Un hombre seductor, un maduro podrido de dinero. Una joven atractiva, con un punto de inocencia en su sonrisa… Una conquista aparentemente fácil, un desenlace, inesperado. Un microrrelato inédito de Víctor Fernández Correas.

“La conquista de esa noche. Y a ello decidió ponerse usando las armas de siempre: esa labia que se gastaba, un físico aparente y una tarjeta de crédito”


MICRO-RELATO: “El típico maduro podrido de dinero”


Por Víctor Fernández Correas

(autor de La Tribu maldita y La conspiración de Yuste)

La vio en medio de la pista. Morena, de larga melena y con unos ojos verdes que nunca dejarían de brillar en medio de las tinieblas más oscuras. Vestía un traje negro ajustado y se movía con un ritmo que derretía el hielo de la copa del tipo que la observaba desde la barra. Veintipocos, le echó. Como mucho, se convenció tras escrutarla de nuevo, con calma. Y sería suya. La conquista de esa noche. Y a ello decidió ponerse usando las armas de siempre: esa labia que se gastaba, un físico aparente y una tarjeta de crédito con la que hacer realidad cualquier deseo, por extraño y caro que fuera.

—Demasiado sola para bailar, ¿no crees? —dijo él a modo de saludo.

—Hasta ahora.

La sonrisa, los ojos verdes radiografiando su alma y la predisposición que mostró la chica para bailar le convencieron de que el terreno estaba sembrado para conseguir su propósito. Porque fue una canción, luego otra, luego otra…

—¿Qué tal algo en la barra? —le propuso él.

—Vale.

Un sitio caro. Viviendas unifamiliares rodeadas de jardines y mucha seguridad. Demasiado lujo

Esa sonrisa, con su punto de inocencia. Definitivamente —caviló con gozo— la victoria era suya. La consumición duró lo que tardó él en proponerle una conversación más relajada en su casa, a lo que ella accedió.

Un punto de inocencia en su sonrisa

—¿Vives aquí? —preguntó la chica antes de que el coche de él franqueara la barrera de la urbanización. Un sitio caro. Viviendas unifamiliares rodeadas de jardines y mucha seguridad. Demasiado lujo.

—Tranquila. Saldrás tal y como entras —respondió él para, a continuación, emitir una carcajada.

La casa era como todas las que la rodeaban: un cubo en medio de una enorme extensión ajardinada. Tres plantas, habitaciones decoradas con buen —y rico gusto— y dormitorio con un enorme ventanal desde el que se divisaba la silueta de la lejana ciudad. Allí se dejaron las últimas fuerzas del día, ella sobre él, incorporada hacia delante, con una mano tras la cabeza, gimiendo sin remisión, y la otra debajo de la almohada. Donde acariciaba la pistola con la que mataría al tipo al que echó un ojo al verlo entrar en la discoteca de moda. Su víctima de la noche. El típico maduro podrido de dinero y ávido de sorpresas. Como la que iba a costarle la vida.


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