Creo sinceramente –y esto no es una sospecha es una opinión- que Blanca Miosi alcanza con La lista su madurez literaria, una madurez exquisita y rica en matices

“Planear la muerte de Big Baby requirió de mucha paciencia. De ganarse su confianza, de hacerle creer que se avenía con sus gustos; de conocer a sus amigos y enemigos”


Blanca Miosi: ‘La lista’


Primero encontré paralelismos con el conde de Montecristo. Según avanzaba la novela me di cuenta de lo errado que estaba. Me colgué entonces de Coppola y su Lucky Luciano o su Toni Manero. Tampoco. Me pareció percibir la complicidad de los amigos de Érase una vez en América. Volví a errar. Me paso por la cabeza La tapadera. Hasta que por fin me di cuenta que no tenía semejantes, que eran todos esos y ninguno, que estaba ante un guión de cine totalmente original. Un buen guión de cine. Pero tampoco era así.

Me dejé llevar y entonces empecé a disfrutar una buena literatura, sencilla y clara, con esos ingredientes que maneja tan bien Blanca Miosi: el suspense y la intriga con una perfecta base documental. Y es que Blanca no necesita alharacas literarias. No busca adjetivos enloquecidos ni barrocas descripciones. Aplica con maestría la máxima de Hemingway: el arte está en lo simple. Esa máxima deja en manos del “artista” al que se refiere Hemingway, la difícil tarea de simplificar lo abstracto, las emociones, la trascendencia de los personajes y sus actos… para que al lector le resulte sencillo leer sin perder la esencia que mueve la trama.

Y así Blanca ha conseguido una literatura sencilla con toda esa esencia intacta y una novela espectacular: La lista. Ha escrito una de esas novelas que a ella le gusta leer: llena de emociones, con ricos personajes llenos de vida y en los que rascas y rascas y siempre encuentras algo, con una gran profundidad sicológica, llenos de vida…

Sospecho que esta novela le ha salido del alma. No tengo datos. Así que no puedo asegurarlo. Pero cuando un escritor hace eso, asume riesgos, esa clase de riesgos que sólo un independiente puede asumir y  de los que las editoriales suelen huir. Eso hace de La Lista una novela aún más valiosa, una de esas historias de las que no conviene huir, un regalo íntimo que de ninguna manera podemos rechazar. Pero sólo son sospechas.

Creo sinceramente –y esto no es una sospecha es una opinión– que Blanca Miosi alcanza con La lista –por el momento– su madurez literaria, una madurez exquisita y rica en matices.

De lo que no tengo dudas es que al final del recorrido me di cuenta que podría haber disfrutado mucho más de la novela si, desde el principio, me hubieras dejado llevar por esa suave corriente que Blanca crea para que disfrutes hasta el final. Así que decido enmendar mi error, vuelvo a abrir la novela en la primera página y leo de nuevo: “Después de dieciocho años en prisión, a Toni Montero la vida fuera de los muros no le parecía segura…”  Y ya no busco nada más, sólo disfruto:

Blanca Miosi en La lista

“Después de dieciocho años en prisión, a Toni Montero la vida fuera de los muros no le parecía segura. Acostumbrado a regirse por estrictos horarios, creía que sería imposible acomodarse a un mundo tan distinto, en el que no conocía a nadie, excepto al abogado que ayudó a meterlo en la cárcel y que fingió asistirlo durante el tiempo en que estuvo visitándolo, hasta que un buen día desapareció. No lo había olvidado, como tampoco al hombre que lo acusó y siendo el asesino quedó impune.

Lo único que llevaba consigo al salir era un papel arrugado de tanto manosearlo y las promesas de Mark Lecury y de Leko Tabone. Del resto no podía decir que conociera a alguien más. Sus amigos de escuela así como el dueño de la empresa para quien trabajó limpiando piscinas, Juan Lezcano, ya debían de haber olvidado quién era Toni Montero. Para él estaba claro que jamás se llega a conocer a nadie; lo aprendió desde el día en que aceptó el encargo de David Ellison, un cliente de Lezcano de apariencia inofensiva que lo trató desde el comienzo —cuando hacía el mantenimiento de la piscina de su casa—, más como a un hijo que como a un simple empleado. Al principio, pensó que se trataba de un flirteo; ya le habían advertido que debía tener cuidado con los ricachones de Newport Beach. Después, en prisión, aprendió que esos gustos no son exclusivos de determinada clase social.

El comienzo en la cárcel fue duro, pero cuando comprendió que someterse era la peor forma de pasar el resto de su vida, encontró la solución y terminaron los abusos. La astucia fue más efectiva que la fuerza que le faltaba, y a Big Baby, como apodaban al que por entonces era el mandamás, lo encontraron muerto un buen día con dos agujeros por ojos. No obstante, la prisión tiene ciertas ventajas. Cada día se sabe qué va a suceder, quién va a hacer qué, cómo va a reaccionar un determinado fulano ante la presión de los guardias o de los mismos presos… Para Toni era una forma de conocer a la gente y se especializó en predecir los movimientos y las reacciones de todos. Era buen observador y, para un condenado a cadena perpetua, tiempo es lo que sobra.

Planear la muerte de Big Baby requirió de mucha paciencia. De ganarse su confianza, de hacerle creer que se avenía con sus gustos; de conocer a sus amigos y enemigos. El individuo no era homosexual, simplemente necesitaba desfogar sus instintos y quién mejor que él, Toni, un atractivo joven de diecisiete años y apariencia frágil. Para Big Baby suponía lo más parecido a una mujer. La gente que vive encerrada, según lo que pudo observar Toni después, tiene sus propios códigos que pueden ser incomprensibles para los que están al otro lado de los muros. Big Baby se convirtió en su protector, en su amigo, y algunas noches en su pareja sexual, hasta que una mañana lo encontraron muerto en una de las duchas colgado del cuello de una cuerda artesanal atada a las rejas del ventanuco casi pegado del techo. Cuando Toni lo encontró, el sujeto estaba más frío que un pescado en hielo. Se vengó de él sacándole los ojos y arrojándolos al inodoro. Le hubiera cortado los genitales pero sería demasiado evidente. La rudimentaria navaja con filo de carnicero yacía oculta bajo una de las baldosas de la biblioteca en donde él trabajaba porque era de los pocos con interés por los libros. Toni no era un asesino; de acabar con Big Baby se habían encargado sus propios enemigos aunque algunos sospechaban de él, pero la ética carcelaria es el silencio. Muchos agradecían que Big Baby no siguiera cobrándoles peaje por causas insignificantes y otros vieron sus cuentas saldadas. Su muerte no había sido un trabajo solitario, se requería de gente de confianza y mucha precisión para que los rastros fueran borrados”.

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