Soy consciente que sólo con ese título: “Una novela para pensar”, habré echado a gran parte del público. Pero sería injusto con Ignacio León Roldán si no lo dejara claro desde el primer momento. Él mismo en sus redes sociales se define así: “Tengo la mala costumbre de escribir para hacer pensar”.


Lo más difícil para encuadrar una obra es encontrar un concepto y definirlo. Eso es lo que ha hecho Rafa Gálvez al describir como realismo ensoñado a El dragón y la rosa.

“Sois por demás vulnerables a pesar de vuestra inteligencia; al amor, a la bondad, al dolor, a la desdicha, al desaliento…, por ello me odiáis y me consideráis un ente vil y miserable”


Ignacio León Roldán: ‘El dragón y la rosa’


No existe el azar en El dragón y la rosa. Es una novela auténtica, como su autor. No tiene prisa. Es capaz de deleitarse, como haría Roman Polanski en Tess, en el sabor de una taza de café o en la búsqueda de una habitación de una pensión. El viaje tiene sus tiempos, o tempos, y prescindir de ellos es prescindir de su esencia.
Y no existe el azar porque cada elemento narrativo, cada personaje, tienen una función, un encaje en una historia absolutamente nada convencional, donde confluyen otras historias sorprendentes, minihistorias como ya inventó el maestro del género en las aventuras de su ya famoso hidalgo. Una de ellas, de las de Ignacio, me sorprendió especialmente. En ella te muestra una visión de la muerte muy emotiva y elocuente (no puedo hacer spoiler) y una visión del tiempo nada convencional.
Y no existe el azar en El dragón y la rosa porque hasta los nombres de sus personajes están escogidos con el placer y el cuidado de un bibliófilo. Los nombres toman el poder de la palabra: Miratuin (mira en tu interior), el sepulturero Euritmio, el protagonista Fidel Osadía Valiente, Íntimo… Y luego está lo que otro alfarero del lenguaje, el maestro de los alfareros: Rafa Gálvez , define como “realismo ensoñado” cuando habla de El dragón y la rosa.
Se aprende mucho con estos alfareros del lenguaje: Rafael Gálvez, Fernando Cotta, Ignacio León…, gente llana y humilde, maestros artesanos del lenguaje y del oficio de la vida.
Lo más difícil para encuadrar una obra es encontrar un concepto y definirlo. Eso es lo que ha hecho Rafa Gálvez al describir como realismo ensoñado a El dragón y la rosa. Realidades tangibles, sensibles al tacto, que desaparecen entre sueños. Ensoñaciones tan reales que despertar de ellas resulta difícil o próximas a la locura.
Pero lo más significativo es que trastoca los conceptos más íntimos sobre el bien y el mal aceptados universalmente, te seduce para que realices un viaje a tu interior como lo hace su protagonista, sufres sus mismas confusiones y vuelve otra persona distinta a la que comenzó ese viaje.
Quiero acabar este comentario con una escena, un monólogo, que me trasladó a la prisión de Segismundo encadenado. Sólo que era la cueva del bucanero Miratuin, donde el guardián de la Rosa, sufre una catarsis y expulsa –más bien escupe–, los demonios que viven en su interior:

Ignacio León Roldar, autor de El dragón y la rosa

«–Te preguntarás quién soy y lo que represento. –Y continuó sin darle tiempo a la réplica–: ¿Cómo podría tener otro destino que no fuese el de una perpetua soledad, si llevo innato conmigo el ser un fuego de vida? –Después de esta interrogante con auto respuesta, siguió hablando de las maravillas de su fuego hecho de luz viva, mientras Fidel escuchaba inmóvil y sorprendido. Luego describió la diversidad y magnificencia de las rosas brillantes y fosforescentes que se multiplicaban, poco a poco, por sí solas, al ser sembradas en tierra fértil, y de su crecimiento progresivo y silencioso, amén de su hermosura y tamaño. Mientras el bucanero hablaba con entusiasmo, los ojos de Fidel, resplandecían cada vez más. Como apoteosis final de la increíble flor dijo:
–Ni la belleza más perfecta del mundo, como es la del cielo y la tierra, podría compararse con la proyectada por el blancor que emanan las rosas.
Sin darse tregua, ni descanso, afirmó:
–No es fácil discernir entre lo bueno y lo malo. Sois por demás vulnerables a pesar de vuestra inteligencia; al amor, a la bondad, al dolor, a la desdicha, al desaliento…, por ello me odiáis y me consideráis un ente vil y miserable que se complace en vuestra desventura, –le decía Miratuin.
“¡Cuan equivocados estáis! –Exclamó con voz bronca y destemplada.
“Si como pensáis –dijo recuperando el tono apacible–, un ser bondadoso me creó, para después rechazarme a pesar de formar parte intrínseca de él, ¿cómo podéis entender que dicho lazo sólo se pueda romper con la defenestración de uno de nosotros? Pero no, no es así, porque ambos somos parte de una misma entelequia.
“Dais vida y cobijo a un bien deformado que, en su afán de ser amado, me mantiene solo y repudiado. Pero mi deformación le beneficia hasta el punto de aparentar el querer combatirme a muerte.
“Este sentimiento inconsciente me convirtió a ojos de la humanidad en un ser maléfico, que negaba a su compañero y homónimo para desequilibrarlo. Pero el mundo sigue sin apercibirse de que cada individuo nos lleva a ambos dentro de sí. Cuando seáis capaces de asimilar esta nefasta dicotomía podréis afrontar el transcurrir de la vida de forma plena.
“El empeño de hacer distinción entre uno y otro, es el desencadenante del sufrimiento del que se adolecen los pueblos.”»


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