Estrenamos nueva sección: microrrelatos. Y lo hacemos vestidos de largo con una pluma de primera, la del escritor Víctor Fernández Correas, autor de La tribu maldita y La conspiración de Yuste.

“Había comenzado a llover con rabia. Quizá, por eso, su mujer decidió acometer el piano con mayor furia. Él sonrió con ganas. ¡Qué fuerza, qué viveza!, murmuró encantado. Llamaron a la puerta”.

Por Víctor Fernández Correas

(autor de La Tribu maldita y La conspiración de Yuste)

Primero sonó una tecla, luego otra y después, otra más. Un hombre fumaba en pipa. Alzó la mirada hacia el techo asintiendo con la cabeza. Sonrió.

Aquellas primeras teclas, imprecisas, comenzaron a sonar con más seguridad. Fuera, en el exterior, tronaba con fuerza. Los relámpagos iluminaban un escenario aislado y calmado. Aquella casa, situada al pie de la montaña. El pueblo más cercano, a seis kilómetros. Lo que ambos buscaban para descansar. Le gustaba escuchar a su mujer tocar el piano. Aprendió de niña, pero estuvo muchos años sin volver a acariciar las teclas de cualquier otro. Le recordaba a su madre, le decía a modo de excusa. Todavía se lamentaba de la muerte de aquélla. Una tragedia. Un accidente de coche. Un trayecto corto. No quiso ponerse el cinturón. Nunca lo hacía. La pequeña moto que se cruzó en su camino, el frenazo, la cabeza golpeando el parabrisas. El coma. La muerte.

Escucharla tocar el piano le reconfortaba.

Las teclas de un piano

Decidieron alquilar la casa sin pensarlo. La reservaron por Internet. Recogieron la llave en el pueblo. Todos los vecinos los miraban. Ésos son, oían a sus espaldas. Los que han alquilado la casa. ¿Qué pensará Alicia? ¿Quién es esa Alicia?, le preguntaron a la persona que les entregó la llave. El tipo sonrió. Una mujer que vivió en la casa. Chaladuras de la gente.

Arreciaba la tormenta. La luz amenazó con marcharse en una ocasión, y lo hizo a la segunda. Previsor como era el hombre que fumaba en pipa, encendió la linterna que dejó encima de la pequeña mesilla que acercó junto a la chimenea, donde leía con calma. Su mujer seguía tocando el piano. Cada vez más segura, más libre, con más intensidad. Un trueno estremeció la casa. Había comenzado a llover con rabia. Quizá, por eso, su mujer decidió acometer el piano con mayor furia. Él sonrió con ganas. ¡Qué fuerza, qué viveza!, murmuró encantado. Llamaron a la puerta. Extrañado, cogió la linterna. El piano cesó de tocar. «Habrá escuchado los golpes en la puerta», supuso el marido. Se aproximó a aquélla y la abrió. La sonrisa se le heló al toparse con su mujer, calada.

―Bajé al pueblo a comprar un poco de harina. Quería hacer gachas para darte una sorpresa.

El marido se dio la vuelta. Alguien bajaba por la escalera. Se giró dando la espalda a su mujer. ¿Quién narices estuvo tocando el piano entonces? Un relámpago iluminó el salón de la casa. Tras el sonido del posterior trueno, volvió a escuchar los pasos de alguien que bajaba por la escalera.


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