La testosterona está a flor de piel. La música, alta, muy alta. Asistimos a un encuentro tenso entre Zachary y el mismísimo Eli Nastroianni. Se oyen las sirenas y aparece la Policía. Los agentes reciben una nueva llamada e intenta zanjar el asunto por la vía rápida:  "Haced el favor de meteros en esos cacharros —señala uno de los agentes —y largaos de aquí. No quiero más llamadas de los vecinos por esta noche. ¿Está claro?"


Por SEBASTIÁN E. LUNA

Capítulo 12 completo. Wind of Change (Scorpions)

Tercera entrega.


 —¡Ah! Y antes de iros. Ser buenos ciudadanos y recoged los desperdicios —señaló hacia el vaso que su compañero había tirado fuera del coche. Arrancó el motor, encendió el rotativo sin la sirena, y el vehículo se perdió calle abajo junto a su oscilante fulgor azulado. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, Eli se bajó su pantalón ajustado de cuero, y les hizo un calvo. Todo el mundo se echó a reír como si aquello fuera lo más gracioso del mundo. Menudo imbécil, pensé yo. Hacer eso cuando el coche estaba a más de ochenta metros, y nuestras figuras solo serían un punto lejano en el reflejo del espejo retrovisor.

—Ya habéis oído a la pasma —se dirigió Eli a todos—, tenemos que largarnos de aquí. Tú, guitarrista —llamó como si portar una guitarra fuera algo despreciable—, vendrás conmigo.

Busqué la complicidad de Annabelle entre la gente. Deseaba ver en ella algo que me dijera que le daba igual en qué furgón ir, siempre y cuando lo hiciera conmigo.

—El que no quepa o no tenga nada que ver con la peli, se queda en tierra.

—¿Qué peli? —pregunté a Allison.

—¿No se lo has dicho? Pero bueno —pareció de nuevo molesto—, ¿Qué coño habéis estado haciendo ahí arriba, Alli?

No le gusta que le llamen así, ni de ningún otro modo que le reste letras al nombre que escogieron para ella sus padres. Si no fueras un completo capullo habrías recordado algo tan simple, pensé. Al menos eso era lo que Allison me había dicho a mí, pero visto como se comportaba con él en esos momentos, empecé a comprender que tuviera varias versiones sobre un mismo diálogo. Una la que contaba a su novio Eli, y otra la que decía al resto del mundo.

—Tranquilo Eli. Ahora me lo explica Annabelle por el camino.

—¿No vienes con nosotros, Guitarrista? —Lo que ella prefiera —señalé hacia a Annabelle—, dejando que el peso de la decisión, lo tomara ella. Aunque por lo que me había contado de Eli, supuse que jamás querría encerrarse junto a él durante un viaje.

—Tú mismo —dijo Eli no muy convencido por la respuesta. Si existía alguna posibilidad de que él y yo después de lo de la habitación, hubiésemos empezado bien, acababa de estropearse ahí.

Me acerqué sorteando a la gente hasta la Volkswagen T2, junto a la que Anna charlaba animadamente con otra chica. El coche de policía se había llevado consigo la tensión inicial que se había levantado entre Eli y yo, y la peña, atareada en guardar sus bártulos, se comportaba como si nunca hubiera pasado nada. —¿Vamos juntos? —le ofrecí a Anna.

—Claro —dijo al despegar la pesada mochila del asfalto.

—¿En qué coche prefieres?

—Este —golpeó con los nudillos el metal de la carrocería azul y naranja—, es de Daniel LaRoche. El furgón grande de delante es el de Eli, y el de atrás, creo —se protegió la vista interponiendo una mano entre las luces de la camioneta, que justo arrancaba en ese momento—creo que es de Jacob Colabello.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Da igual. La verdad es que no me apetece ir en ninguno. Yo de ti me cuidaría de acercarme mucho a Eli, y tampoco me montaría durante cuatro horas junto a Jacob Colabello, si no quieres encontrarte “accidentalmente” su mano en alguna de tus rodillas.

Suspiré. El fin de semana, además de misterioso ya que nadie me había aclarado todavía lo de la peli, prometía ser todo lo contrario a divertido.

—No me lo estás poniendo nada fácil.

—Hagámoslo entonces a tu modo —se le ocurrió de pronto—. Aún no conoces al grupo, ¿no?

Negué con un gesto, ya que salvo los pocos detalles que yo mismo había ido desgranando sobre los cotilleos que Anna y Allison comentaban entre ellas acerca de los miembros del grupo, nadie había sido claro al respecto. A todas luces, prácticamente no sabía a dónde iba, ni con quién iba a hacerlo.

—¿Qué prefieres? ¿Vocalista, bajo o batería?

Supongo que el peso del recuerdo de los últimos años junto a mi padre tenía ganada la batalla antes de que diera comienzo la lucha. No lo dudé una vez y escogí al batería.

—Daniel —llamó ella—, nos vamos contigo—. Este abrió la boca e intentó decir algo, pero Anna le fulminó con una asesina mirada antes de que pudiera hacerlo.

Guardamos el equipaje en el maletero de la Volkswagen, que aunque era amplio, ya estaba cargado de trastos tales como altavoces, la batería de Daniel desmontada, pies para micros, sacos de dormir, y esterillas entre otras cosas. No fue fácil encontrar un hueco para nuestras mochilas, sin deshacer aquel castillo de naipes. Una vez dentro nos sentamos juntos en la fila trasera de asientos, al lado de una chica morena que veía por primera vez, llamada Rose. Tenía un aire risueño, con pequeñas arrugas de expresión alrededor de los ojos de las que le salen a las personas que nunca dejan de sonreír. No habló mucho aunque no parecía ser una persona introvertida, más bien daba la sensación de estar cansada, como si alguien la hubiera sacado de la cama en plena noche. Daniel se giró sobre su asiento y se me presentó, ofreciéndome su enorme manaza. Mi padre siempre decía que puedes conocer a un hombre por lo que se echa cada día al estómago, y por el modo en cómo te estrecha la mano. El saludo con Daniel fue largo y equilibrado. Duró un instante más de lo que habitualmente dura ese tipo de gesto. Apretó lo justo para no parecer demasiado débil y lo suficiente para no pasarse de soberbio. En su mano noté el tacto duro y rugoso de los callos que identifican a cualquier músico que ha pasado media vida tocando la batería. Estas “cicatrices” son casi igual de evidentes que las que dejan una guitarra en los dedos de un guitarrista que no usa púa. En cualquier banda de rock solo el vocalista tiene las manos suaves y finas como las de una geisha. Quizá por eso Allison amase tanto las caricias de aquél engreído y por ello aún no le había mandado a la mierda, pensé.

—Soy Daniel LaRoche, el “batera” de los Foziee; aunque supongo que no te estoy contando nada nuevo. Tú debes ser Zachary. Allison nos ha hablado muy bien de tus manos, demasiado, creo, para lo que está acostumbrado a escuchar sobre nadie Eli. Pero no te preocupes por él. Es como un perro pequeño, ladra mucho pero nunca llega a morder.

¿Qué coño le pasa a esta gente con los perros? —pensé.

—Nuestro anterior guitarrista acaba de enrolarse en el ejército, a la marina concretamente. Capullo… —dejó escapar—. Ha cambiado la música guerrera por la verdadera guerra. Una guitarra por un fusil, o por un remo, o lo que coño sea que te den esos cabrones de uniforme en sus gigantescos barcos. Aunque supongo que en el fondo, no hay tanta diferencia —soltó como si no tuviera remedio—. ¿Os imagináis que un día los Estados Unidos vuelven a entrar en guerra y somos nosotros, los Foziee, los que hacemos un concierto sobre la cubierta de ese barco para que esos capullos como él que van a morir en uno o dos días, no piensen en ello? Se sentirá como un gilipollas. Esta banda tiene futuro, Zach. Te lo digo yo, mis padres son músicos de los de verdad, de los que venden discos y tienen buenos contactos con las discográficas. Si hacemos una buena maqueta, ellos mismos la moverán por todo el mundillo. Nos van a llover las ofertas. Ya lo verás —aseguró.

—Suena muy bien —reconocí.

—Oye, ¿y tú no tocas en ninguna banda?

—Todavía no. —Pero supongo que te estarás moviendo, ¿no? Habrás conocido gente y les habrás mandado un cassette con tu mejor repertorio.

La verdad es que no había hecho nada de todo aquello. Yo solo había fijado la vista en un extraño horizonte llamado Atlanta, y me había puesto a caminar hacia él, pensando que el mismo destino que me cruzó con las gitanas, sería el que me haría llegar hasta mi verdadera banda. Después la vida me puso en el camino de Julia, y ahora a mí en el de ellos. Aunque tenía la plena seguridad de que junto a esa gente no podría formar un verdadero grupo. Para componer canciones auténticas hay que tener la confianza suficiente con tu banda. Tienes que confiar en ellos ciegamente, más que si fuera tu propia mujer, decía siempre Elliot Walk. Tienes que verles el culo y que ellos vean el tuyo, y que ninguno sienta reparo en hacerlo. Y ciertamente, ninguno de los tíos que se movían en el mundillo de la música que había conocido hasta ahora, me inspiraba la confianza suficiente como para enseñarles mi blanco trasero.

—Voy a Atlanta. Ahora solo estoy aquí de paso, pero sé que lo que quiera que tenga que encontrar, lo hallaré allí.

—¿En Atlanta? ¡Tío! Esa ciudad es el grano de América. Está muy lejos de la verdadera industria de la música. Si quieres pelarte los pies pateando este país, al menos ve a Florida o a los Angeles. Allí encontrarás miles de personas en busca de su oportunidad. O únete a nosotros si quieres. Aunque eso tendría que decidirlo Eli —dijo como si se le hubiera escapado un pensamiento—. No tendrás una oportunidad mejor que la que se presenta en este fin de semana. Intenta deslumbrar a todo el mundo durante la película y estarás muy cerca de estar dentro. Deslumbra a Eli, y además, entrarás por la puerta grande. —¿Pero a Atlanta? No jodas, tío.