Un réquiem desesperado contra la Guerra, pero sobre todo una sinfonía elocuente al Amor sin edulcorantes y a la Libertad de la mujer, en realidad de todas las mujeres

“Tenía vértigo, así que no miró y no pensó. Besó a su hija en la frente, la apretó con todas sus fuerzas y se tiró al vacío”


Rocío Castrillo: “Una mansión en Praga”


Un réquiem desesperado contra la Guerra, pero sobre todo una sinfonía elocuente al Amor sin edulcorantes y a la Libertad de la mujer, en realidad de todas las mujeres. Y no os hagáis el cuerpo a extraños, no es una reivindicación es una evidencia. No escucharéis notas estridentes salpicadas de azúcar, sino ricos compases afinados al ritmo de un realismo trágico escrito por una periodista en primera línea de fuego.

Es también una novela cargada de simbolismos. Quizás el más evidente sea esa mansión en Praga, que hay que levantar, reconstruir y hacer crecer, igual que Europa (y cómo no, el Mundo) tras la caída del Muro de Berlín, esa vieja Europa asolada por un conflicto bélico que aplazó el fin de la II Guerra Mundial: la de los Balcanes. Pero le acompañan otros: los cuadros de los horrores de esa guerra, la de los Balcanes, y todas las que se sucedieron en la creación de ese nuevo Orden Mundial  (o del viejo orden de siempre que diría Noam Chomsky), hasta la matanza de Atocha del 11 de marzo del 2004; unos cuadros que son el fruto de una deuda de amor y de una promesa en el lecho a un moribundo.

El tercero de esos simbolismos lo representa la protagonista de la novela, y en realidad en mayor o menor medida casi todos los personajes femeninos que aparecen y desaparecen de esa mansión checa. Me refiero a la libertad de la mujer para tomar las riendas de su vida sin más dependencias que las que tiene cualquier ser humano, y la asunción de las consecuencias sin necesidad de solicitar el refugio de unos brazos masculinos.  La igualdad no es una reclamación en esta novela, repito: es una evidencia.

Y por supuesto es un canto al Amor. No sólo al que se profesa desde la libertad a una pareja, sino al que como define Alfredo Bryce Echenique, es el más puro de todos, el que no te pide nada a cambio y te lo da todo, el de la Amistad.

Ah, no penséis que vais a leerla de una sentada (no veo que eso tenga un valor literario), tomaos con tranquilidad el tiempo necesario para disfrutarla:

Rocio Castrillo, Una mansión en Praga, el amor en tiempos de guerra

“―¿Dónde vamos, mami?

 ―Al cielo, cariño.

Los ronquidos de Dusan fue lo último que escucharon sus oídos. Envuelta en una manta y con el cuerpecito de Sara estrechado al suyo, se dirigió hacia el balcón. Tenía vértigo, así que no miró y no pensó. Besó a su hija en la frente, la apretó con todas sus fuerzas y se tiró al vacío. Once pisos. “¡Booooom!” Nadie se inmutó. Sarajevo se acostumbró a dormir con los rugidos de las bombas y el estruendo de los morteros, y ningún ruido la inquietaba. Faltaban cuatro días para la tregua anunciada y esperada.

En medio de la noche, Dusan se despertó sobresaltado al comprobar que estaba solo en la cama.

―¡Maaaríííaaaa! ¿Dónde estás, María? ¡Saaaaaaaaaaaaaara!

 Nadie contestó a sus gritos. No se percató del balcón abierto. Como un loco, bajó las escaleras a saltos y salió a la calle. Ya no nevaba. Miró a su alrededor y no las vio. Vacías estaban las calles heladas de la ciudad fantasma. Tampoco se escuchaban bombas. Calma total.

 “¿Dónde se habrán metido?” Parecía preguntarle al cielo, mirando desesperado hacia arriba. Pasaron unos segundos. Bajó la vista y encontró la respuesta.

―¡Dios! ¿Por qué lo has permitido?

María cayó boca arriba. Dusan besó sus labios de piedra. No veía la carita de Sara, oculta entre las mantas y los brazos de su madre. Quiso separarla para despedirse de ella, pero resultó inútil. Los cuerpos estaban agarrotados por el frío y las horas transcurridas. Volvió a mirar a María. Un único borbotón de sangre, seco ya en las comisuras de sus labios, indicaba que estaba muerta. Una sonrisa se dibujaba en su cara, como si el sufrimiento hubiera abandonado su cuerpo para siempre”.

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