Zachary decide realizar el viaje en la Volkswagen junto al batería Daniel LaRoche y Anna. Mientras, piensa si esta es su verdadera banda.  "Para componer canciones auténticas hay que tener la confianza suficiente con tu banda. Tienes que confiar en ellos ciegamente —recuerda las palabras de  Elliot Walk—". Hasta hora nadie le había inspirado esa confianza.


Por SEBASTIÁN E. LUNA

Capítulo 12 completo. Wind of Change (Scorpions)

 Cuarta entrega.


El furgón estacionado detrás de nosotros dio dos rápidas ráfagas de luz larga y pitó a continuación. Daniel se dio la vuelta sorprendido. Acaba de recordar que es él el que tiene que conducir, me dije. Arrancó su Volkswagen, que a pesar del aspecto general de dejadez del vehículo, lo hizo a la primera, descubriendo un motor joven dispuesto a devorar millas de aventura y asfalto. Dio el intermitente y se incorporó a la marcha tras el furgón que conducía Eli. Daniel condujo bien durante los primeros minutos. Sin movimientos bruscos y sin pasarse de velocidad ni de frenada. No apartaba la vista del horizonte oscuro tenuemente iluminado por las luces de la ciudad, salvo de un modo fugaz, para sintonizar la moderna radio que incorporaba de serie aquel modelo de furgoneta. Detuvo el dial en una emisora en la que cada dos canciones de rock actual, colaban una cuña de anuncios sobre los beneficios fiscales además de vacacionales, a la hora de comprar una multipropiedad en Hawái o al sur de México. El vehículo solo incorporaba altavoces en la parte delantera, a ambos lados disimulados en la estructura de las puertas. Cuando The Temptations se colaron en la radio con su Papa was a Rolling Stone, Daniel subió el volumen paulatinamente hasta que la ruedecilla del aparato se atascó en el tope del máximo. Cabeceó de atrás adelante y hacia los lados, y tamborileó con los dedos sobre el salpicadero en una zona de plástico del frontal, que la retroiluminación del panel del vehículo descubría desgastada y pulida del frecuente uso. Intuí que cada vez que la emisora despertaba en él su fiebre por el ritmo, amartillaba sus dedos sobre el mismo sitio con igual tenacidad que si usara un par de baquetas. Es un buen batería este Daniel LaRoche, me dije tras observar un rato como marcaba los ritmos de la canción.

—Daniel —intenté llamarle por encima de la música—. ¡Daniel! —repetí otra vez todavía más alto al ver que no me hacía caso.

—Déjalo, no te va a oír —me informó Anna con pesadez, que por primera vez desde que nos habíamos incorporado al tráfico retiraba la vista de la ventanilla de su lado. Había optado por pasar esos primeros cinco minutos de carretera callada, mientras observaba cómo desaparecían unos tras otros las farolas, los árboles, y las oscuras siluetas de lejanos edificios—. No es la primera vez que me subo en este trasto, y puedo asegurarte que la acústica es nula aquí atrás. Además, no quiere oírte. Cuando se pone a hacer eso con los dedos entra en una especie de trance del que solo sale cuando a él le da la gana o le apagan la radio por la fuerza. Además, es joven, pero sospecho que de tanta música se está quedando completamente sordo.

—Pues según él le quedan los mejores años de carrera por delante.

Rose, la chica que iba a mi lado, rio mi comentario. Aunque lo cierto es que yo no había pretendido hacer ninguna sorna ni inventar un chiste, pero su risa sonó casi tan auténtica como inesperada.

—¿Ellos? ¿Los Foziee? —señaló a Daniel tocando la parte trasera del respaldo de su asiento—. Si ni siquiera tienen canciones propias. Todo lo que han hecho hasta ahora es versionar otras bandas.

—Y bastante mal, por cierto —añadió una hiriente Annabelle—. No es que me vaya demasiado este tipo de música pero sé distinguir una canción que te invita a menear el pelo, de una escabechina de la que sientes vergüenza ajena.

Me encogí sobre el asiento deseando que en verdad el diseño de la Volkswagen estuviera mal rematado y la acústica fuera mala, cuando no terrible, y Daniel no estuviera escuchando la conversación que nos traíamos detrás. No porque temiera meterme en un apuro con él, de hecho me parecía mejor tipo de lo que Anna me había hecho creer, y tampoco creo que fueran sus grandes medidas lo que me intimidó acerca de lo que dijeron de él como integrante de los Foziee. Más bien creo que fue el hecho de verle como un compañero de sueño, al que sin remedio estaba condenado a empatizar. Quiere un destino para sí como el que yo quiero para mí, y eso solo ya le honra, me dije acomodado contra el cuerpo de Anna. Yo ya había experimentado la sensación de descubrir el ridículo cuando en realidad siempre había dado por hecho que lo hacía condenadamente bien, durante algunas de las noches en las que Janis Joplin se sentía especialmente apasionada tras pasar media hora entre jarras de cerveza junto a Julia en la barra, aprovisionando líquidos en su cuerpo como si tuviera intención de atravesar el desierto del Colorado. Después intentaba escalar con soltura el pequeño escalón del escenario, y se dejaba llevar por un fervor más religioso que musical, al que yo intentaba enmudecer protagonizando una sucesión casi inagotable de solos de guitarra. Para mi sorpresa, la propia Allison a la que siempre agradeceré que no tuviera ni un solo pelo en la punta de la lengua, me dijo que tanto su tono de voz como mis esfuerzos por solaparlo, resultaban bastante cómicos.

—¿Va a contarme alguien de qué va todo ese rollo de la película? —pregunté intentando desviar el hilo de la conversación.

—¿No te lo ha explicado Allison? —contestó Rose.

—¿Qué le va a explicar? —replicó Anna—. Es una lianta, no sé de qué te extrañas.

—¿Y entonces? ¿Qué habéis estado haciendo ahí arriba?

—No empieces tú también como ese idiota de Eli. Le habrá pillado dormido, o duchándose, o quizá ha estado hablando un buen rato con esa señora antes de subir a su cuarto.

—Tía no te enfades —intentó apaciguar Rose ante el creciente enfado de Anna.

—Os estáis dejando llevar todos por sus tonterías y os está contagiando sus celos. No sé por qué le seguís la corriente cada vez que abre la boca. Que yo recuerde, hasta hace bien poco, nuestra mejor amiga solo era Allison —remarcó las tres últimas palabras—. Ahora parece que tengamos que rendirle cuentas también a ese imbécil.

Daniel giró a izquierdas la ruedecilla del volumen hasta que sonó un clip y se apagaron las luces de la radio.

—Anna, te entiendo, pero no puedo darte la razón — interrumpió Daniel. Tanto ella como Rose y yo, nos quedamos bastante sorprendidos. Mudos y conscientes de lo que aquello significaba. A la mierda, me dije. Ha estado escuchando toda la conversación y el tipo que se sienta a su lado en la plaza del copiloto, sobre el que ellas y tampoco yo sabíamos absolutamente nada, también. Aunque después de fijarme con disimulo en su perfil, me desahogó comprobar que estaba dormido.

—A Eli hay que conocerle antes de juzgarlo. Y soy el primero que reconoce que a pesar de ser su mejor amigo, a veces cuesta cogerle el tono. Uno no sabe con certeza cuándo está de broma o si la broma hace tiempo que se le ha escapado de las manos. Pero una vez que tienes claro quién es el verdadero Eli Nastroianni, él mismo se hace querer.

—Bien —dije—. Háblame del verdadero Eli, del que solo sus amigos conocen —pedí intentando comprender el rechazo tan profundo que desde el primer momento me había causado. Estuve tentado de preguntarle también acerca del Eli que conocía Allison, ya que no me podía explicar cómo un tío que trataba así a una chica como ella, había conseguido esquivar hasta ahora que le dejara plantado. No lo hice, claro. Las cosas ya debían ser bastante difíciles entre ambos, y no quería que Daniel pudiera comentarle después nada que se malinterpretase.

Daniel sonrió al horizonte de asfalto como a una jugosa escena de cine. Fue una sonrisa sincera, de esas que se despliegan automáticamente cuando estás acordándote de algo. Dio unos golpecitos en la rodilla al chico que iba de copiloto. Como no se despertó, le golpeó dos veces con el dorso de la mano a la altura de las costillas. —¡Tío! —se quejó el otro al retorcerse en el asiento, más de sueño que de auténtica molestia—. ¿Qué pasa? —Ábrete la guantera y hazte un porro. Tienes todas las cosas ahí, según abres —señaló hacia el pequeño habitáculo.

—¿Ahora? —contestó el otro no muy convencido.

—Sí. Ya sabes que no me concentro bien si no voy fumado, y esta carretera oscura requiere de toda mi capacidad de atención.

El chico abrió la guantera. Sacó un paquete de cigarrillos sin marca, de los que solo pude ver que tenían el filtro blanco. Se lo pasó de derecha a izquierda por la punta húmeda de la lengua, y peló la fina unión del papel con la facilidad que retiras la piel de un plátano. Extrajo las hebras de tabaco y las volcó sobre su mano ahuecada. Después abrió con una sola mano una lata grande y redonda que sujetó entre sus piernas. Era la típica lata que sirve de envase para las galletas danesas que venden en cualquier establecimiento de comestibles, y la usó en lo que mezclaba la hierba con el tabaco para no ensuciar el asiento. Después lo lio magistralmente en papel de fumar, colocando en la base el mismo filtro blanco del cigarrillo. Lo encendió y se lo puso en la boca a Daniel, el cual, de lo alto que era, tuvo que inclinarse excesivamente a la derecha hasta más de la mitad del parabrisas, para facilitarle la maniobra.

—¡Puto Eli! —dijo tras la primera calada—. Esta mierda que está consiguiendo últimamente es de primera. Bueno, a lo que íbamos. Conozco a ese pirado desde que éramos pequeños. Llegué nuevo a su escuela cuando cumplí los siete años, y como podéis imaginar por mi aspecto, no me resultó nada fácil entablar conversación y mucho menos hacer amigos.

Ahora que lo decía, pensé, había algo en la estructura de su frente y nariz que no se había desarrollado apropiadamente. Los huesos se adivinaban prominentes bajo la piel, con demasiado protagonismo incluso para un rostro de facciones marcadas. La intensidad de sus perfiles era justamente eso, demasiado intensa. Líneas más propias de un rostro que inclinaba hacia la deformidad pero sin llegar a zambullirse del todo en la palabra.