Buena ciencia ficción vestida con un traje de crónica negra que se ajusta perfectamente a su peculiar estilo narrativo: en primera persona, intrigante e inquietante

“Sí. Soy un amante del cine negro. Del antiguo y verdadero cine negro. Quizá por eso me hice detective privado cuando me expulsaron del cuerpo de policía y me uní a los ciudadanos de ninguna parte”


Rubén y Juan Vicente Azorín: “La torre Tesla”


Rubén Azorín nos tiene acostumbrados a la buena ciencia ficción. Esta vez, aparentemente no ha renunciado al género, pero sin embargo está vestido con un traje de crónica negra que se ajusta perfectamente a su peculiar estilo narrativo: en primera persona, intrigante e inquietante. Con grandes dosis de thriller pero interpretado a su manera para sorprender al lector. En esta ocasión acompañado de su hermano Juan Vicente.

La torre de Tesla está basada en hechos reales. Esos que nos oculta la Historia debajo de las alfombras de las teorías de la confabulación y las investigaciones con sello de “secreto de Estado” que esconde tan bien el FBI. Nos ilustra sobre uno de los genios de la historia a los que más debe la civilización actual. Al serbio Nikola Tesla le adeudamos todas las comodidades que nos permite la corriente eléctrica actual, las vídeo llamadas, la tecnología wifi o control remoto, el motor eléctrico, el láser…  Su frase preferida repetida en La torre de Tesla: “el presente es vuestro, pero el futuro es mío”.

Como Mozart tuvo a su Saliere, a Tesla le tocó en suerte Edison –también Marconi-. Pero sus orígenes serbios, entonces sumados a ese crisol imperfecto que se llamó Yugoslavia, tan cercana la URSS, en una época de paranoia comunista, levantó susceptibilidades en las grandes empresas que podían financiar su proyecto, su invento más secreto: el rayo de la muerte. Tan secreto que nunca pudo demostrarse su existencia.

Y aquí empieza a trabajar su historia Rubén Azorín que ha intentado ser, en sus propias palabras, “lo más fiel posible a la realidad”. Defiende, con su peculiar estilo directo y claro, la tesis de que el rayo de Tesla existió a pequeña escala. Si algo impidió su desarrollo fue la falta de financiación sumada a los grandes intereses de las multinacionales energéticas, la genialidad de Nikola y sus tortuosos orígenes eslavos. Pero, ¿realmente no existió?

Habitualmente elijo uno de los fragmentos textuales de la novela que más me han impactado. Esta vez me siento obligado a empezar por el principio de esta interesante historia para no asumir el riesgo de romper una trama tan bien construida:

“«Siga a ese coche».

Largo siempre mi frase romántica contra la pegadiza melodía de saludo cuando subo a un City Cab. Soy un clásico y la he usado en cientos de ocasiones en los casi ocho años que las calles de Clifton me ven defenderme como detective privado. No sé si esa copla fue pensada expresamente para el cine, pero desde que en las grandes ciudades no se pueden poseer, ni mucho menos usar, vehículos particulares, no le queda razón de ser. De hecho, en la persecución que acabo de iniciar casi muere antes de brotar de mis labios, obligados a invocar con siglas absurdas una APP que ajusta automáticamente mi ruta a la deriva del vehículo que he señalado como target.

¿Qué sería de Frank Bullitt si no pudiese romper las reglas? Si en su persecución no se pudiese saltar una sola señal de tráfico ni exceder el límite de velocidad, si no pudiese derrapar… Ahora los flujos de circulación de vehículos autónomos están regulados. No hay, no queda, ninguna emoción humana en ninguna carrera. Prefiero no hablarle. Solo mi dispositivo móvil, magia sin alma, dicta el camino a una máquina carente de pasión.

 Sí. Soy un amante del cine negro. Del antiguo y verdadero cine negro. Quizá por eso me hice detective privado cuando me expulsaron del cuerpo de policía y me uní a los ciudadanos de ninguna parte. El cine mantiene mi vana frase con vida al rescatarla de la realidad.

Se vendió bien la campaña de reciclaje de vehículos propios previa a su rápida prohibición, ¿verdad? Las tasaciones personalizadas que nos ofreció el Gobierno para retirarlos junto a la campaña de concienciación y multas, consiguieron que una gran mayoría de la población las aceptásemos. El resto sencillamente los perdió. Ya no serían necesarios los garajes, los vados ni las plazas de aparcamiento. Los nuevos motores eléctricos no contaminarían. La conducción con piloto se limitaría, y solo en determinados casos, a policía, bomberos o ambulancias. Así se evitaría el cansancio frente al volante y los errores humanos. Esto reduciría drásticamente los accidentes. Cualquier ciudadano identificado podría disponer de una Cab en menos de cinco minutos, a cualquier hora, en cualquier lugar. Todo eran ventajas.

Y lo fueron, no podemos negarlo. Pero ¿qué opináis de la nueva «Cuota de Tránsito en Taxi»? Con la Trans Tax nos la colaron. Debemos tener el carnet de tripulante para ser usuarios de taxis, aunque no los lleguemos a utilizar. Y no es fácil obtenerlo, casi más complicado que el antiguo examen del carnet de conducir y con la exigencia de un certificado de procedencia virtuosa y convicciones moderadas. Os diré que al principio las carreras eran tan económicas como el transporte público, pero hoy los costes se asemejan a los de un taxi de antaño.

 Otro hándicap, en cuanto a nuestra profesión se refiere, es no poder hacer las rondas de vigilancia desde el coche. Ha supuesto el punto final a la estrategia del cazador que acecha desde el fondo de su asiento los ciclos rituales de su presa”.

La torre de Tesla, novela