Todo cuadra en una gran variedad de escenarios para que el lector siga fácilmente la compleja y desconocida trama que mueve las bambalinas de los intereses de Oriente y Occidente

“Suponía que la misión sería espinosa si se habían tomado el trabajo de ubicarlo. ¿Qué le diría a Joanna? No podría contarle nada que pudiera ponerla en peligro”


Blanca Miosi: ‘El rastreador’


Blanca Miosi me ha transportado de vuelta a los tiempos en los que leía incasablemente a John Le Carre y Ken Follet, sus tramas de espías de la guerra fría y descubría un mundo escondido y oculto ajeno a mis rutinas. Lejos de ese ambiente histórico, el telón de acero ha mutado por otras barreras, o no y son las viejas manías del viejo orden instalado en nuestros días. El rastreador se mueve en un mundo actual en el que los conflictos religiosos enfrentan a Oriente y Occidente.
La novela arranca con una escena familiar para los amantes del cine de los dobles agentes y los soldados de asalto: el antiguo jefe visita al ex Seal, retirado en una zona inaccesible. Que no os confunda. En menos que canta un gallo, la trama gira lentamente como las agujas de un reloj de cuerda suizo y no dejará de hacerlo con esa precisión hasta el final de la novela.
Blanca Miosi es minuciosa, detallista. Encaja todas las piezas del relato bien documentado con la precisión de un cirujano en un enorme puzzle de cinco mil piezas. Todo cuadra en una gran variedad de escenarios para que el lector siga fácilmente la compleja y desconocida trama que mueve las bambalinas de los intereses de Oriente y Occidente. Le dedica un pequeño homenaje a dos lugares que le son especialmente familiares: uno por nacimiento, Perú, y otro por residencia, Venezuela. Dos escenarios donde se desenvuelve la trama secundaria que tanto le gusta a Blanca Miosi: el otro amor (no se sabe si principal o secundario hasta el desenlace de la novela).
Pero ante todo, y la escritora lo confiesa, ‘El rastreador’ es un homenaje a esos hombres y mujeres que arriesgan su vida, muchas veces al margen de la ley, para que todos los demás vivamos refugiados en la tranquilidad de nuestros hogares:

“Algo que Ian no podía comprender era cómo siendo su hermano tan independiente había escogido la carrera militar, en la que la subordinación que exigía una cadena de mando no daba pie a la desobediencia. Según su manera de ver, Kevin no había nacido para obedecer. Y tenía razón. La obediencia era lo que menos le gustaba, pero contaba con una fuerza de voluntad que sobrepasaba cualquier acto de rebeldía. Sabía qué eran las reglas y su espíritu disciplinado y leal le ayudaba a sobrellevarlas. Se convirtió en un oficial brillante, admirado por sus colegas y superiores, y una vez graduado en West Point se alistó en las Fuerzas Especiales hasta llegar a formar parte del Grupo de Desarrollo de Guerra Naval Especial de los Estados Unidos, comúnmente conocido por su antiguo nombre: Sexto Equipo SEAL (SEAL Team Six), el equipo élite cuyos miembros son seleccionados y tienen un entrenamiento superior.

Su conocimiento del idioma árabe y en especial del pashtún lo hizo elegible para incursionar en Afganistán y Pakistán, en donde encabezó varias misiones exitosas para detectar y combatir células terroristas. Fue su grupo el que a través de infiltrados en las filas de al-Qaeda dio con la persona que los llevaría a detectar el sitio donde podría estar ubicado Osama Bin Laden en Abbottabad, Pakistán, a quien los Navy SEAL dieron muerte. Fueron años en los que el peligro puso a prueba su sangre fría cuando se ofreció como voluntario para un equipo de desactivadores de bombas. Años que también le sirvieron de aprendizaje. Llegó a diferenciar las vestimentas que usaban los wazari de los paquistaníes, de los afridi, y también las diferentes maneras de llevar los turbantes dependiendo de las tribus. Recitaba el Corán de memoria y sabía vestir con propiedad el salwar kamiz; pantalones amplios y blusones largos, así como a pensar en los diferentes modismos del árabe, un idioma lleno de metáforas y florituras. Y cuando creía haber dejado todo aquello atrás, vio subir hacia la colina de su casa a Charles Day.

Ahora iba río abajo camino a reunirse con él. Suponía que la misión sería espinosa si se habían tomado el trabajo de ubicarlo. ¿Qué le diría a Joanna? No podría contarle nada que pudiera ponerla en peligro, ella era una mujer amable, cariñosa, poco dada a enfrentar dificultades, por lo que había podido deducir desde que estaban juntos. Eso era nuevo para él, antes jamás tuvo que preocuparse por ocultar algo a nadie en especial.”

El rastreador