Una novela altamente recomendable: ‘Nunca dejes de bailar’, tus pies no lo notarán y tu espíritu agradecerá ese gran placer que le das

“Mi padre no dice nada. Un abrazo en el entierro, eso fue todo. (…) Me da más pena que mi madre. Ella al menos habla con sus amigas. Él calla y yo me pregunto a qué pozo van a parar todas las emociones”


Carmen Grau: ‘Nunca dejes de bailar’


Carmen Grau es una escritora indie inteligente y humilde, con un punto de sensibilidad exquisito. Y así, con una naturalidad muy personal, convierte en sencillo lo difícil y te lo hace disfrutar. Hablo de su literatura y más concretamente de una novela altamente recomendable: ‘Nunca dejes de bailar’, tus pies no lo notarán y tu espíritu agradecerá ese gran placer que le das.

Si Augusto se rebela contra su creador Miguel de Unamuno y le grita a la cara “quiero ser yo, quiero vivir”, Enya y Alberto también se insubordinan contra el fatal destino que les han dibujado y enfrentan a su creador divino. Carmen Grau además disecciona y profundiza emociones (repito: con gran naturalidad y sin complejos): disuelve los roles clásicos como el azúcar se deshace en el agua, sin traumas; y te conduce amablemente de la mano a una reflexión positiva sobre los hombres y las mujeres, y cómo enfrentan cada uno el amor, el desamor, la muerte y el destino. Y por si esto os pareciera poco,  la escritora barcelonesa juega con el tiempo y el espacio como Einstein lo haría con las ondas gravitacionales.

Para concluir me vais a permitir esta expresión, que algunos tacharán de hipérbole o calificarán desmedida, que a mí me parece que a Carmen le ajusta tan bien como a Cenicienta su zapato de cristal: “…y el talento se hizo carne, y se llamó Carmen Grau”.

Os dejo, como siempre, unos fragmentos de ‘Nunca dejes de bailar’, escasos, lo sé, pero es que lamentaría que os perdierais la novela completa de esta danza literaria:

 “No me lo podía creer: le acababa de decir que se acabó y él insistía en que me llamaría. Pero yo tampoco tenía ganas de discutir. Además, ya había visto la caja de las pastillas,  todavía con el precinto, sin abrir. Días antes él me había pedido una, pero yo no tenía. Esa mañana, mientras yo aún dormía, debía de haber ido a comprarla para que yo la encontrara al despertar. ¿Estaba intentando hacerme sentir culpable o era él quien se sentía así?” (…)

“Mi padre no dice nada. Un abrazo en el entierro, eso fue todo. (…) Me da más pena que mi madre. Ella al menos habla con sus amigas. Él calla y yo me pregunto a qué pozo van a parar todas las emociones que sentimos los hombres y que la educación nos hace reprimir para aparentar una fortaleza varonil que no existe, que no es más que una coraza que nos aísla y recluye a cada uno en nuestra propia soledad. Mi padre y yo hemos estado sentados uno frente al otro, solos, y no hemos sido capaces de expresar nada.”