La hermosa Allison intenta sacar del encierro al guitarrista Zachary WainWright. Un grupo de quince o veinte personas le espera en la calle. Pero a él sólo le interesa una: Annabelle. ¿Está allí abajo?

Allison le alarga su guitarra y un pantalón vaquero: "Vas a necesitar las dos cosas. —le dice— ¡Ah! Y hazte una mochila, vamos a pasar fuera un par de días".


Por SEBASTIÁN E. LUNA

Capítulo 12 completo. Wind of Change (Scorpions)

Segunda entrega.


Hice una mochila con algo de ropa limpia. Cogí dinero y me despedí de Julia hasta el lunes. Me dijo lo típico: ten cuidado, abrígate, y procura no hacerte daño en las manos. Ni siquiera me preguntó a dónde íbamos. En su expresión satisfecha veía que estaba feliz de verme salir y relacionarme con gente. Aunque lo cierto es que si lo hubiera hecho, no habría tenido una respuesta que darle. Me pareció tan natural y me hizo sentir tan integrado que Allison subiera a buscarme a mi habitación, que la seguí como una dócil oveja. Abrió ella la puerta de la casa permitiéndome salir primero, no sin antes dedicar una mirada cómplice a Julia. Se dijeron algo que nadie pudo oír a través de un aleteo de pestañas y una exhalación de humo blancuzco. Crucé la calle desierta de tráfico hasta el pequeño grupo de gente que había visto a través de la ventana. Entre muchas caras desconocidas, distinguí la figura perfecta de Annabelle. Estaba apartada pero sin dar la sensación de estar fuera del grupo junto a otras dos chicas, bañadas por la luz de una farola, apoyadas contra el lateral de una preciosa furgoneta Volkswagen T2 con el cuerpo pintado en vivo naranja, y techo blanco con reflejos de nácar. Vestía pantalón corto como casi siempre, y la sudadera del equipo de béisbol al que pertenecía su hermano pequeño. Entonces me percaté de que a pesar de estar en pleno mes de Julio, la noche se presentaba inusualmente fresca. A pocos metros de ella, junto a un vehículo Dodge a medio camino entre un furgón y una pequeña camioneta de aspecto robusto, casi militar, sobresalía dos palmos por encima de la mayoría la cabeza de Daniel LaRoche, me dije sin necesidad de verle la cara. Llevaba una gorra oscura de visera anormalmente ancha. Vestía pantalón pitillo de cuero negro, y chaleco a juego directamente sobre la piel, dejando a la vista un torso infantil, ridículo en un hombre de sus dimensiones, sin vello ni tatuajes. Debía ser consciente del antagonismo de su aspecto, e intentaba disimular su falta de rudeza con un variopinto manojo de cadenas que colgaban de su cuello, fabricadas en el color de los metales nobles, en formas extrañas, símbolos religiosos tales como una cruz invertida o una calavera demoniaca de ojos violeta. Charlaba con unos y otros, enfrascado en una conversación que a priori parecía insustancial y ligera, sin percatarse de que Allison y yo llegábamos en ese momento.

—¡A ver! ¡A ver! —pidió una voz masculina solicitando silencio—. ¿Quién es la pibita más cañera de Springfield? —pregunto la misma voz. Su tono era chulesco y autoritario. Lo primero que pensé al oírle fue que yo nunca haría un comentario así de absurdo delante de tanta gente. Luego me di cuenta de que todo el mundo había callado a partir de la ridícula pregunta, y que aún flotaba en el aire ese deje del que está acostumbrado a mandar y ser obedecido. El sonido fundido a medio camino entre el blues y el rock, de Derek and the Dominos, que hasta ese momento había estado sonando desde el interior de un coche, se apagó de pronto. El dueño de aquella voz se abrió paso entre la gente. Me sorprendió lo bajito que era, podría ser incluso, el más canijo de todos los que estábamos allí, incluidas las chicas. Tenía el cuerpo menudo, frágil como un niño que ha crecido de visita en visita al hospital. Pero al mismo tiempo había algo tenaz en su conjunto, puede que se debiera al andar grácil y felino con el que se paseó a través de la gente, como lo hace un gato pisando seguro sobre una estrecha barandilla. Se detuvo frene a Allison y su forzada sonrisa, y en consecuencia frente a mí, que no sabía qué pensar de todo aquello. Sonreía a la par que miraba fijamente el conjunto de mi figura. Reparó en la mochila que colgaba de mi mano y le dedicó algo más de tiempo del necesario a la guitarra cruzada en mi espalda, hasta que se decidió a mirarme directamente a la cara. Tenía los ojos del color de la miel; claros y ambarinos, con la expresión fría y díscola del que no teme encontrarse con problemas. El silencio se hizo más evidente; diría, incluso, que la temperatura cayó un grado.

—Habéis tardado mucho ahí arriba —inquirió a Allison. No hace falta decir que aquel tío escaló en mi pirámide del odio hasta el mismo nivel de Mike Cooper. Puede que incluso, durante pocos minutos, ambos batallaran por ostentar el primer puesto. Después sacudió la cabeza violentamente. Parte del cabello, largo y lacio, se quedó tras los hombros, y algunos mechones de un intenso y vivo caoba, se cruzaron en su cara, endureciendo la intensidad de su mirada—. ¿Qué habéis estado haciendo?

Los rostros del grupo parecían preocupados. No hizo falta que nadie me pusiera al corriente, pero deduje de aquello que no era la primera vez que se encontraban con una situación así. Es triste pasar como si nada ante eso. Ver el miedo en sus ojos y que nadie tenga el valor de hacer nada, pero sin duda, todos parecían demasiado acostumbrados, tolerantes incluso con lo que pudiera venir.

—Nada cariño —contestó Allison interpretando a la perfección su papel, mientras la línea de los ojos de él, no perdía detalle de mí. — Estaba dormido y su madre ha tenido que despertarlo.

—No es su madre —dejó escapar lentamente cada palabra—. Me lo ha dicho Daniel cuando veníamos.

Automáticamente encontré al gigante de la gorra sonriéndome en la lejanía. Abrí mi pitillera y saqué dos cigarrillos. Le ofrecí uno a Allison y me llevé el otro a los labios, dejándolo con la boca abierta ante mi descaro. Sabía de antemano que cualquier jerarquía se resuelve tras los primeros cinco minutos de toma de contacto. No quería meterla en ningún aprieto más asfixiante de en el que ya se encontraba, pero no había pasado la infancia preparando trampas para oso, para que me mangoneara un tío con el aspecto de un pequeño cánido de compañía. Sonreí abiertamente mientras me encendí el pitillo recordando la inusual conversación sobre perros con Allison. En vez de ofrecerle a ella el paquete de cerillas, se las pasé a él junto a una densa cortina de humo, muy del estilo a cuando Julia salía de cualquier tipo de escena, que se estrelló contra su cara llegando a remover los mechones de cabello que bajaban por su frente. Jugó un rato con el paquete de cerillas. Lo pasó de su mano a la otra y las agitó nerviosamente, haciéndolas sonar al igual que una maraca. Después encendió un fósforo y le dio fuego a su chica. Allison fumó, pero cuando iba a dar la segunda calada, le quitó el cigarro de la mano.

—Tienes razón —dije lo más tranquilo que pude—, no es mi madre. La verdadera juguetea en estos momentos con una cuadrilla de rangers. Por eso me largué de allí, con esto —solté con un movimiento de hombro, que sacudió la guitarra.

—¿Qué sabes hacer con eso?

—Seguro que mucho más de lo que has visto hasta ahora.

Dio dos caladas, y le devolvió el cigarro a Allison, que nos observaba con gesto preocupado.

—Me gusta este tío —dijo dándose la vuelta hacia el grupo para que todos pudieran oírle, después me ofreció su mano—. Vendrás con nosotros, Zachary. Él sabía mi nombre y no hizo falta que nadie me dijera el suyo. Sabía que estaba delante del mismísimo Eli Nastroianni. En ese momento aparecieron dos faros redondos al fondo de la calle, seguidos de la oscilante luz azul del rotativo de un coche de la policía. Los faros se acercaron lentamente, insertados en la silueta de un vehículo de grandes dimensiones. El sonido de su radio podía oírse por encima de los motores, con la música de unos jovencísimos Ramones dispuestos a devorar el mundo. El furgón aparcó en doble fila, a continuación de los otros dos vehículos en los que a orillas de ellos nos agrupábamos. Paró el motor, y al hacerlo, parte de la distorsión que se apreciaba en la música desapareció, dejando un sonido limpio y a la vez lejano, como si estuviéramos en las inmediaciones de un estadio en el que se celebra un concierto. El coche de policía dio un toque de sirena, un par de ráfagas de luz larga para que le abriéramos hueco, y bajó la ventanilla al detenerse junto a nosotros tres. Uno de los agentes alumbró con su linterna hacia el grupo, a los vehículos mal aparcados, y finalmente a nosotros. Distinguí a pesar de la oscuridad, un uniforme bien planchado que seguramente se ponía por primera vez para esa guardia, y un tenue olor a almidón y lavandería. Su placa brilló al encuadrarse en el marco de la ventanilla del coche. Eli apoyó con descaro una mano en el metal de la puerta, y el agente, tras meditarlo un instante, se dirigió a mí. —Hijo. Dile a tu amigo que haga el favor de bajar esa música—. Algunos de los vecinos se habían asomado por la puerta o por el hueco de las ventanas, y observaban con atención la escena. Me alegré de que Julia no fuera una de ellas. Eli hizo un gesto con la cabeza hacia Daniel LaRoche, y este se fue a hablar con el conductor del tercer furgón. Un instante después, tras silenciar la radio, todo quedó en calma, salvo la emisora de la policía que emitió una interferencia eléctrica. El conductor del coche cogió el micro y se lo llevó bajo la nariz, rozando en él la gruesa pelambrera de un bigote superpoblado. “Central, aquí patrulla 22. Hemos oído algo pero no hemos distinguido el mensaje. Repito, no hemos recibido el mensaje, central”. “Aquí central, patrulla 22. Tenemos un dos cuarenta y ocho en Fairmont Avenue. Repito, dos cuarenta y ocho en Fairmont Avenue”. “Ok central. Recibido. Vamos para allá”. El conductor devolvió el trasmisor a su soporte y cogió un vaso de cartón de un posavasos, en el que humeaba un café recién hecho. Bebió del mismo hasta acabarlo y se lo pasó a su compañero, el cual lo tiró por la ventanilla a los pies de un Eli sonriente, que no había dejado de mostrar sus blancos dientes desde que el coche de policía había parado junto a nosotros.

—Tenemos otro puto crío que ha debido empotrarse contra un escaparate —informó el policía conductor—. Haced el favor de meteros en esos cacharros —señaló hacia los furgones estacionados —y largaos de aquí. No quiero más llamadas de los vecinos por esta noche. ¿Está claro?

Creo que fui el único que asintió.

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