El dragón y la rosa, la pandilla

Fidel Osadía Valiente, el protagonista de El Dragón y la Rosa, reparte gratuitamente las semillas de una rosa que cambia de color según la hora del día, y que misteriosamente aparece relacionada con una serie de crímenes. Fidel se mueve en un mundo en donde las ensoñaciones parecen más reales que la propia realidad. En este capítulo que os ofrecemos por entregas, el protagonista rememora parte de su infancia. Nada es fruto del azar.


EL DRAGÓN Y LA ROSA

Por Ignacio León Roldán


Capítulo 21. Primera entrega

LA PANDILLA

Rivaldo y Animosidad, sus abuelos maternos, en su día, trataron de llevárselo con ellos, a Madrid, pero ante su férrea negativa de abandonar la isla, decidieron que lo mejor para él –ya que su abuela Mercedes se encontraba inhabilitada por estar ingresada en un sanatorio mental–, era dejarlo interno en un colegio, a condición de llevárselo con ellos a la península, en los períodos vacacionales.

Era buen estudiante, y el primer año se adaptó a la perfección al nuevo medio en el que se tenía que desenvolver. Congeniaba perfectamente con los compañeros al revelársele una faceta humorística, escondida y desconocida incluso para él. Era solicitado en cualquier evento festivo para animar las reuniones. Pero el segundo curso fueron dos colegas a buscarlo por la noche, a hurtadillas, a la habitación. Cuando entreabrieron la puerta, los visitantes olisquearon un aroma espeso y dulzón, y atisbaron cómo la mesita de estudio, era iluminada con la suavidad bailarina de unas tímidas velas.

“Asustadizos, omitieron la intención que llevaban de quedarse con él, a estudiar, y  le  pidieron los resultados de los problemas”

Les chocó que las pequeñas llamas alumbraran un viejísimo libro a todas luces deteriorado por el uso. El nerviosismo de lo inesperado hizo que no llegaran a prestar la debida atención y haber comprobado que se trataba de una antigua Biblia. Así que, asustadizos, omitieron la intención que llevaban de quedarse con él, a estudiar, y  le  pidieron los resultados de los problemas que tenían que presentar al  día  siguiente  en  la  clase  de  matemáticas. Fidel, a regañadientes, se las proporcionó.

A partir de aquella noche se corrió el rumor de que Fidel silenciaba ser poseedor de una doble personalidad y de ser brujo.

Poco a poco, Fidel intuía que, detrás de la sutileza que los colegas empleaban para eludirle, se ocultaba el haber sido pillado leyendo las sagradas escrituras. No sin cierta razón, adivinaba que los compañeros habían pensado que estaba enfrascado en la lectura de un libro maldito. Que se jodan –se decía–, no merece la pena explicarles la confusión, porque, aunque tratara de hacerlo, no me iban a creer.

Pasó el último trimestre intentando ganárselos de nuevo para que las cosas siguieran siendo como siempre habían sido.

“No iba a permitir de ninguna manera ser manipulado, aunque ello le costase afrontar el camino en soledad”

A la vuelta de las vacaciones de fin de curso, para dar comienzo su tercer año en el internado, no trató de disimular el cambio sufrido. Había tenido suficiente tiempo para darle vueltas y más vueltas al asunto, y sucedió, que llegó a la conclusión, de que si su manera frívola y visible de relacionarse al principio era muy bien aceptada por el conjunto de escolares, y como desde aquella noche que fue sorprendido en su faceta más íntima y profunda, sus compañeros se habían confabulado para darle de lado, esto no le iba a hacer caer en la trampa de dirigir su vida al gusto de los que le rodeaban.

Al contrario, regresaba reforzado en su planteamiento interno. Por lo tanto no iba a permitir de ninguna manera ser manipulado, aunque ello le costase afrontar el camino en soledad. Como había tenido que hacer –recordó con nostalgia– siendo aun demasiado pequeño cuando la pandilla le dio de lado. Este fortuito pensamiento le despertó la memoria y evocó la vivencia del verano anterior a la pérdida de sus progenitores.

Fidel  de  forma  retrospectiva  se  metió  tanto  en la memoria que podía sentir el tremendo calor de aquel verano cuando aún era un chavalillo que se enorgullecía de ser uno de los integrantes de una pandilla cuyos componentes tenían su misma edad y era catalogada como la más traviesa de los alrededores.

El grupo tenía un secreto bien guardado. Este era que, poco o nada, les gustaba echarse la siesta. El horario del período de descanso obligado, lo transgredían para reunirse clandestinamente a la orilla de un puente cercano a sus respectivos domicilios…

 

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