Tercera entrega de El dragón y la rosa, El forastero

A Fidel  se le ponen los pelos de punta cuando comprueba que desde el puente unos ojos inyectados en sangre, se clavan en él.  Duda en echar a correr, pero el miedo le paraliza. La sorpresa aumenta cuando el forastero arroja al agua un cuerpo inerte.

Cuando se lo cuenta a la pandilla, ninguno le cree y le tachan de loco, pero lo que no saben es que la pesadilla no ha hecho más que empezar.


EL DRAGÓN Y LA ROSA

Por Ignacio León Roldán


Capítulo 21. Tercera entrega

EL FORASTERO

Las piernas se le aflojaron y tuvo la necesidad de dejarse caer al suelo y apoyar la espalda al tronco del árbol. Las retinas del siniestro personaje parecían proyectar una maligna sonrisa cuando le recorría la anatomía.
El no saber qué hacer en ese momento, si echar a correr o quedarse donde estaba, sin mover un solo músculo, hacía mella sobre su estado anímico. No duró en demasía, porque, de manera imprevista, sucedió lo inaudito. El individuo que estaba situado en la pasarela, justo en el arco del puente donde la corriente era más brava, se apoyó en el pretil y lanzó al agua un cuerpo inerte que fue arrastrado en un batir de pestañas a considerable distancia, hasta que, irremediablemente, desapareció en la profundidad del vigoroso cauce.
El sujeto le dirigió una última y fulminante ojeada antes de retirarse. Fidel se incorporó de un salto y se agarró al tronco, para seguir, como hipnotizado, la retirada tranquila y parsimoniosa del asesino.

Joaquín les hacía señas girando el dedo índice sobre la sien, para que no le hicieran caso

No había terminado de desaparecer, cuando llegó acezando Joaquín. Fidel con un nerviosismo inhabitual en él, le urgió para que se diera prisa. El amigo aceleró el paso intrigado. Al llegar a su lado dijo:
–¿Qué te sucede, has visto algún extraterrestre?
–Mucho peor que eso, mira, mira allí, ¿ves aquella figura que se aleja y toma el recodo al final de la pasarela? Acaba de lanzar al río un cuerpo muerto.
Para cuando Joaquín acertó a mirar al sitio indicado, allí ya no había nadie.
–Estás para que te encierren –aseguró– Y, como quitando hierro al asunto, le invitó a meterse en el agua antes de que llegasen Antonio, Jacinto y Raimundo.
A regañadientes, a causa de la fortísima impresión que acababa de recibir, se zambulló con el amigo, pero eso sí, sin perder de vista, ni un momento, el puente, por si volvía por allí el criminal.
En el segundo remojón, Joaquín fue el primero en llegar a introducirse en el agua, con el consiguiente recochineo por su parte, por haber ganado la carrera desde la orilla.
No había acabado Fidel, de entrar en el cauce, cuando vio aparecer, por entre la arboleda, a Jacinto seguido de cerca, casi pisándole los talones, Antonio y por último hizo su aparición, Raimundo.
Visto y no visto, los recién llegados se deshicieron de sus ropas, y se precipitaron al agua junto a sus compinches.

Habían pasado tres días desde el macabro avistamiento cuando a la salida del colegio, se topa de frente con el protagonista de la tremenda escena del puente

Una vez dentro, y después de las primeras cabriolas, Fidel les relató la escena de la que había sido testigo, causando el asombro entre los colegas.
Detrás de él, Joaquín les hacía señas girando el dedo índice sobre la sien, para que no le hicieran caso.
Esa tarde, Fidel no disfrutó como de costumbre de las delicias del baño.
Habían pasado tres días desde el macabro avistamiento cuando, al caminar, a la salida del colegio, por una de las callejuelas ya muy cercana a su casa, Fidel quedó envarado por lo inesperado de la situación que se presentaba en la cercana esquina que partía la calle en dos. Por ella doblaba, en su dirección, el protagonista de la tremenda escena del puente.
El estado de nerviosismo hizo que, por la frente, aflorara una nutrida transpiración, cuando el forastero, como a eso de cinco escasos metros, se paró en seco y lo examinó minuciosamente.

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