Os ofrecemos el desenlace de La frontera del azar, de Kike Ferrari. En la entrega anterior Roxana guarda el boleto de lotería que han comprado entre los tres y se encaminan a la búsqueda de un hotel. Tres intentos les cuesta encontrar una habitación con una sola cama. "Suficiente", dijo Caetano. Y pagó".


Por KIKE FERRARI

Relato completo de la novela “Nadie es inocente”

Cuarta y última entrega.


Una vez en la habitación abrieron  la botella, se acostaron -Roxana en la cama, Caetano sobre unas mantas cerca de la puerta de la habitación, Diego en un sillón al lado del baño- y se dedicaron a contarse biografías que nadie se creyó: una película esperando a su protagonista, la corresponsalía periodística de un diario de Sao Pablo,  marihuana para uso medicinal.

– Yo podría fumar algo de esa medicina tuya –dijo Roxana.

Fumaron y bebieron un buen rato todavía y, pese a las diferencias idiomáticas, volvieron a mentirse, ahora acerca de lo que harían con su parte si el boleto de lotería que habían comprado resultaba ganador. Y aunque en realidad Caetano pensaba que con ese dinero podrían activar una operación de grandes dimensiones para la fuga de Ramiro y los demás compañeros, Roxana que sobraría para volver con su madre y sacarla de la miseria y Diego en una casa con pileta donde vivir con Valeria y una Harley-Davison, terminaron planificando la compra conjunta de un yate e imaginando un viaje que recorriera América, desde Tierra del Fuego hasta México.

Se fueron a dormir, vestidos, para evitar las tentaciones, pero no había pasado ni media hora cuando Roxana dejó la cama y fue a meterse en el sillón con Diego, que la recibió con sorpresa y entusiasmo. Caetano escuchó los gemidos ahogados de los dos jovencitos y bajo sus mantas también empezaron a pasar cosas. Y ellos lo escucharon a él. Pero a la mañana siguiente nadie comentó nada.

Amaneció frío.

Cada uno se vistió. Se abrigaron pensando en el río y levantaron su equipaje. Caetano salió primero, quería comprar un diario argentino para ver si de aquel lado de la frontera se decía algo de la fuga. En la esquina consiguió comprar El Heraldo de Iguazú. Empezaba a hojearlo cuando bajaron los otros dos.

– Vamos –dijo Roxana– nos espera en el mismo lugar que Matute.

Obdulio llegó puntual. Habló con su prima.

– ¿Cuánto te debemos?

– Marave, ani deresarai en de querakajangua plata de siupe

Roxana asintió: claro que le iba a mandar dinero a su madre.

Obdulio le dio algunas instrucciones más.

– Tenemos que cruzar y esperar del otro lado a un amigo de mi primo, que se llama Pulpo, que va a cruzar la lancha de vuelta. No podemos dejarla hasta que el Pulpo llegue –explicó Roxana. Lo repitió en portugués.

Los dos hombres le dieron la mano a Obdulio. Después se abrazó con Roxana.

– Tereiko porâ –los despidió.

Diego desamarra el bote. Ayuda a subir, primero a Caetano, que no puede tenerse por el brazo roto, y después a Roxana. Por último sube él y pone el motor en marcha. Lo deja calentar un poco y al cabo de un par de minutos comienzan el cruce.

Caetano fuma en la proa. Ya vio lo que le interesaba en el diario, que nada decía de la fuga, así que se lo ofrece a Roxana.

La chica se pone a pasar las hojas sin demasiado interés. Las noticias pasan ante sus ojos como pasa el agua. Hasta que ve, y su mirada se abisma. Trata de simular la sorpresa, la rápida ojeada que le echa su bolso, la sonrisa que se le dibuja en la boca joven y abundante.

Tres millones de pesos, treinta millones de guaraníes. ¡Añamemby!

– ¿O qué aconteceu? –pregunta Caetano que intercepta la mirada. Rápido, mira la página en la que estaba abierto el diario, antes que Roxana lo suelte, y entiende todo: que la paraguayita los quiere pasar y lo fácil que sería, con esa plata, conseguir armas y un blindado para sacar a los compañeros.

– Nem  pense –dice.

Pero, al mismo tiempo que el diario cae abierto en el piso del bote, de la campera de Roxana surge el revolver que fue de su padre y, un segundo, menos de un segundo después, la Smith & Wesson de Caetano aparece en escena.

– ¿Qué carajo pasa acá? –grita Diego, confundido mientras suelta la palanca del motor, saca, él también, la Nueve, la agarra con las dos manos, temblando, y apunta al pecho de Caetano.

El brasileño le señala el diario, con el mentón mientras barre el aire en semicírculo con la Smith & Wesson.

– O Jogo do Bicho.

Diego no entiende la frase pero si la situación y lo que dice el diario. La mira a ella, después el bolso, más cerca de sus pies que de los de nadie, aunque sabe que eso no tiene ninguna importancia.

Tres palos, piensa.

Ahora apunta, alternativamente, al hombre y a la chica.

El bote se balancea por la corriente del río, el motor ronroneando. Caetano, Roxana y Diego hacen equilibrio y se apuntan unos a otros.

Ya no hay -ni habrá- un yate en el que recorrer América Latina.

No hay sexo apurado en un sillón ni una paja bajo las mantas. No hay una comida y varias botellas compartidas para aplacar el miedo y la ansiedad. No hay cuentos sobre películas, diarios ni medicinas naturales. No hay fraternidad ni cooperación mutua.

No.

Lo que hay es un papelito que vale tres millones de pesos en el bolsillo de un bolso; un convicto fugado, una menor indocumentada, un mochilero con una bolsa llena de marihuana. Lo que hay es un bote que se mece en el agua y tres armas -un pesado revolver, una pistola Smith & Wesson, una Nueve de la policía argentina- que barren el aire en semicírculo.

– Embo gueyshu lan de arma.

– Bajen los fierros, carajo.

– Abaixem as armas.

Después silencio. Un callejón sin salida sobre la bruma del río en la triple frontera. Un final de historia en el que sólo se oye el rumor de las aguas marrones y el graznido de los pájaros.

Hasta que el sonido de los disparos rompe la mañana.