Un mirlo blanco rescatado de los tercios de Flandes, da consejos de amor, que no de sexo, en pleno siglo XXI.

Cuando leas El Duque del Altozano vas a reir un rato largo, gracias a la fina ironía de Fernando Cotta y a las situaciones que maneja recuperadas de la literatura picaresca.

 “La piloto de la pequeña aeronave en la luna delantera vio algo que atónita le dejó, un pájaro había intentado atacarles con un palo, ¡vaya tela!” 

 


Fernando Cotta: ‘El Duque del Altozano’


Cuando conoces personalmente a Fernando Cotta, esperas que de un momento a otro se retire la capa a un lado y te escupa a la cara un reto: “Déjate de divagaciones”, por ejemplo. No, no es cierto más allá del sentido figurado. Más bien Cotta Pollo parece un viejo reportero enfundado en un chaleco gastado y mágico, lleno de bolsillos secretos y mágicos con los que como un mago de la literatura, seguro, te va a sorprender.

Cuando leas El Duque del Altozano vas a reir un rato largo, gracias a la fina ironía de Fernando Cotta y a las situaciones que maneja rescatadas de la literatura picaresca (o picaresca literatura) del siglo de Oro español. No os asuste (o espante) el lenguaje que emplea, se lee bien y resulta muy apropiado, muy bien escogido para las historias que cuenta. A mí concretamente el cuerpo me está pidiendo ya segunda parte.

Su mirlo blanco —su protagonista—, su duque alado, extravagante, vestido con toda la dignidad del Tercio de Flandes, conseguirá que píes en castellano antiguo (actualizado) improperios, amenazas, conjuros contra el deshonor… Pero sobre todo consejos de amor en un mundo desolado de cariño donde las almas (o los espíritus) vagan en busca y en pena de su gemela. (Termina siendo contagioso, lo de piar en antiguo castellano).

El hilo argumental sobre el que se mueven cada una de las historias de esta novela es el siguiente. Un galán conquistador —que dirían entonces—, un golfo sin escrúpulos —que diríamos ahora—, resulta condenado por gracia divina a una esclavitud difícil de sobrellevar. Dios —el divino y justiciero—, le resucita para enamorar no para rendir en pleno 2015.

Me explico: este Duque, hidalgo que perteneció a los tercios de Flandes, que ahora tiene forma de pájaro (eso sí, un pájaro raro y apreciado: un mirlo blanco, un potosí)… Este Duque —decía— debe unir en el amor, y solo en el amor, a las parejas que no se encuentran o las que se desencuentran constantemente.

Y si el Duque -por su naturaleza humana- carga  las tintas sobre el sexo, y no sobre el amor, el Dios divino y justiciero le tiene reservado como castigo la peor de sus pesadillas: que el mismísimo Lucifer disponga durante toda la eternidad a su gusto de la más preciada parte de la anatomía del Duque, aquella por la que perdería —a su juicio— toda la dignidad de un hombre fraguado en la más santa Hombría.

Que os aproveche este fragmento de la novela:

Fotgrafía de Fernando Cotta sonriente

“La piloto de la pequeña aeronave en la luna delantera vio algo que atónita le dejó, un pájaro había intentado atacarles con un palo, ¡vaya tela!, ahí estaba clavada la vara y el pobre ave, con la cara desfigurada y aplastada en el parabrisas.

—¡Eduardo, mira esto que no te o vas a creer! —Dijo en alta voz.

El compañero que detrás de ella iba, miró y loco se quedó, pues efectivamente tenía razón, un blanco mirlo de pico anaranjado se había estampado en el cristal y ahí se había quedado cruelmente desfigurado y como si un dibujo en relieve se tratara.

—¡Ahivalahostia!, ¿pero esto qué es?, un pájaro armado ha osado atacarnos, ¡espera, espera que piense!, que esto no puede ser. ¡Redios pues sí que es!, ¿te has fijado que lleva algo parecido a un cinturón?, y por cierto… ¿bien colocado?

Vaya imagen la del aplastado caballero, el pico a uno y otro lado, la lengua en medio, el cuerpo con las alas abiertas bien pegado…, y los ojos, ¡uy los ojos!, en sus órbitas estaban dando vueltas cual capricho de un niño haciendo girar una piruleta.

—Vamos a aterrizar, creo que a pesar del golpe que se ha dado, sigue vivo. ¡Por Dios, no me lo puedo creer!, parece como si quisiera despegarse de la ventana en la que se ha estampado.

La bella capitana tomó las riendas y el morro hacia tierra enfiló, mirando por si acaso, se le venía otro alado con las mismas intenciones que el allí se había estrellado.

A punto de tomar tierra estaban cuando una orden dio a su compañero”.

Link de compra de El Duque del Altozano


TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:


Más allá de las redes sociales: @BarriosdeLetras