Camino de un concierto que hará historia, acaba el capítulo 12 de Senderos de rock, que hemos venido publicando en exclusiva en Libretería.

"Te aseguro que ese hijo de puta debió pasarlo realmente mal durante el verano que duró el tratamiento"


Por SEBASTIÁN E. LUNA

Capítulo 12 completo. Wind of Change (Scorpions)

Última entrega.


—Ser alto está muy bien —continuó—, pero ser súper alto suele ser motivo de risa entre los valientes cabroncetes de cualquier colegio. Solo hay una cosa peor que ser tan alto como yo, y es ser justamente lo contrario. No hace falta que os diga que ese era el problema con el que martirizaban cada día a Eli. Cuando yo llegué al colegio, él se pegó a mí como una lapa asustada, y no voy a engañaros, yo hice lo mismo con él. Encontramos sin buscarlo un fuerte apoyo el uno en el otro, y curiosamente, funcionó. Los abusones, aunque no nos dejaron del todo en paz, nos dieron algo de tregua. Supongo que había algo tan cómico en que el chico más alto del colegio se juntase con el más bajito, que o bien se les gastaron los chistes en el primer mes, o se les estropeó el ingenio de tanto usarlo. El caso es que tras las primeras vacaciones del semestre se olvidaron por completo de nosotros, y escogieron a un pobre chaval asiático como la nueva diana en la que disparar sus pullas. Yo lo llevaba mejor. A mí las cosas siempre me han resbalado con mucha facilidad, supongo que por la misma ley de la gravedad que hace que las manzanas caigan con más velocidad de la rama más alta del árbol—rio el solo aquel mal chiste de altos—, pero para Eli no fue igual. Él estaba obsesionado con que volvieran a hacerle pasar por cada una de las putadas que nos habíamos tragado.

Calló y fumó. Contuvo el humo en los pulmones hasta que debió abrasarlo y lo soltó con un fuerte golpe de tos. Después señaló al copiloto una cantimplora de metal que colgaba de la agarradera que se usa para ayudarte a salir del vehículo. Este la abrió y se la puso en la mano. Daniel bebió lo que supuse un trago de agua fresca y continuó con el relato.

Fumando marihuana

—Los padres de Eli son médicos. La madre es una importante cirujana en el Masonic Medical Center de Chicago, y el padre es el jefe de psiquiatría de un hospital de renombre. Está especializado, además, en no sé qué enfermedad mental, que ha surgido prácticamente en este siglo. El caso es que hasta la fecha no habían tomado en consideración el complejo que sufría Eli acerca de su tamaño. Pero cuando él y yo empezamos a pasar tanto tiempo juntos, se lo tomaron más en serio. Debieron creer que era una auténtica putada que el único amigo que se había echado Eli en años, le recordara con su sola presencia el defecto que tanto le acomplejaba. Entonces empezaron a moverse y a contactar con colegas de profesión de múltiples disciplinas, hasta que dieron con un nuevo tratamiento a base de hormona del crecimiento. Era algo revolucionario aunque también un poco controvertido. Decían que en China se lo administraron a sus atletas para que tuvieran alguna posibilidad durante los juegos olímpicos, frente a la selección estadounidense de baloncesto.

Volvió a dar una calada al porro. Esta vez devastadora, hasta tal punto que la brasa incandescente atenuó por un instante la oscuridad del interior del vehículo. Después lo pasó hacia atrás sin mirar. Rose lo cogió y abrió un par de dedos la ventanilla girando la manivela de la puerta. Expuso el canuto al silbante torrente de aire para que este limpiara el sobrante de ceniza.

—Electroshock más hormona del crecimiento —continuó Daniel.

Electroshock

Su voz era ahora más clara. Parecía reflexionar con anterioridad acerca de la entonación que usar para desvelar la historia—. Te aseguro que ese hijo de puta debió pasarlo realmente mal durante el verano que duró el tratamiento. He oído cosas sobre cómo le fríen el cerebro a los locos con ese método. Era el mismo principio, pero con él usaron corrientes eléctricas de bajo voltaje, además de que se lo aplicaron bajo los efectos de una suave sedación. ¿Os imagináis pasaros el verano bajo los efectos de un opiáceo? Él no se acuerda de nada. Las descargas se las administraban cada dos días, y tardaba casi los mismos en recuperarse de la medicación. Lo único que recuerda es que le colocaban un par de hierros planos a cada lado de la cabeza, a la altura de la amígdala, con el fin de estimularla.

—¿La qué? —preguntó Annabelle, la cual no había cerrado la boca desde que Daniel había aterrizado sobre aquel punto del relato.

—La amígdala —contestó este tocándose en un punto de la cabeza—. Es una cosita pequeña que tenemos en la base del cerebro. Creo que no mide mucho más que un guisante, y sin embargo en ella recae la crucial responsabilidad de determinar tu tamaño. Eli sabía que el tratamiento podría resultar doloroso y que no estaba exento de múltiples peligros y desagradables efectos secundarios. Aun así, y en contra de la recomendación de sus padres, arriesgó y se sometió a los médicos por su sueño. Hasta que lo consiguió. Imagina lo que te estoy diciendo por un momento. Él era un muchacho sin pelusa bajo la nariz, enfrentándose a la opinión profesional de sus padres, pero con la determinación suficiente para doblegar sus emociones y en consecuencia su voluntad. No me dejaron verlo durante todo el verano, pero cuando llegó el siguiente curso y me encontré con él al pie de la escalinata que subía a las clases, me quedé completamente atónito. Medía un par de centímetros menos que yo, y te aseguro que eso de por sí es ser bastante alto. Creció en tres meses lo que le correspondía en cinco cursos, y juntos, éramos los tíos más altos del colegio.

—Espera —le interrumpí—. ¿Y qué le ha pasado ahora? ¿Por qué no ha seguido creciendo al mismo ritmo y es tan alto como tú?

Senderos de rock 3

La mano de Rose me colocó el canuto frente a los ojos, ofreciéndomelo. Lo cogí. Lo observé haciéndolo girar en mis dedos, una extraña esencia oleosa se acumulaba en la base, ennegreciendo el papel allí donde aparecía el aceite. Me lo llevé a los labios, y en cuanto di la primera calada, Anna se retiró unos centímetros de mí. Supuse que rechazaba de lleno lo que estaba haciendo.

—A ver—explicó Daniel—, tienes que pensar en términos de tratamiento experimental. Los efectos inmediatos fueron un crecimiento desmedido hasta superar la altura de una persona cuatro o cinco años mayor que él, pero después de eso, se estancó. Las pruebas determinaron que la amígdala cerebral sufrió daño debido a las pequeñas descargas eléctricas, atrofiándose irreversiblemente. No podría crecer más. Pero en contra de lo que podéis pensar, no se vino abajo. De hecho, le daba igual. La percepción sobre sí mismo había cambiado, y en consecuencia la de todo el mundo con respecto a él. Nada como creer en ti mismo para que comiencen a hacerlo los demás. Era una persona nueva. El plus de altura le proporcionó tal confianza que inició una vendetta contra todos y cada uno de los abusones del colegio, se hubieran metido con él previamente o no, humillándolos con su propia medicina. Se enrolló con las chicas más guapas del colegio, con las normales, e incluso con alguna tía que por diferencia de edad, no le correspondía. ¡Joder! ¡Menudo gigoló! —recordó.

—¿En serio? —preguntó Annabelle ciertamente intrigada.

—A ti es que no te ha caído bien desde el principio. Pero joder, hay que entender lo que fue y por lo que se atrevió a pasar para llegar a ser lo que es ahora. Yo también estuve acomplejado de pequeño por mi altura, pero te aseguro que si me hubieran ofrecido un tratamiento similar al suyo para contrarrestar mi crecimiento, lo habría rechazado.

Chica fumando marihuana

Le devolví el canuto a Rose y esta lo dejó volar por la ventanilla. Annabelle siguió alejada de mí. A vista de un observador nadie habría notado esa mínima distancia, sin embargo, en mi cabeza, se me antojaba un abismo insalvable.

—Eli es un tío que tuvo un objetivo y no paró hasta conseguirlo a pesar de las posibles consecuencias. Como ahora, tampoco parará hasta que los Foziee nos convirtamos en la mejor banda de rock de la historia, y ten por seguro que lo conseguirá, Guitarrista —dijo clavando una inquisitiva mirada en mí a través del espejo retrovisor. Permaneció unos instantes callado y se recolocó sobre el asiento, concentrándose en la carretera. A los pocos segundos un pequeño temblor comenzó a manifestarse en su cuerpo. Tiritaba como si se estuviera muriendo de frío. Le di un toque a Anna con el codo para que ella también lo viera. Ambos observamos perplejos y cada vez más sorprendidos. Por un segundo creí que era un efecto secundario de la droga, y temí que de un momento a otro, también nosotros fuéramos víctimas del incontrolable temblor. Pero la verdad es que yo había fumado más que él, y salvo un ligero embotamiento y una pesada sensación de irrealidad, no notaba absolutamente nada. Entonces comenzó a reírse. Primero muy bajito exhalando fuertes sacudidas de aire a través de la nariz, hasta que no pudo contenerse y rio estrepitosamente.

—¡Joder! ¡Teníais que haber visto vuestras caras! Y eso que solo puedo veros a través de esta mierda de espejo y con este humo… Pero ¡joder! ¿Os lo habíais creído?

Anna se enfadó muchísimo y le dio un tortazo a mano abierta en el hombro.

—Eres un imbécil, Daniel. Un payaso, un feriante de circo. Eso es lo que sois tú y el gilipollas de Nastroianni.

—Anna, tranquila —le dije sujetando sus manos, ya que Daniel y ella se habían enrolado en un círculo, en el que cuanto más le pegaba ella, más gracioso le parecía a él.

Sexo, drogas y rock

—Vaya tres pringados que estáis hechos —comentó Daniel tras reprimir el ataque de risa y verse capaz de retomar el hilo de la conversación—. Eli siempre ha sido un enano porque sus padres no levantan más de 1,58 del suelo. Lo lleva en la sangre. Él lo sabe y le da igual. Pero te diré algo Guitarrista: Eli conseguirá todas y cada una de las cosas que se proponga porque tiene la voz más virtuosa que hayas escuchado nunca. Olvídate de la radio, los vinilos, de los conciertos a los que hayas asistido… Todo, y grábate bien su nombre. Eli Nastroianni. Ese tío va a hacer historia y yo tengo la suerte de ser su batería.

Después de la idolatría encendió la radio y subió el volumen lo suficiente para indicarnos que no había mucho más de lo que hablar. Miré por la ventanilla. En ese momento estábamos parados frente a la luz roja de un semáforo a las afueras de un pequeño polígono. Un gato negro cruzó la calle con aire tranquilo. Se detuvo un instante frente a la furgoneta y miró hacia las luces, inyectándose sus ojos de un clamoroso brillo artificial. Después continuó la marcha sin prisa colándose en los bajos de un coche. Su cola rozó el paragolpes y se perdió en la oscuridad. Me quedé un instante pensando en Eli y en la oportunidad que representaba el haber encontrado una voz así. Si es que Daniel no había vuelto a tomarme el pelo con eso. Supuse que pronto lo descubriría. Puede que incluso esa misma noche o al día siguiente cuando rodasen la película sobre la que nadie me había hablado.

—Oye Anna —llamé con intención de que por fin me aclarase todo. Pero no me contestó, sino que apoyó su cabeza sobre mi hombro derecho, me cogió de la mano y cerró los ojos. Me resigné a mantener la duda durante unas horas más, pero a cambio me sentí feliz. Era la primera vez que ella hacía algo así.


ENLACES RELACIONADOS:


Comentario literario de la novela: "Buena literatura + buena música = Senderos de rock"