“Una especie de gran canoa entraba por la boca de la bahía ayudada por la corriente. Un casco acabado en cuña, sobre el que unas grandes telas se inflaban al viento, rompía las trazas del mar en su recorrido. Los veinte hombres se estremecieron al ver aquella bestia gigantesca que violaba la bahía ante sus propios ojos”

(De “Anacaona, la última princesa del Caribe“)

Jordi Díez recupera de la memoria histórica la figura olvidada del ermitaño Fray Ramón Pané, el primer notario de la llegada de los españoles a la actual República Dominicana.

El autor de Anacaona confiesa en este artículo las razones que le cautivaron de Pané y los motivos que le llevaron a convertirle en protagonista principal de su novela


Por Jordi Díez


“Yo, Fr. Román, pobre Heremita del Orden de San Gerónimo, escribo lo que he podido entender y saber de la creencia e idolatría de los indios y cómo observaban sus Dioses, de orden del ilustre señor el Almirante, virey y gobernador de las islas, y tierra firme de las Indias, de lo cual trataré en la presente escritura”, con estas palabras transcritas de la traducción más honrosa que se tiene de los escritos originales, comienza el primer tratado etnológico sobre los habitantes de la isla de la Hispaniola, allá por el año de 1495, de la mano de Fray Ramón Paner.

“Si la figura del Almirante Cristóbal Colón es controversial y tan solo su origen ha dado para toneladas de tratados, la figura de este monje jerónimo no le va a la zaga”

La Isabela, primera ciudad fundada por los españoles en la actual República Dominicana

La Isabela, primera ciudad fundada por los españoles en la actual República Dominicana

Si la figura del Almirante Cristóbal Colón es controversial y tan solo su origen ha dado para toneladas de tratados, la figura de este monje jerónimo no le va a la zaga. Fray Ramón Paner, o Pané como se conoce en algunas partes por la castellanización de su apellido, fue el escogido por el Almirante para que lo acompañara en su segundo viaje al Nuevo Mundo con el encargo de estudiar a los indios y hacer un tratado sobre los mismos.

Sin querer hacerme muy pesado, he de hacer un breve repaso de la historia que todos conocemos. Como sabemos, en el primer viaje de Colón parten las famosas carabelas la Niña y la Pinta bajo el mando de los hermanos Pinzón, ya sabéis, aquellos de la canción “los hermanos pinzones eran unos mari…neros”, y la Santa María, comandada por Cristóbal Colón. Al llegar al Nuevo Mundo, y tras navegar varias islas, la Santa María embarranca en un arrecife de coral al norte de la isla de la Hispaniola, actual República Dominicana. Ante el incidente, Colón decide bajar a la tripulación de la Niña a tierra, construye un fuerte con los restos de la Santa María y deja allí a treinta y tres desgraciados. “Hasta luego Lucas”, parece que les dijo antes de partir con su tripulación en la Niña hacia Castilla a reclamar su botín, y como Colón era bastante más vivo que los Pinzones, apenas llegó a Lisboa, sabedor de que su nave era más lenta por lo que la Pinta por fuerza había de haber llegado antes, mandó una carta vía caballo exprés a los reyes Católicos, que en ese momento estaban en Barcelona, explicando el descubrimiento y adjudicándose la autoridad del mismo.

“No soy historiador, soy cuentista, novelista, por lo que mi juicio histórico se circunscribe únicamente a la información que he podido conseguir en la fase de documentación”

Casa de el almirante Colón en La Isabela

Casa de el almirante Cristóbal Colón en La Isabela, primera ciudad española levantada en República Dominicana

A raíz de la confianza de los reyes, Cristóbal Colón montó el segundo viaje con la clara idea de colonizar las tierras descubiertas, y así, a finales de noviembre del año 1493 llegaron a la isla una flota de 17 naves y unos mil quinientos pasajeros y pasajeras (como diríamos en el nuevo castellano defensor de las diferencias de género), albañiles, carpinteros, soldados, labriegos, marineros, lo que se llamó la corte de Colón, con un mini ejército para sus cosas, personalidades enviadas por los reyes, reposteros, contadores, comendadores, …, y curas. Y es justamente entre estos religiosos que hemos de situar al ínclito Fray Ramón Paner, primer etnólogo, como decía, del Nuevo Mundo.

Como podéis ver, yo no soy historiador, soy cuentista, novelista, por lo que mi juicio histórico se circunscribe únicamente a la información que he podido conseguir en la fase de documentación para mi novela. Y en esa fase descubrí varias cosas acerca de don Paner, una de ellas es que, y en pluma de Fray Bartolomé de las Casas en su obra “Apologética historia de las Indias”, (cap. CLXVII) afirma  “Fra Ramón Pané no hablaba del todo bien nuestra castellana lengua como fuese catalán de nación”, es decir, ya tenemos que el tipo era catalán, razón por la cual su apellido no podía ser Pané, sino Paner, y no hablaba bien castellano. Así pues, ¿qué diantres (por no decir coño) había bebido Cristóbal Colón para encomendar una tarea como el conocimiento de los indios y de su lengua a un tipo que apenas hablaba catalán y latín? ¿No conocía a nadie más?

¿Os imagináis una expedición a un planeta con vida extraterrestre en la que nos lleváramos como “estudioso” a cualquiera de los presidentes españoles para que nos hicieran de traductores? ¡Pues eso es lo que hizo Cristóbal Colón con Fray Ramón Paner!

“Hay más pruebas de que Colón dominaba la lengua catalana como los numerosos libros escritos en este idioma que poseía y que se encuentran en la biblioteca colombina de Sevilla”

Monasterio de la Murtra (Fray Ramón Pané)

Imagen del desaparecido monasterio de la Murtra, de la orden de los Jerónimos, a la que pertenecía Fray Ramón Pané, y lugar donde se desarrolla parte de la novela de Anacaona, la última princesa del Caribe

Existen varias teorías sobre la relación entre Colón y Paner. Una de ellas pasa por la catalanización del Almirante. La familia Colom de Barcelona, a la que algunas fuentes vinculan a don Cristóbal, era poseedora de varias fincas agrícolas, algunas de ellas situadas junto al monasterio de la Murtra, de donde Fray Ramón Paner se cree que era miembro de esa comunidad jerónima. Allí, en ese monasterio, parece que fue donde Cristóbal Colón se encontró con los Reyes Católicos tras la llegada de su primer viaje, y si aceptáramos que Colón podría ser uno de esos Colom barceloneses, la relación con Paner, o con su familia, podría remontarse incluso a la infancia de ambos. Evidentemente todo esto son especulaciones, pero no son fruto de una mente enfermiza nacionalista catalana, sino que son muchos expertos que no descartan esta posibilidad y que cada vez va cogiendo mayor fuerza. Más allá del lugar de nacimiento del Almirante, lo que está bastante probado es que hablaba perfectamente catalán (o valenciano, o mallorquín…). Por ejemplo, entre los documentos de Don Hernando de Colón, que él mismo inventarió en su biblioteca personal figura en el Abecedarium B, con el número 4743, la siguiente entrada: “letra enbiada al escriva de racio a. 1493 en catalán”. Esta carta es, ni más ni menos, la famosa carta autógrafa de Colón a Luís de Santángel, valenciano y escribano del rey Fernando el Católico, y que fue la que se utilizó para difundir por todo el mundo el descubrimiento del Nuevo Mundo. Hay más pruebas de que Colón dominaba la lengua catalana como los numerosos libros escritos en este idioma que poseía y que se encuentran en la biblioteca colombina de Sevilla.

Pero no es mi labor discutir algo para lo que no estoy preparado, ni mucho menos, ni tampoco me alegraría demasiado que un tipo como Colón fuera catalán, así que no vea nadie un alegato por la pertenencia del Almirante al que considero mi país, sino un eslabón en la extraña relación entre ellos y en la selección del fraile como estudioso de los indios.

“Fray Ramón Paner aprendió el idioma taíno y escribió el primer tratado sobre ellos que se conoce ‘Relación sobre las antigüedades de los indios’ “

Cementerio de La Isabela, primera ciudad española en República Domincana

Cementerio de La Isabela, primera ciudad española en la Ahití, la actual República Dominicana.

Fray Ramón Paner, cuando llegó a la isla, y a diferencia de lo que explico en Anacaona, la última princesa del Caribe, fue enviado a una zona en la que no se hablaba la lengua mayoritaria de la isla, por lo que al cabo de un tiempo dejó Macorix y se fue a La Vega bajo la protección del cacique Guarionex. En esta nueva estancia aprendió el idioma taíno y escribió el primer tratado sobre ellos que se conoce “Relación sobre las antigüedades de los indios”.

Este manuscrito original, escrito para el Almirante por expreso mandato de este, y que según la mayor parte de las fuentes que consulté afirman que lo hizo en catalán, está perdido. Sin embargo, y que se sepa, en España el original fue visto por al menos tres personas: Pedro Mártir de Anglería, quien lo incluye en sus escritos, Fray Bartolomé de las Casas, que lo resume en la citada Apologética Historia de las Indias, y por el hijo del Almirante, Don Hernando de Colón, que lo reproduce en castellano en la Historia del Almirante don Cristóbal Colón.

Pero no acaban ahí los misterios sobre Fray Ramón Paner y sus escritos, ni sobre su vida, pues la última referencia que fui capaz de encontrar sobre su paradero es del año 1499 cuando declaró en el juicio contra Cristóbal Colón frente al Gobernador Francisco de Bobadilla. En la citada traducción de Hernando de Colón pone en boca de Fray Ramón Paner la magnífica labor del Almirante como evangelizador de los indios, sin embargo, las referencias escritas a su declaración en dicho juicio dicen que Fray Ramón Paner declaró: “… si el Almirante le hubiera dado lugar a la conversión, que hubiera más de cien mil ánimas cristianas, y que lo sabe porque los caciques y sus indios le venían a importunar para que los tornase cristianos y que quemarían sus cemíes e ídodos que tenían y harían como cristianos y que no osaba tornarlos cristianos por miedo del Almirante…”, palabras refrendadas por otro testigo, Gonzalo Vizcaíno, quien declaró: “… y sabe que Fray Ramón hubiera tornado cristianos la mitad de la isla si no fuera por el Almirante, que quería más el tributo que le daban que verlos cristianos”. Estas declaraciones coinciden con algunas quejas  hechas a Cristóbal Colón por muchos de sus colonizadores que pedían que bautizara a algunas indias para poder casarse con ellas, algo a lo que don Cristóbal siempre se opuso. Así pues, podemos ver claramente, y si hacemos caso de estas declaraciones, que don Hernando de Colón manipuló los escritos del fraile en su favor, y si lo hizo en esto, por qué no en todo o parte de lo demás.

“¿Cómo hubo de ser para aquel monje que pasó de una celda en un monasterio de una montaña cercana a Barcelona al mayor espectáculo que la naturaleza pueda brindar al ojo humano en apenas tres meses?”

Escena cotidiana del pueblo taíno en libertad

Representación de una escena cotidiana del pueblo taíno en libertad

Como decía hace un momento, no soy historiador, si bien he tenido acceso a mucha documentación, tanto la que he podido consultar gracias a Internet y la digitalización de las bibliotecas oficiales, como a los libros que he consultado de primera mano en el Museo del Hombre Dominicano, y a más aprendía sobre la figura de este supuesto badalonés, más crecía el mito ante mis ojos, más dudas me asaltaban y más me ponía en su piel. Yo llegué a República Dominicana hace doce años, y la belleza del lugar, la explosión de los colores, de los verdes, los azules y los blancos especialmente, me dejaron impactado hasta el día de hoy. Eso a mí, que como cualquiera de nosotros aunque no hubiera estado antes en el Caribe, lo había visto un millón de veces en televisión, fotos, libros, películas, etcétera. Entonces, ¿cómo hubo de ser para aquel monje que pasó de una celda en un monasterio de una montaña cercana a Barcelona al mayor espectáculo que la naturaleza pueda brindar al ojo humano en apenas tres meses? Aún ahora, después de haber “exorcistado” mis demonios al haber acabado la novela, me imagino las conversaciones entre el monje y el marino, qué le explicaría para convencerlo de que se apuntara en semejante aventura, qué relación tenían, de qué hablaron en las muchas horas de navegación, qué los llevó a enfrentarse, y sobre todo, dónde acabó el bueno de Fray Ramón.


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