Mercedes Pinto, autora del bestseller Cartas a una extraña, publica mañana (15 de diciembre) su próxima novela: Melodía para un forense. Libretería os adelanta el comienzo demoledor de esta historia y las músicas que la escritora ha elaborado para “escuchar” la novela.

“No podré descansar hasta que su alma esté en paz. Déjame que le rece una oración y que me quede a su lado hasta que se lo lleven. Y busca a esa hija de perra, ha sido ella y tiene que pagar por lo que ha hecho”


Por MERCEDES PINTO

Melodía para un forense

15 años antes…


Como empujado por un huracán, recorría el último pasillo que llevaba a la sala de autopsias. Llevaba dos días sin dormir, desde que Edy desapareció no se había dado ni un respiro. Durante este tiempo se dedicó a llamar a todos sus contactos en la policía y a participar y colaborar con los efectivos de búsqueda. En cuarenta y ocho horas solo había tomado café. Además de profundamente triste, estaba desquiciado.

Al llegar a la sala de autopsias paró en seco. La escena lo colapsó: parte de su propio equipo se afanaba en despegar lascas de lo que ya no era más que un trozo de carbón.

Antes de que pudiera acercarse lo abordó el inspector Owen Cole.

“Entonces avanzó de repente y en tres largas zancadas estaba agarrado al cuerpecito calcinado de un niño de aproximadamente cinco años”.

Libreta de Melodía para un forense

En la foto, la libreta manuscrita de Melodía para un forense. Estas libretas se han hecho imprescindibles en las novelas de Mercedes Pinto. Como nos confiesa en Entrevista con… sin ellas no podría escribir sus historias.

–¿Qué haces aquí, Ray? Venga, vámonos, te llevaré a casa.

–Es Edy, sé que es Edy –dijo el recién nombrado jefe del Instituto Forense de Filadelfia.

Tenía la mirada perdida sobre unas profundas ojeras que resaltaban la palidez de su rostro. De no ser por la agitación de su pecho, por su quietud y su gesto de espanto hubiese parecido un muñeco de cera.

–Es pronto para asegurar algo así.

–Ha sido ella, Owen, ha sido Sherlyn. ¡Edy! –gritó alertando al equipo que lo observaba desde su apareció.

Entonces avanzó de repente y en tres largas zancadas estaba agarrado al cuerpecito calcinado de un niño de aproximadamente cinco años.

Hicieron falta dos hombres del equipo y el mismo inspector Cole para obligarlo a desprenderse de lo que ya no era más que un palo negro y seco.

Su arrebato fue una gran negligencia que había puesto en peligro la investigación y contaminado las posibles pruebas. Pero ninguno de los médicos forenses presentes se hubiera atrevido a recriminar a un padre roto; un hombre disciplinado, trabajador y austero que a pesar de su juventud se había convertido en su jefe gracias a su brillante carrera.

–Te he fallado, Edy, papá te ha fallado. Mi pequeño guerrero… –decía llorando desconsoladamente por primera vez desde que era un niño, mientras lo sostenían el inspector y el joven adjunto Ramos.

–Vámonos a casa, Ray, necesitas descansar.

–No podré descansar hasta que su alma esté en paz. Déjame que le rece una oración y que me quede a su lado hasta que se lo lleven. Y busca a esa hija de perra, ha sido ella y tiene que pagar por lo que ha hecho –aseguraba escupiendo fuego a través del agua de sus ojos.

“El pequeño cadáver carbonizado se había encontrado en un desguace de camiones a pocos kilómetros de Filadelfia, sobre un montón de chatarra”

Investigación en laboratorio forense

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Owen estaba bastante seguro de que aquel niño no era el hijo de Ray y de que Chelyn no había tenido nada que ver en su desaparición. El pequeño cadáver carbonizado se había encontrado en un desguace de camiones a pocos kilómetros de Filadelfia, sobre un montón de chatarra. Cierto que eran de la misma edad que Edy y que nadie lo había reclamado, lo que era muy sospechoso, y más justo dos días después de la desaparición del hijo del jefe forense, pero a pesar de todo no había una sola prueba que apoyara la teoría del Ray Fox.

Edy desapareció el veintiuno de julio de 1981, en una calurosa noche de verano después de dormirse rendido por el agitado día. Mientras tanto su padre escuchaba música en la habitación de al lado, con los auriculares puesto para no perturbar el sueño de su pequeño guerrero. Su madre hacía semanas que vivía en un apartamento de lujo en la zona más elitista de la ciudad.

Ray había descubierto meses atrás que su mujer tuvo un amante desde que se casaron, un empresario muy rico que tras su muerte la dejó desconsolada, especialmente a su cuenta bancaria. Fue cuando le confesó su traición y que Edy no era su hijo e iba a luchar por demostrar que su padre ere el recién fallecido para reclamar la sustanciosa herencia que le pertenecía.

“En pocos días Ray había descubierto en su esposa una mujer desconocida: colérica, maquinadora, avariciosa, infiel, mentirosa y capaz de cualquier cosa por dinero”

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Fotografía que ilustra la portada de la nueva novela de Mercedes Pinto Melodía para un forense.

En pocos días Ray había descubierto en su esposa una mujer desconocida: colérica, maquinadora, avariciosa, infiel, mentirosa y capaz de cualquier cosa por dinero. Eso sí, no era nueva su falta de vocación como madre y el forense tenía su propia teoría sobre la desaparición de Edy: harta de litigios y ante el miedo de que el pequeño fuera en verdad hijo de difunto padre, la hija única y heredera del empresario llegó a un trato con Sherly, a la que ofreció una buena suma de dinero si se deshacía del pequeño incordio que amenazaba con quitarle la mitad de su fortuna. El motivo por el que el niño acabó muerto tal vez fue una consecuencia inesperada para su madre, pero no tenía dudas de que había sido culpa de ella.

Pero por falta de pruebas la justicia no apoyó su teoría y pasado un año sin encontrar rastro del niño el caso se cerró sin resolver y Edy Fox paso a formar parte de la lista de niños desaparecidos de los Estados Unidos.

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