Empieza a leer Cartas a una extraña, un bestseller que desde hace años no abandona el top 100 de Amazon. Y disfruta de los escenarios reales que inspiraron a Mercedes Pinto

Berta regresa a la casa familiar, donde nunca deseó volver, para hacerse cargo de la herencia de su madre, una mujer oscura y controladora que convirtió su infancia en un infierno. Asediada por los recuerdos, decide liberarse de los fantasmas del pasado:


Por MERCEDES PINTO

Cartas a una extraña

Primera entrega


Después de quince años, volver a la casa donde naciste y creciste hasta hacerte una mujer debería provocar una conmoción. Abrir la puerta y asomar al pasado más importante de un ser humano, mediando tanto tiempo, en el que se gestó su personalidad y que condicionó el resto de su vida adulta, como poco, debería obligar a respirar profundamente antes de entrar.

No fue mi caso. Crucé el umbral con una indiferencia pasmosa, con idéntica actitud a la de los días que no trabajaba por la noche en el restaurante, cuando entraba en el supermarket a comprar mi sándwich para la cena, pero sin la pregunta de siempre en la mente: «Hoy, ¿de carne o de pescado?». Solo me sentía contrariada por la inoportuna interrupción que suponía para mí viajar en aquel momento, a punto de comenzar la temporada turística más alta en Londres mi negocio necesitaba que todos los empleados estuviésemos al máximo de nuestras capacidades y mi marcha suponía un problema.

"El asiento de la derecha estaba vacío y la novela que me tenía enganchada desde hacía tres noches había quedado olvidada junto a mi cama"

Escenarios cartas: Saúl en la cabaña

Con el título "Saúl en la cabaña", Mercedes Pinto nos enseña el lugar junto al Lago Crescent (Olympic Park) donde el protagonista masculino de Cartas y Mensajes, vivió el principio de su destierro.

Desde que recibí la noticia no tuve tiempo de pararme a pensar; los preparativos de un viaje tan precipitado no me dieron tregua. Pero ya en el avión, ante la perspectiva de estar dos horas inmóvil, mi mente se despejó. El asiento de la derecha estaba vacío y la novela que me tenía enganchada desde hacía tres noches había quedado olvidada junto a mi cama. Poco después del despegue, al que no me acostumbraba y que siempre me producía un desagradable cosquilleo en el estómago, intenté ocupar mi mente, que la sentía extraña, ajena, más por lo ociosa que por la inusitada situación. Estaba acostumbrada a administrar cada minuto de mis jornadas con escrupulosa eficacia, a sacar buen partido de mi tiempo, estar sin hacer nada me angustiaba. Busqué distracción tras el cristal de la ventanilla, pero mi augusta Londres, una vez más, se amparaba en un interminable y monótono gris.

"Me tocaba a mí ocuparme de seleccionar qué enseres y objetos personales de la dueña, mi madre, la distinguida doña Alberta, eran para tirar, para vender o para conservar"

Escenarios de Cartas y Mensajes: libretas originales de Mercedes Pinto

Las dos libretas que ocuparon el manuscrito original de la 1º parte, con título original: Cartas desde Washington

Había muerto… Mi madre había abandonado el mundo hacía menos de cuarenta y ocho horas y no sentía nada, solo la incomodidad propia de saber que no era el mejor momento para viajar, y mucho menos a España, el último lugar que hubiera deseado visitar. Le habían dado sepultura esa misma mañana, los pésames estaban dados y los lutos habían vuelto al fondo del armario, mi única misión era hacerme cargo de sus bienes, ahora, la mitad míos. Teresa, la señora que trabajó en casa desde que mi madre se casó, me contó por teléfono que mi hermana vivía desde hacía tiempo en Australia y no podía trasladarse a Madrid en esos días, así que me tocaba a mí hacer acto de presencia y ocuparme de lo propio en estos casos, como seleccionar qué enseres y objetos personales de la dueña, mi madre, la distinguida doña Alberta, eran para tirar, para vender o para conservar, y así poder poner las viviendas a la venta lo antes posible. Tarea que me producía un enorme desagrado, pero nada más.

Nunca sentí el más mínimo deseo de volver, ni siquiera estuve tentada de hacer una llamada; mi curiosidad por lo que sucediera en la casa de mi infancia y adolescencia fue nula desde que me marché. Durante mis primeros meses de libertad no me atrevía ni a contestar las llamadas telefónicas, no fuera que mi hermana o mi madre hubiesen conseguido mi número. El olvido era entonces vital para mí. Me marché porque me asfixiaba, convencida de que, de haberme quedado solo un día más, habría perdido la cordura.

"Mil veces le dije que la única bondad que había recorrido los pasillos de la casa de Alberta calzaba sus zapatos negros de cordones. Pero a ella le dolían mis palabras"

Escenarios reales: Mercedes Pinto frente al lago Crescent

Mercedes Pinto frente al Lago Crescent en busca de inspiración y escenarios para la continuación de Cartas a una extraña: Mensajes desde el lago

Bajé del taxi con solo una maleta; no me quedaría más de lo imprescindible y comenzaba el verano, bastaría con algo de ropa ligera. Teresa me estaba esperando y no tardó mucho en abrir la puerta, alertada por el ruido del vehículo. Era la misma, tal y como la recordaba: aunque asomaban hilos blancos a sus sienes, su pelo lucía negro, limpio y sedoso, recogido en un moño bajo la nuca, como si no se hubiese movido del lugar en todos los años pasados; seguía cubriendo el escote con un grácil pañuelo de florecillas, anudado del mismo modo de entonces, dejando dos alas caer hacia abajo, igual que las mariposas cuando se paran en las flores; los labios ligeramente rosados, como húmedos, casi fríos; el jersey de hilo, la falda oscura hasta las rodillas, los zapatos de monja… y su honda y templada mirada, propia de las personas que miran desde el interior. Teresa era de esas escasas almas que te abrazan sin tocarte. Mil veces le dije que la única bondad que había recorrido los pasillos de la casa de Alberta calzaba sus zapatos negros de cordones. Pero a ella le dolían mis palabras, porque encerraban el profundo desprecio que sentía hacia mi madre y mi hermana. Para mí siempre fue un misterio la devoción y respeto que regaló a su señora la mujer que le sirvió como una esclava durante cuarenta años, yo no la veía como la asistenta, sino como lo más parecido a una madre que había tenido.

Pensé que había renacido durante los quince años que llevaba en Londres, que me había reinventado y nada de lo que fui entonces sobrevivía en mí; pero antes de que pudiera abrazar a mi querida Teresa, nada más pisar el felpudo de bienvenida y mal hallada, automáticamente froté contra él las suelas de mis zapatos, con frenesí: cinco pasadas por cada pie. O lo hacías, o no entrabas. Así era mi madre, implacable, ya antes de entrar te hacía saber quién mandaba en su impoluta morada. Una, dos, tres… No, ni hablar, ya no. Me salté el ritual de la alfombrilla para darle a Teresa un abrazo.

Mercedes Pinto publica en exclusiva en Libretería los escenarios reales de la continuación de Cartas a una extraña: Mensajes desde el lago

Escenarios reales de Cartas: La niebla que pinto Saúl

Con el título "La niebla que pinto Saúl", Mercedes Pinto nos enseña la fuente de inspiración del protagonista de Mensajes desde el lago

―Mi niña… ¡Qué alegría más grande tenerte aquí otra vez! Mi Bertita… ―me decía mientras se sostenía sobre las puntas de los pies agarrándose a mi cuello para poder besarme y abrazarme―. Deja que te mire ―se retiró un paso para observarme a placer―. Qué delgada estás, y qué elegante, y qué guapa, y qué…

―Ya, ya, Teresa, soy la misma, pero más vieja. Tú en cambio estás como te recordaba, y me encanta.

―Vamos, pasa. He preparado algo para picar. Me imagino que ya tienes el estómago de los ingleses y cenas a la hora de la merienda. Qué bien que estés aquí, no sabes cuánto os he echado de menos estos días a tu hermana y a ti. Qué alegría, hija ―volvió a repetir, caminando hacia la cocina. 

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