Qué se podía esperar de una novela cuya dedicatoria es ya una joya literaria llena de amor, dolor, frustración, pasión, añoranza…

“Dejas angustia, rabia y cabreo, y miles de preguntas sobre si lo hice bien, si lo hice todo, si fue tarde o muy pronto”


Eba Martín Muñoz: “Los ojos de la muerte”


Estimada Eba, dos puntos. No sé si te darán o no el premio indie de Amazon este año. No será por falta de talento ni de calidad literaria. Vas sobrada de ambos. Si tan joven has sido capaz de escribir Los ojos de la muerte, realmente no puedo imaginar con qué nos sorprenderás en el futuro. Sobre todo teniendo en cuenta que a ti las tentaciones de la vanidad y la pereza no parecen afectarte. Más bien te rodeas de compañeros incómodos de viaje como la determinación, la superación y el trabajo sin descanso. Sé que no romperás fácilmente con ellos, pues entiendo que los consideras imprescindibles para alcanzar eso que creo que buscas y probablemente logres.

Te diré también que me gusta cómo encajan tus diarios en la historia que nos cuentas, como si fueran una cuidada mampostería china o una filigrana nazarí, pero con la solidez del hierro forjado a vivo fuego. Ni de lo acertado de su elección como mensajeros de la realidad de la mente, donde nadie sabe qué es verdad y que ficción o imaginación. Y qué fácilmente los ajustas para que la lectura sea llevadera, ágil, entretenida…

He de confesarte que he sentido miedo y que, como me sucedía con las películas de Hitchcock que solo podía ver en vídeo, he tenido que detener la lectura porque no podía asumir tanta tensión psicológica sin tomarme un respiro. Enseguida volvía a la carga porque realmente no creo que nadie que empiece la lectura de Los ojos de la muerte pueda abandonarla sin leerla completa.

No, no, ya sé que esto no es una película de Hitchcock. Es una novela de terror. El terror de la vida, el de nuestros miedos, el de no comprender dónde acaban lo sueños que nos atormentan y comienzan la realidad de nuestras pesadillas. El de no saber si hay otro lado y si existe y si nos puede hacer daño. El miedo a no saber enfrentarnos a lo que no podemos entender o tocar. Y  lo que es peor, desconocemos cómo defendernos de su invasión, aunque para todo eso hayamos inventado la psicología y la psiquiatría.

Yo que he vivido, estimada Eba, todos esos tiempos que tan bien describes, he de alabar sobre todos los primeros –ya que por tu juventud te son ajeno–, alabar cómo has sabido reflejar con pulcra exactitud esa intrahistoria repleta de miedos infantiles con los que dominaban nuestras vidas.

Y a pesar de todo, no olvidas el humor, y siempre tienes a punto una nota de ironía para pasar los malos tragos en los que nos metes.

Pero en fin, qué se podía esperar de una novela cuya dedicatoria es ya una joya literaria llena de amor, dolor, frustración, pasión, añoranza… Vamos, todos esos sentimientos nobles que nos definen como humanos y que tan bien has escrito. Con mi deseo de que se cumplan los sueños por los que luchas, no dejo aquí –en contra de mi costumbre– un párrafo de tu novela. Dicho lo dicho, creo que para hacerse una idea, a tu dedicatoria ya le sobre elocuencia y talento:

Eba Martín Los ojos de la muerte

EN MEMORIA DE UNA

Empecé a escribir Los ojos de la muerte el pasado 11 de abril pensando en lo poco que iba a tardar en escribir esta novela, que pensaba dedicarte (ya te tocaba). Para entonces ya estabas algo malita, pero todos pensábamos que te pondrías bien. Aún no sabíamos que ese bulto sobre tu encía era un tumor que te acabaría comiendo. A finales de abril te operamos y el día 1 de junio te has ido de mi vida, incluso antes de que esta novela vea la luz. No hay derecho.

Por estos seis años juntas desde que te rescaté tras el abandono en aquella gasolinera, te dedico estas letras:

Lo que dejas, mi Una

Dejas…

Dejas miles de fotos ridículas porque nadie más que tú sabía ser fea y bonita a la vez.

Dejas comprobado que no, que en el experimento de dejarte comer hasta que te hartases y comprendieras, al fin, que podías comer sin que te lo quitaran, siempre ganabas tú porque seguiste comiendo hasta el final sin saciarte nunca, menos aquel día.

Dejas miles de pelitos blancos revoloteando por una nueva casa que ya no usarás, nevándome los muebles. Y dejas otros tantos escondidos para golpearme cuando llegue el frío y saque la ropa de invierno, y los encuentre aferrados estúpidamente a mis jerseys, a los abrigos y las mantitas del sofá, como si estuvieras aún viva; y descubra que aún me quedan lágrimas para ti, que no se agotan.

Dejas a un Leo que te busca por la casa sin comprender dónde estás, un Leo que el primer día no quería salir a dar su paseo si yo no lo hacía contigo en el carro, que te buscó durante días por la casa al levantarse y que aún espera tu regreso.

Dejas una cuenta corriente sangrando y unas deudas que saldar para costear tu operación y tratamiento, que no sirvieron de nada salvo para ver cómo te ibas cada día más.

Dejas un montón de camitas esparcidas por toda la casa, que Leo ya no quería utilizar en los últimos tiempos para no molestarte y que parece rechazar incluso ahora.

Dejas un océano de lágrimas empapando el apoyabrazos del sofá, pudriendo la almohada, y cientos de klinex ahogados en mi pena.

Dejas tu collar desgastado, una caja entera de medicinas sin usar, un excalibor recién estrenado y un verano que nunca estrenarás.

Dejas latitas de comida que te había comprado para que te pudieras atiborrar en tus últimos días y que así me perdonaras por haberte puesto a dieta.

Dejas una bola creciendo aferrada a mi garganta, arañándome la carne, resistiéndose a volverse grito.

Dejas a una mami destrozada y un número incompleto, porque volvemos a ser dos, y no tres.

Dejas un carro que me recuerda a los últimos meses y que no sé dónde meter; y una cama llena de sangre que me recuerda que no vas a volver.

Dejas angustia, rabia y cabreo, y miles de preguntas sobre si lo hice bien, si lo hice todo, si fue tarde o muy pronto.

Dejas la sensación de verte en un segundo golpeando mis pies para ver si cuela y te vuelvo a dar de comer.

Nos dejas a Leo y a mí echándote de menos.

Todo eso dejas, mi amor”.

Los ojos de la muerte