Capitulo 21 de El dragón y la rosa. La siesta

Fidel  recuerda con tanta intensidad aquel verano que todavía puede sentir su tremendo calor. Aún era un chavalillo que se enorgullecía de ser uno de los integrantes de una pandilla cuyos componentes tenían su misma edad y era catalogada como la más traviesa de los alrededores.

El grupo tenía un secreto bien guardado. Este era que, poco o nada, les gustaba echarse la siesta. Y aprovechaban el momento en el que el pueblo dormía para realizar sus travesuras.


EL DRAGÓN Y LA ROSA

Por Ignacio León Roldán


Capítulo 21. Segunda entrega

LA SIESTA

“A esas horas, era casi imposible que nadie acertara a pasar por el puente romano, pero si por casualidad alguien lo hiciera, poco o más bien nada, les importaba”

El horario del período de descanso obligado, lo transgredían para reunirse clandestinamente a la orilla de un puente cercano a sus respectivos domicilios, para disfrutar del frescor, de las limpias y reconfortantes aguas del río. Allí, mientras el pueblo dormía, ellos gozaban lo inenarrable; jaleándose y salpicándose, unos a otros, a la par de darse las consabidas aguadillas, y las siempre estimulantes carrerillas desde la línea divisoria de los árboles, para comprobar quién era el más rápido en zambullirse en el agitado caudal. Pero sobre todo, de lo que más gustaban, era de bañarse en pelotas picadas.
A esas horas, era casi imposible que nadie acertara a pasar por el puente romano, pero si por casualidad alguien lo hiciera, poco o más bien nada, les importaba, ya que casi todo el tiempo los cuerpos estaban cubiertos por el agua.
Tenían calibrada la duración del periodo del despertar de intramuros por lo que, como a eso de quince minutos del comienzo del resurgir a la actividad, y dejar de lado, los habitantes, el beneficio del descanso, ellos ya estaban metidos en sus respectivos catres, haciendo ver, cuando las madres los llamaban para levantarse, que no querían terminar la siesta, y se hacían los remolones para no levantar sospechas sobre su furtiva escapada.

“Los pelos se le pusieron de punta cuando comprobó que, desde la pasadera, unos ojos inyectados en sangre, se clavaban en él”

Una tarde, Fidel, como de costumbre, nada más empezar la filarmónica de los primeros ronquidos, aguantó un poco más en la cama, hasta que comprobó que la casa entraba en la fase profunda del sueño.
Saltó del catre deseoso de alcanzar la calle lo antes posible y, como siempre, anduvo por la casa descalzo.
Para no hacer ningún tipo de ruido que alertase a los durmientes, una vez abierta la puerta principal, con sumo cuidado, la volvió a cerrar, con la llave a medio giro, para que el resbalón de la cerradura no hiciese el menor ruido.

Luego de conseguir su objetivo, echó a correr como alma que llevara el diablo, con la intención de llegar a la rivera el primero. El esfuerzo mereció la pena, porque, el empeño, al final dio su fruto.
Allí, solo, escondido al amparo de un viejo álamo, empezó el ritual de desnudarse y colgar las piezas en las ramas del árbol, a resguardo de la suciedad de la tierra.
Cuando iba a quitarse los calzoncillos, el sexto sentido, hizo que se girase a mirar hacía al viejísimo puente.
No daba crédito a lo que acertaba a ver. Los pelos se le pusieron de punta cuando comprobó que, desde la pasadera, unos ojos inyectados en sangre, se clavaban en él como cuchillos de filo muy aguzado, sin perderle de vista.

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El dragón y la rosa. La pandilla.

 

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