“La vi junto a su marido, mi otro abuelo, con una pared de rejas de por medio. Él preso y sentenciado a muerte, a un lado. Ella, con dos niñas y una sentencia de por vida, al otro. Tenía sólo 19 años”.


RELATO BREVE: Una mujer de pocas palabras


A Beatriz Cáceres, por su insistente inspiración.

Ella era una mujer de pocas palabras. Más bien de sentencias. Bajita, gordita y con el azúcar muy alto. Siempre andaba de acá para allá a ver si alguien le arreglaba su problema con los huesos. Él directamente no era de palabras. Más bien de hechos. Un tiarrón grande que rescató a la abuela de las garras de la pobreza. Muy grande. Medía los metros de cuerda a plomada por la longitud de sus piernas. Dos almas puras fundidas en el mismo roble. Te sentías seguro cobijado bajo aquellas ramas protectoras y fuertes.
-Hijo, tengo que confesarte algo. Ya has cumplido los 15 años, tengo que confiarte un secreto y darte un regalo. Toma.
-¿Qué es esto, mamá?
-La Biblia de tu abuelo Román.

“Dejé a mi madre tirada con la palabra en la boca, la Biblia del tal Román en la mano y su pulso acelerado, y me escondí en el baño”.

Debía haber puesto cara de perplejidad. Yo no me veía, sólo sentía un vacío entre las cuerdas vocales, una sequedad en la garganta y un aire frío que había invadido el cuarto de las confesiones.
-Tu abuelo… El abuelo Pedro no es tu abuelo. –Las palabras de mi madre salían confusas de su garganta. Casi sentía su pulso agitado, su corazón acelerado, su nerviosismo contenido. Yo seguía mudo.
-De sangre, quiero decir.
Dejé a mi madre tirada con la palabra en la boca, la Biblia del tal Román en la mano y su pulso acelerado, y me escondí en el baño. Allí me refugiaba cuando quería llorar sin que nadie me viera. En esta ocasión lágrimas de impotencia, frustración y por primera vez en mi vida de inseguridad. Me habían expulsado del cobijo de aquel viejo roble. No entendía tampoco qué clase de dios era ese que me cambiaba una biblia por un abuelo.
Y entonces… Tocaron a la puerta. No sentí el primer toque de los nudillos. Quizás era que no deseaban molestar. Una voz lejana que también pedía permiso me llamaba:
-Pedrín… Pedrín…
Era mi abuela, la de las pocas palabras.
-Pedrín, hijo, ábreme la puerta.
Su voz imploraba un perdón que no acertaba a comprender.
-Pedrín…
Y mis pies se arrastraron por las losas y mi mano abrió la puerta.
-Deja que te cuente, hijo.
Y entonces mi abuela me contó el secreto de la familia, ese que sólo se podía susurrar a media voz para que los vecinos no lo escuchasen. No fueran a pensar que… No fueran a señalarles en la calle… No fuera que les llevaran de nuevo de camino al barranco de la pobreza y la miseria.
-A tu abuelo Román lo fusilaron.

“Con lágrimas en los ojos y el alma en un puño mi abuela habló. Habló como nunca lo había hecho”

Con lágrimas en los ojos y el alma en un puño mi abuela habló. Habló como nunca lo había hecho: largo y tendido. La vi junto a su marido, mi otro abuelo, con una pared de rejas de por medio. Él preso y sentenciado a muerte, a un lado. Ella, con dos niñas y una sentencia de por vida, al otro. Tenía sólo 19 años. Con un bebé de 18 meses en brazos y una niña de poco más dos años agarrada a su mano. Dos hombres con fusiles la escoltaban y le golpeaban con el cañón en el brazo cada vez que se aproximaba unos centímetros al muro de hierro y al aliento de su marido.
Habló de cómo rompía el hielo del río para lavar la ropa, de su trajín con los bebés, de las malas caras de los desconocidos, de los reproches de los propios, del no hay trabajo para ti… Hasta que llegó ese tiarrón que media la cuerda a plomada y la enamoró, la protegió y la amó sin necesidad de justificarse ante nadie porque él era un hombre de pocas palabras, más bien de hechos. Y ella, encadilada, empezó a escribir la historia. Esa historia que más tarde yo aprendería en la escuela de la vida, esa que escribieron los hombres y mujeres de mi tierra. Y ella y él empezaron a levantar aquel roble. El roble. Ese árbol que crece lento, muy lento, que tarda ocho años en medir 12 centímetros, pero cuando se afianza, bajo sus ramas ni un rayo puede alcanzarte.

Dos abuelos se pierden en un bosque
Han pasado 15 años y ahora los veo todos los días cuando regreso del trabajo, refugiados en el mismo rincón, en la misma esquina del viejo sofá. Juntitos. El tiarrón, mi abuelo, tiene cataratas. Apenas ve. Le jubilaron con un reloj y “un muchas gracias por los servicios prestados”. La vida después le recompensó “con un frío” que se decía antes, y le dejó media cara paralizada. Y por supuesto, ya no medía las cuerdas a plomada. Mi abuela no consiguió que le arreglaran los huesos y el azúcar ya no es de este mundo porque como ella dice: “lo tengo por las nubes”.

“Mi espíritu libre no entiende por qué no reclaman su espacio a los ladrones de la historia”

Llego del trabajo y, sin que me vean, les observo un rato antes de darles un beso de nieto agradecido. Ella con los ojos y los oídos en el televisor. Él, todo oídos. Él le agarra la mano con un amor intenso. Ella deja la suya descuidada en su pierna. Él reclina el cuerpo sobre el de ella como una enorme rama de roble. Ella reposa el suyo sobré el de él pero como sin tocarle. A veces intercambian una mirada que él percibe y así se lo dicen todo. Despiden amor y serenidad en estado puro, sin contaminaciones.
A veces me asaltan imágenes que no sé desde dónde me alcanzan. Entonces los admiro como a las viejas tribus del continente americano, como esperando la muerte sin molestar. En esos instantes la rabia se apodera de mí. Mi espíritu libre no entiende por qué no reclaman su espacio a los ladrones de la historia, los que se adjudican los méritos de los demás con letras en negrita en sus registros oficiales de la Memoria. Mi espíritu libre no entiende la injusticia. Será cosa de mi otro abuelo… O de los tres.

https://libreteria.com/2017/11/29/microrrelatos-ahi-vienen-otra-vez/