Attax es un rebelde e indómito guerrero alano que vive en Hispalis rodeado de personas que le tratan como un bárbaro extranjero.  Su dominus, al que le hace las labores de escolta, le encarga que investigue la desaparición de un envío de su caro aceite al Obispo de Hispalis. Attax resuelve con acierto el intento de estafa al obispo.

La dominación del imperio romano vive su último aliento. Soplan aires de guerra. Sus enemigos, los suevos, han llevado muy al Sur sus pillerías y se avecina la batalla. Mientras, el dominus Balbo encarga a Attax otra misión delicada y muy especial (esta entrega de El folletín comienza donde termina la muestra gratuita de Amazon, al final del capítulo II):


Por JOSÉ ZOILO HERNÁNDEZ

El alano, las cenizas de Hispania

Primera entrega.


De las correrías suevas en las cercanías tan solo pude conocer algún detalle más gracias a las noches que pasaba en la taberna de Quintilio

Antes de abandonar la habitación, le comuniqué también al dominus lo que había escuchado en la posada acerca de las correrías suevas en la vecina Lusitania. Balbo enarcó las cejas y, sin levantar la vista de sus quehaceres, lo único que comentó fue un escueto:

–Eso sí que me preocupa, nos ha costado mucho recuperarnos de la última vez.

Ya más tranquilo, me dirigí a tomar un baño y descansar un rato. Antes, me detuve en las dependencias de Tulio, donde esperaba ver al anciano más recuperado de cómo lo había dejado la madrugada anterior.

–¿Ya acabaste con todos los que se te pusieron por delante, granuja? –me interpeló el herido desde la cama.

–Me alegra verte de tan buen humor, abuelo. No te preocupes, que alguno dejé en pie para que cuando te recuperes puedas tomarte tu venganza.

El anciano rió, pero enseguida volvió a recostarse con una mueca de dolor.

–La cabeza me duele horrores, chico. Pero el amo ha hecho venir al físico y me ha dicho que no tengo ningún hueso roto, por lo que en unos días espero poder volver a mis ocupaciones.

–Me alegra que todo haya acabado bien. Pero tienes que contarme qué fue lo que pasó con detalle. ¿Dónde te abordaron?

–En el camino hacia la ciudad encontré una carreta detenida en medio del camino. Según me fui acercando, me pareció que tenía una de las ruedas rota, por lo que al llegar a su altura, estúpido de mí, me bajé del carro para ver si podía ayudarlos. Fue poner un pie en el suelo para acercarme a donde estaba el conductor manipulando la rueda, y de repente todo se volvió negro. Alguien, que estaría agachado al otro lado de la carreta, debió de rodearla y golpearme en la cabeza. Lo siguiente que recuerdo es al bueno de Sebastián temblando e intentando incorporarme.

–En definitiva, que se cuidaron de que no pudieras ver quienes eran los agresores. –Su relato me tranquilizó, pues si se habían molestado en que el anciano no pudiera identificarlos, quería decir que no estaba en sus planes acabar con él–. Bueno, Tulio, a partir de ahora ya sabes: cuando vayas a la ciudad, hazlo siempre acompañado por uno de los gemelos. Y, durante el camino, ¡no te pares por nada! En fin, me alegra verte de una pieza –me despedí.

Cansado, me dirigí a mi jergón. Y creo que mi cabeza no había llegado aún a apoyarse cuando me venció el sueño.

Una mañana recibimos desde la ciudad una invitación que vino a alterar la tranquila existencia de los habitantes de la villa.

Domus de Cantaber. Conimbriga

Domus de Cantaber. Conimbriga


CAPÍTULO III


La vida en villa Balbina discurrió plácidamente durante las semanas siguientes. No volvió a producirse ningún incidente con nuestro vecino, y de las correrías suevas en las cercanías tan solo pude conocer algún detalle más gracias a las noches que pasaba en la taberna de Quintilio. Poco a poco me fui relajando, y pronto volví a pensar más en hacer reír a la encantadora Elisenda que en interrogar a los viajeros.

Las noticias no llegaban a esclarecer cuál era la situación real: algunos decían que los suevos habían retornado a los confines de Gallaecia; otros que Emerita había caído, al igual que el resto de ciudades de la Lusitania; y otros tantos aseguraban que las bandas de invasores habían abandonado la vecina provincia y se disponían a caer sobre la desprotegida y fértil Baetica. En lo que todos los viajeros coincidían era en que un nuevo rey se encontraba al frente del pueblo suevo. Un nombre que sería conocido en muchas partes de la península durante los siguientes años: Rechila.

Una mañana recibimos desde la ciudad una invitación que vino a alterar la tranquila existencia de los habitantes de la villa. El dominus Balbo fue requerido por el obispo Marciano para que asistiera a su residencia, y ésta no era una invitación que se pudiera rechazar.

Como era mi cometido en estas ocasiones, me ocupé de escoltar al dominus en su trayecto a la ciudad. Una vez llegamos al palacio episcopal, un cortés Rufo me condujo a las cocinas, donde se ocupó de que me ofrecieran un agradable refrigerio, mientras aguardaba a que mi señor concluyera su entrevista con el obispo.

Algo más de una hora más tarde, el mayordomo vino a avisarme de que ya había terminado la audiencia de su señor. El camino de vuelta fue más tranquilo de lo que esperaba, pues Balbo iba perdido en sus cavilaciones, y apenas conversamos.

Espero que no necesitemos tu espada mientras estás de viaje

Guerreros vándalos desembarcando en el Norte de Africa

Guerreros vándalos desembarcando en el Norte de Africa

Al día siguiente Antonio me despertó antes del alba, y me condujo al tablinium de Balbo. Durante el camino, no dejaba de preguntarme qué sería tan urgente para que el dominus estuviera levantado a tan tempranas horas. Lancé una mirada interrogativa a Antonio, pero el mayordomo me respondió con un encogimiento de hombros y se retiró sin más.

–Saludos, Attax; es un raro honor encontrarte en la villa a estas intempestivas horas.

–Sabéis que soy de sueño inquieto, dominus.

–En efecto, muchacho. Pero no te he llamado por eso. –Balbo suspiró, cansado, y pareció tomar una decisión. Levantó la mirada y habló con calma–: Attax, necesito que cumplas un encargo fuera de la ciudad. Necesitaba reflexionarlo, pues quizás no sea lo más conveniente enviarte fuera de la villa en estos momentos en que los rumores de que la provincia será objetivo de nuevos ataques exteriores son cada vez más persistentes. Espero que no necesitemos tu espada mientras estás de viaje.

Me revolví incómodo en mi sitio, mientras me preguntaba sobre qué se habría hablado el día anterior en la residencia del obispo Marciano.

En aquel momento, mal podía imaginar que no habría más oportunidades

Ciudad romana de Corduba (Córdoba).

Ciudad romana de Corduba (Córdoba). Puerto del río Guadalquivir. (Fuente: http://www.twcenter.net/)

–Ayer se me ha hecho un honor muy especial. Su ilustrísima me ha vuelto a reiterar su predilección por nuestro aceite. Dice que sus invitados alabaron particularmente nuestra última entrega. Uno de los comensales, que partía hacia Corduba, dio referencias de su calidad al prelado de esa ciudad, y éste, íntimo amigo de Marciano, le ha pedido referencias. En resumen: ha decidido ofrecerme la posibilidad de enviar cargamentos regulares a Corduba, donde el obispo Gregorio organizaría su distribución. –Balbo paró un instante para beber un largo sorbo de vino–. Como te decía, el obispo de Corduba será el encargado de difundir las excelencias de nuestro aceite, pero para ello debemos hacerle llegar un cargamento con nuestro mejor producto en las próximas semanas. En circunstancias normales, enviaría a cualquiera de los mozos del almacén acompañando al viejo Tulio, que ya se encuentra bastante repuesto, pero vista la situación de la provincia no podemos arriesgarnos a perder un cargamento como el que pretendo enviar. Y, sin duda, tú eres la mejor opción para este encargo.

–Señor, es un honor que hayáis pensado en mí.

–Attax, eres el mejor que conozco con la espada; pero, por favor, no intentes ahora comportarte como un cortesano, porque no se te da bien. Es la solución más factible a la que he podido llegar; partirás con las primeras luces del alba. Antonio ya ha despertado a varios de los mozos del almacén, que ahora mismo están cargando una de las carretas con el aceite de mejor calidad que tenemos en nuestro depósito. En menos de una hora estará lista. Despierta a uno de los gemelos y preparad un equipaje ligero. Nos veremos en el patio en una hora –me despidió haciendo un gesto con la mano.

Me dirigí en primer lugar hacia el barracón donde debían estar descansando los gemelos. Pese a que mi primera opción fue partir con Silas, a mi parecer algo más sensato que su hermano, la mirada suplicante de Sebastián me convenció de darle otra oportunidad.

– ¡Arriba, granujas! Sebastián, nos vamos de viaje; estaremos fuera alrededor de dos semanas. Prepara tus cosas, y pasa por la armería para equiparte con lo que necesites. Asegúrate de ser práctico, que te conozco. –Desvié la mirada hacia su hermano–. Silas, échale una mano a tu hermano y prepárate para cuando regresemos, porque te tocará acompañarme en la próxima ocasión.

La próxima ocasión… en aquel momento, mal podía imaginar que no habría más oportunidades. Partimos al romper el alba, dejando atrás la vida que había conocido hasta entonces.

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