Prefiero decirlo de esta esta manera: en Tinieblas, la última del capitán Riley, Gamboa es más “indie” que nunca, más libre que nunca y más aventurero que nunca

“-Va… sobre el horror.

    -¿El horror de la selva?

    Riley negó de nuevo con la cabeza, esta vez muy lentamente y con la mirada perdida en algún lugar de la memoria.

    -De los hombres”


Fernando Gamboa: ‘Tinieblas’


“Fernando Gamboa es el puto amo del género de aventuras”. Suscribo esta definición de otro pedazo de escritor: Jordi Díez, parafraseando a otro grande en otra materia más popular: Pep Guardiola. Lo era ya con La última cripta o Ciudad Negra, o con una Guinea espectacular, pero desde que dio con Alexander Riley…

He leído al completo su obra publicada: desde aquellas en que hacía guiños literarios a Pérez Reverte hasta esta última: Tinieblas. Incluso, Historia de Luz que se sale de sus registros habituales.

No me gusta la palabra consagrado, tiene matices peyorativos, religiosos y pre-jubilatorios, y los términos completa o redonda se me antojan demasiado tópicos, demasiado vacíos de contenido… Prefiero decirlo de esta esta manera: en Tinieblas, la última del capitán Riley, Gamboa es más “indie” que nunca, más libre que nunca y más aventurero que nunca. Hace lo que le da la gana y escribe lo que le da la gana. Te cambia los ritmos y las estructuras narrativas como quien oye llover; te define en un solo fotograma, “de capitán a capitán”,  la evolución del ser humano; se inventa un libro de bitácora a mitad de camino y te lo encaja divinamente en la historia; o te acopla como virus las teóricas malthusianas y las de la élite para deshacerse de ellas con  una  fina ironía  socarrona. Gamboa no necesita el sarcasmo: es sutil pero claro.

Tinieblas es también un evidente homenaje a su admirado Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad, y más concretamente a Heart of Darkness: El corazón de las Tinieblas. También contiene un guiño ocurrente, ingenioso y sorprendente a otro grande de las aventuras, cuyo nombre no puedo desvelar bajo pena de spoiler.

Tinieblas además cuenta con una ‘correctora’ de lujo, la escritora de Nunca dejes de bailar, Carmen Grau. Que lo disfrutéis:

“En el puente de la nave, el gallego se apoyaba indolente en la rueda del timón, siguiendo un rumbo paralelo a la costa a un par de millas de distancia. A su lado, Riley dividía su atención entre el paisaje más allá de los ventanales del puente y un gastado librito que sostenía entre las manos, abierto por las primeras páginas.

     -Observar la costa mientras se desliza ante el barco es como pensar en un enigma –leyó en voz baja y grave-. Allí está ante ti, sonriente, ceñuda, insinuante, grandiosa, mezquina, insípida o salvaje, y siempre muda, con aire de estar susurrando: “ven y descúbreme”.

    -¿Qué es eso? –preguntó Jack.

    -Un libro. –Sonrió-. Sirve para leer, deberías probarlo.

    -Eres graciosísimo. –El segundo del Pingarrón esbozó una mueca-. No, en serio.

    -Riley le mostró la tapa del pequeño libro, ajada por los muchos años y muchas lecturas de muchas manos.

    -El corazón de las tinieblas –recitó, casi con reverencia-, de Joseph Conrad.

    -Me suena.

    -Es uno de mis escritores favoritos; escribió varios libros sobre el mar. Y este en concreto –dio un golpecito con el dedo sobre la página abierta-  transcurre en el Congo Belga. Justo a donde vamos.

    – Vaya, qué casualidad –comentó Jack, repentinamente interesado-. ¿Y en qué época?

    -A finales del siglo pasado.

    -Buff… De eso hace ya una eternidad.

    Alex meneó la cabeza.

    -No creas… escucha esto –tomó el libro y leyó de nuevo-: Aquí y allá manchas de un gris blanquecino aparecían arracimadas dentro de la blanca espuma; a veces sobre ella ondeaba una bandera. Asentamientos de hace varios siglos y aún no más grandes que cabezas de alfiler en la extensión intacta del trasfondo.

  Mientras el capitán leía Jack siguió con la vista la línea del horizonte que, como el brochazo irregular de un pintor descuidado, trazaba una gruesa línea verde oscura que se perdía en la distancia. Y justo como relataba el libro de Conrad, al fijar la vista creyó distinguir una pequeña mota gris en la misma línea de playa, en el límite de la selva. Sobre ella, un ridículo trapo en lo alto de un mástil ondeaba los colores de la bandera de Bélgica.

Súbitamente incómodo por la coincidencia del pasaje del libro con lo que tenía ante sus ojos, Jack le dirigió un vistazo a la cubierta, en la que aparecía dibujada en negro la silueta de África sobre un fondo amarillo.

    -¿Y de qué va? –preguntó entonces.

    Alex reflexionó durante un momento antes de contestar.

    -Va… sobre el horror.

    -¿El horror de la selva?

    Riley negó de nuevo con la cabeza, esta vez muy lentamente y con la mirada perdida en algún lugar de la memoria.

    -De los hombres”.