


Nantes 1791. A la sombra del nuevo mundo que nace tras la revolución francesa, en vísperas de la Era del Terror, surgen nuevos jóvenes con nuevos valores, nuevas ilusiones,  nuevos principios de amistad, generosidad  y  honestidad.  El poder cambia de manos pero la soberbia y el egocentrismo oportunista resiste y tan sólo troca de clase social, y se agarra como un parásito a la versión renovada de los nuevos miserables. Una sociedad decadente y corrupta que ha dado rienda suelta a una de las peores de las bajezas: la pederastia.

Mayte R. Ochotorena elige este ambiente histórico convulso para reflexionar sobre todo ello, en ese ambiente fronterizo entre lo viejo y lo nuevo. En ‘El secreto de la Belle Nuit’, la Historia –con mayúsculas-  es la excusa del escenario, como también lo es la trama detectivesca que intenta encontrar a los criminales.  Todo esto, en un relato ágil donde la escritora utiliza exquisitamente y con generosidad  la adjetivación, y desarrolla un estilo descriptivo rico pero a la vez sencillo de leer que no frena el ritmo narrativo:

“Arrodillado en los primeros bancos, frente al altar, no prestaba atención alguna al sermón del párroco. Aunque inclinaba la cabeza en señal de recogimiento, se levantaba y volvía a arrodillarse cuando los demás lo hacían, su mirada se centraba en la maravillosa figura de una mujer sentada no muy lejos, a su derecha, y en su hijo. Sobre todo en el chico. Porque si ella era una verdadera belleza, el chico rallaba en lo sobrenatural. Su tez blanco marfil, suave y aterciopelada, sus mejillas pálidas, aquellos grandes ojos castaños, el cabello rubio oscuro, lleno de graciosas caracolas, el modo en que sus rizos caían sobre la frente despejada… Semejaba un ángel y Jacques Valleix se encontraba mareado de delirio. Deseaba a aquel infante por encima de cualquier otra cosa y no le importaba tener aquella clase de inclinaciones en una iglesia. Satisfacer sus más bajos instintos era toda su ocupación en la vida de excesos, lujo y lujuria que llevaba. Durante todo el oficio se mantuvo atento a cada movimiento de madre e hijo, temeroso de perderles de vista sin haber averiguado quiénes eran y dónde vivían. Su elegante porte, su traje, sus maneras, le permitirían presentarse a la dama en cuestión y granjearse su amistad enseguida. Jacques Valleix era pura fachada, perfecta apariencia, oro por fuera, lodo por dentro. Luego, fácilmente, averiguaría su lugar de residencia, sus costumbres…

Ella le miró de repente, como si hubiese notado el fuego abrasador de sus ojos azules. Sin embargo, en lugar de apartar la vista mantuvo su mirada e incluso le sonrió, tímida, deliciosamente turbada y recatada. Valleix creyó desfallecer al comprobar cuán fácil iba a resultarle acercarse a ella después de todo. Había dado con una dama religiosa, sencilla, acomodada desde luego, dulce y pura… Tan perfecta como sin duda lo sería su hijo… Pensaba hacerlo al terminar la misa, se aproximaría a ella a la salida y con la excusa de comentar el sermón del párroco se presentaría y entablaría una conversación superficial pero decisiva.

A una señal del cura todo el mundo se levantó. Sólo se oían algunas toses en el eco de la abovedada nave bajo la que se sentaban los fieles. El olor a incienso impregnaba el frío aire y la monótona voz del párroco era como un rumor de promesas y esperanza que llenaba las almas de quienes acudían con el corazón en la mano y el alma desnuda. No ocurría así con Valleix. Él aguardó lleno de paciencia a que aquella pantomima, a su parecer, finalizara. Al fin, cuando todos se levantaron y se santiguaron, él hizo lo propio de forma mecánica y salió por el pasillo, a apenas unos cinco o seis metros de la mujer y su pequeño. Aspiró con fuerza para ver si percibía su perfume, y repasaba su nuca desnuda con una mirada tan lasciva que al poco ella se volvió inquieta, descubriéndole muy cerca.”


ENLACES RELACIONADOS:


A mi manera, por Maite Ochotorena: «El mundo por bandera»