Attax, el bárbaro alano, sale de Carmo (Carmona) por la puerta de Corduba con su carga de aceite y su amigo Sebastián. Enfila la via Augusta en dirección a la capital de la Baetica. Desconoce la agradable sorpresa que le espera al final del camino, donde además se prepara una temible batalla. En las puertas de Corduba encuentra unas tropas muy voluntariosas pero novatas en el terrible arte de la guerra.


Por JOSÉ ZOILO HERNÁNDEZ

El alano, las cenizas de Hispania

Tercera entrega.


 

Puerta de Corduba (Carmona-Sevilla)

Carmo (Carmona-Sevilla). Puerta de Corduba (Córdoba)

A la mañana siguiente tomamos un frugal desayuno, que consistió en un puñado de frutos secos y algunos trozos de pan duro que traíamos en la carreta. Traspasamos la puerta que llamaban de Corduba, y así comenzó la última etapa del viaje.

Tal y como había augurado, compartimos el resto del camino con numerosos hombres que tenían también como destino la ciudad de Corduba, algunos con intención de alistarse, y otros movidos por diferentes negocios. Observé que Sebastián, con buen criterio, no dejaba de tantear su bolsa, y revisaba nuestras pertenencias casi continuamente. Afortunadamente, no tuvimos ningún incidente.

Aquel era el primer ejército que el joven hispano veía en su vida, y suponía para él una estampa difícil de olvidar

Calzada romana de Hispalis a Corduba

Calzada romana de Hispalis a Corduba

Corduba había sido ya una de las principales ciudades de la Baetica romana desde la creación de la primera provincia senatorial de Hispania. En esos tiempos convulsos, en los que el emperador legítimo luchaba por mantener sus territorios no solo frente a los invasores, sino también ante las distintas revueltas promovidas por usurpadores como Máximo en Tarraconensis o Constantino en Britannia, aún la antigua ciudad de Corduba se mantenía digna de su brillante pasado. En los últimos años, había llegado incluso a superar a su tradicional competidora, Hispalis, en cuanto a número de habitantes, y por tanto ostentaba cierta supremacía sobre el resto de ciudades de la provincia. La organización de los preparativos para la resistencia ante la invasión del ejército suevo terminó de llenarla de una frenética actividad.

A medida que nos acercábamos a la ciudad por la cuidada calzada, pudimos observar una mezcolanza de tiendas de campaña de distintos tamaños, formas y colores que se arracimaban a las afueras de las murallas. Sebastián observaba con los ojos como platos, no ya tanto por la vista de la ciudad, que no era tan diferente a Hispalis, sino por la impresión que le causaba el improvisado campamento extramuros. Aquel era el primer ejército que el joven hispano veía en su vida, y suponía para él una estampa difícil de olvidar. En cambio yo, que por suerte o por desgracia había pasado muchos años de mi vida entre guerreros, y había pisado a lo largo de mis veintiséis inviernos más campos de batalla de los que el muchacho pudiera imaginar, observaba el cuadro que se presentaba ante mis ojos con mirada crítica y algo de desencanto.

Las tropas más bien parecían una panda de amigos que se habían reunido para jugar una partida de dados

La ciudad de Córdoba en la época romana

Corduba (Córdoba-España) arqueolugares.com

Las tropas, por llamarlas de alguna manera, parecían carecer absolutamente de disciplina; más bien parecían una panda de amigos que se habían reunido para jugar una partida de dados. Algunas de las armas que observaba no eran más que meras antiguallas, que probablemente llevarían ya algunas generaciones adornando las paredes en las casas señoriales de los jóvenes presentes. Espero que al menos las hayan afilado, pensé, meneando la cabeza. También esperaba, por su bien, que las supieran utilizar.

Visto el panorama extramuros, el ejército parecía estar formado en su mayoría por siervos procedentes de explotaciones agrícolas o talleres de la zona, y por ciudadanos de las distintas comarcas limítrofes. También pude distinguir algunas tiendas de buena calidad, que atribuí a los representantes de las principales familias de la provincia, así como algunos soldados que por la calidad de sus armas y las miradas de desprecio que dedicaban el resto de los allí presentes identifiqué como mercenarios.

En esas cavilaciones estaba cuando nos dieron el alto desde la puerta de entrada a la ciudad. Al menos, pensé, también había algunas tropas regulares. Cuatro soldados que parecían formar parte de la milicia de la ciudad controlaban la entrada ese día, y suponían un buen cambio respecto a lo que habíamos visto en las afueras; por lo menos, sus uniformes mantenían cierta similitud. Los cuatro vestían bastas túnicas de color marrón, sin adornos, se protegían el pecho, las piernas y los antebrazos con piezas de buen cuero, y llevaban cascos sencillos sobre la cabeza. El que parecía ser el jefe, ya que no portaba lanza como el resto, sino un simple gladius a su costado, nos pidió que nos bajásemos del carromato para proceder a su inspección. Tras mostrarle el documento lacrado con el sello del obispo Marciano, nos
dejaron pasar sin hacernos más preguntas, e incluso nos indicaron el camino más corto para encontrar el palacio episcopal.

Cuando ya estábamos afianzando de nuevo la carga, el jefe de la guardia se acercó para advertirnos.

–Alano, al edificio al que vais se ha dirigido esta mañana el jefe supremo de la expedición, por lo que encontraréis mucha gente en la calle esperando para vitorearlo. Tened mucho cuidado entre el gentío, no hayáis traído vuestro preciado cargamento hasta la ciudad para perderlo aquí, justo antes de entregarlo.

Más de una vez tuve que refrenar los ánimos de algún espectador, que intentaba subirse al carromato para tener una vista mejor

Maqueta del teatro de Corduba

Maqueta del teatro de Corduba artencordoba.com

Una vez traspasamos la puerta, comprobamos que realmente la ciudad se encontraba totalmente desbordada. Algunos ciudadanos trataban de continuar con su vida normal mientras riadas de recién llegados deambulaban por las calles en busca de placeres, un benefactor para su causa o simplemente la oportunidad de hacerse con una bolsa bien provista de monedas. Grupos de soldados con atuendos similares a los que nos habían dejado pasar en la puerta se encargaban de intentar mantener la normalidad entre los transeúntes.

El camino hasta la casa señorial que hacía las veces de palacio del obispo discurrió con mayor lentitud de la deseada. Recorrimos lentamente la vía principal de la ciudad, que se encontraba salpicada a ambos lados de antiguas casonas de piedra en mejor o peor estado de conservación. En algunos puntos aparecían edificaciones de madera y piedra –previsiblemente arrancada de otros edificios, como del antiguo circo, que hacía ya algunos años que no se utilizaba para el cometido para el que fue erigido–, construidas a toda prisa en los últimos tiempos.

A medida que nos acercábamos al edificio que nos habían señalado como la residencia del obispo Gregorio, el número de personas que atestaban la vía iba siendo cada vez mayor; frente a la entrada principal del mismo se agolpaba una auténtica marea humana que vitoreaba sin descanso. Tuve que dejarle las riendas a Sebastián para poder estar atento a nuestro cargamento, y más de una vez tuve que refrenar los ánimos de algún espectador, que intentaba subirse al carromato para tener una vista mejor, o simplemente tenía las manos muy largas.

Al alcanzar la verja exterior, reparé, con sorpresa, en que los guerreros que la guarnecían parecían ser de origen vándalo

Tumbas de la ciudad de Corduba y al fondo el Circo

Tumbas al O. de la ciudad de Corduba y al fondo el Circo zona del Rectorado UCO

Pronto se hizo evidente que nos resultaría imposible avanzar más. Los espectadores que, a base de empujones y codazos, habían logrado alcanzar una posición que les aseguraba una vista privilegiada de la puerta por la que presumiblemente aparecería Andevotus, no parecían en absoluto dispuestos a apartarse para dejar avanzar a nuestro carro. Tampoco era factible intentar retroceder, por lo que tuve que resignarme y armarme de paciencia.

Tras unos minutos de agobio apareció una patrulla de la milicia local, que se abría paso hasta la fachada del edificio apartando a los curiosos sin demasiadas contemplaciones. De pie sobre el pescante, traté de llamar su atención; uno de los soldados se acercó, y dado que la algarabía reinante apenas nos permitía entendernos, opté por alargarle la carta de Marciano de Hispalis. El individuo estudió el papel un instante, y aunque dudo que fuera capaz de leer el contenido, pareció reconocer el sello. Para nuestro alivio, hizo un gesto afirmativo, y tanto él como sus compañeros se emplearon a fondo hasta que fueron capaces de abrir un hueco, escoltándonos hasta la entrada.

Y bien –espetó uno de los vándalos en un correcto latín–, ¿vosotros quiénes sois, y qué hacéis aquí? No os esperábamos

Cordoba romana: circo, murallas, teatro, templo y anfiteatro

Córdoba romana: circo, murallas, teatro, templo y anfiteatro

Al alcanzar la verja exterior, que se abrió para nosotros y los soldados que nos acompañaban, reparé, con sorpresa, en que los guerreros que la guarnecían parecían ser de origen vándalo. Observé sus rostros mientras se organizaban en un cordón protector destinado a que ningún espectador se introdujera en el edificio.

–Y bien –espetó uno de los vándalos en un correcto latín–, ¿vosotros quiénes sois, y qué hacéis aquí? No os esperábamos.

–Venimos con un encargo de su ilustrísima el obispo de Hispalis para el venerable obispo de Corduba. Hemos tenido dificultades para llegar hasta aquí, y estos soldados han tenido la amabilidad de abrirnos camino. La cosa se pone fea a medida que se acerca uno a este lugar.

–¡Y peor que se va a poner! Me atrevería a afirmar que llegasteis en un buen momento. El señor Andevotus debe estar ya cerca de finalizar su entrevista con monseñor, y en breves instantes saldrá de la casa. Y me temo que ese sí que será un mal momento, amigo.

Haciendo una seña, ordenó a uno de sus hombres que fuera a buscar al mayordomo del obispo para que organizara la descarga de la mercancía. Me despedí con un sencillo “gracias” en lengua vándala, lo que me valió una sonrisa y una respuesta cortés en la misma lengua. Su familiar cadencia entre tanto latín resultaba agradable a mis oídos.

El extraño gritó un par de órdenes y, ante mi sorpresa, se dirigió directamente hacia donde estábamos. Sus soldados tomaron posiciones a los lados de la carreta

Maqueta 3d de la capital de la Baetica

Maqueta 3D de Corduba (s. IV) capital de la Baetica

El mayordomo nos indicó el camino al almacén, y hacia allí nos dirigimos. Justo en ese momento se abrieron las puertas del edificio principal, lo que fue saludado por la concurrencia con un gran revuelo. Una figura, que por su caminar parsimonioso identifiqué como la de un religioso, se recortaba en el umbral. Al asomarse a la luz, la calidad de sus vestiduras me confirmó que debía de tratarse del obispo Gregorio. A continuación cruzó el umbral un personaje de notable talla, vestido de armadura, tras el que aparecieron una decena de guerreros que ocuparon ágilmente posiciones a su alrededor. A medida que se acercaban, estudié la figura del general. Desde luego, no tenía nada que envidiarme en cuanto a altura, y me pareció que incluso me aventajaba en el ancho de sus hombros. Llevaba el cabello corto, al estilo romano, pero me pareció que era de un color ligeramente rojizo. El desconocido se despidió del religioso y comenzó a bajar las escaleras, acercándose hacia donde estaba el carromato. Adiviné unos ojos castaños en un rostro duro que me resultaba extrañamente familiar.

–Que me aspen si el general no es vándalo también –mascullé mientras indicaba a Sebastián que tratara de ralentizar el paso de la carreta para poder seguir observando al sujeto.

Nos encontrábamos a apenas veinte pasos, con la carreta prácticamente detenida, cuando el individuo cruzó su mirada con la mía. Me pareció que daba un respingo; los soldados de su escolta se apresuraron a ordenarnos que nos apartáramos para dejar vía libre a su señor, pero el extraño gritó un par de órdenes y, ante mi sorpresa, se dirigió directamente hacia donde estábamos. Sus soldados tomaron posiciones a los lados de la carreta, y cuando apenas nos separaban diez pasos, me quedé boquiabierto al reconocer por fin su rostro. El pelirrojo estalló en una sonora carcajada, mientras exclamaba:

–Por Dios bendito, ¡Qué hay ante mis ojos! ¿Un bellaco alano, o acaso el fantasma de un bellaco alano?

Yo seguía observándole, atónito, mientras él comprobaba que ya nadie lo miraba desde la mansión, para envolverme seguidamente en un fuerte abrazo.

–Por Jesucristo, Attax, ¡eres tú!

Por fin pude contestar:

–¿Anderico?

Éste rió de nuevo con ganas y respondió:

–Para ti sí, amigo. Para el resto soy Andevotus, el Dux Bellorum.

–Andevotus… –repetí, aún perplejo–. Por todos los dioses, ¡creo que tienes unas cuantas cosas que contarme! ¿Sabes la cantidad de gente que te está esperando ahí fuera?

–Desgraciadamente, creo que a la mayoría de ellos se les da mucho mejor vitorear que luchar –suspiró–. Por favor, amigo, dime que no estás solo, ¡dime que traes a un centenar de los nuestros contigo, dispuestos para la batalla!

Señalé el carro y meneé tristemente la cabeza.

–Solo traigo un cargamento de aceite y un chaval que sabe bastante más de olivos que de espadas.

–Bueno, con que sepa por qué lado se sujeta, creo que ya podría competir con algunos de mis voluntarios. En fin. Aun así, nada me haría tan feliz como compartir contigo la cena de esta noche. Además, creo que alguien más se alegrará de verte –sonrió–. Recordaremos los viejos tiempos.

Asentí, emocionado. Anderico posó su mano en mi hombro.

–Dos de mis guardias te esperarán en el patio, y una vez resuelvas tus asuntos con el obispo, te escoltarán hasta mi casa. Cenaremos allí, y me gustaría que mañana me acompañases a pasar revista al ejército.

–Será un placer –respondí. Tendría que dar algunas explicaciones a Balbo por el retraso, pero ya me preocuparía por eso más tarde.

–Bien. Ahora debo despachar unos asuntos importantes con el consejo de la ciudad. Nos veremos luego. –Hizo algunas indicaciones a sus hombres, se despidió de nosotros con un gesto, y se alejó hacia la puerta, bien guarnecido por su escolta.

–Attax, ¿que está pasando? ¿Quién es ese hombre? ¿Es realmente el Dux? –Sebastián no salía de su asombro. La conversación se había desarrollado en lengua vándala, y estaba ansioso porque le explicara el extraño encuentro–. ¡Nunca habría imaginado que tuvieras amigos tan importantes!

–Vamos, Sebastián, acabemos nuestro trabajo. De momento, conténtate con saber que esta noche disfrutaremos de una copiosa cena y un mullido lecho en el que descansar.

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