Primera entrega de El coleccionista, Arde Bagdad

Arde Bagdad. La ciudad ha sido invadida por la locura mientras los marines americanos asisten impasibles al saqueo y destrucción de la que en otro momento fuera capital del mundo. Parece que sus tesoros sufren una maldición: los mongoles ya saquearon hace más de 700 años La Casa del Saber. Otra vez la Biblioteca corre peligro y al olor del humo de los incendios aparecen hombres sin escrúpulos, traficantes de arte al servicio de grandes fortunas. Mientras, un hombre se juega la vida para defender en solitario el patrimonio de la cultura de Occidente…

«A lo lejos, otra explosión sacudió la ciudad de Bagdad pero Ahmed no lo notó; solo pensaba en su tarea»

«Recordó lo que venía a buscar y embistió, en los escalones que lo separaban de la entrada, a un grupo de jóvenes que intentaba ingresar desesperadamente»

«Varias personas rociaban con combustible las paredes mientras gritaban como si estuvieran en un partido de fútbol»


EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale


 

PRIMERA ENTREGA.

“En muchas ocasiones la lectura de un libro ha hecho la fortuna de un hombre decidiendo el curso de su vida”.
— Ralph Waldo Emerson

“Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres”.
— Heinrich Heine

 

Capítulo 1. 
14 de Abril de 2003.
Ahmed se atragantó con el humo, ya no podía respirar. Tosió y siguió corriendo. Sintió que el piso se movía bajo sus pies. Trastabilló pero pudo mantener el equilibrio. Una mujer que corría a su lado lo empujó para hacerse paso. A lo lejos, otra explosión sacudió la ciudad de Bagdad pero Ahmed no lo notó; solo pensaba en su tarea. Siguió corriendo y empujó a varias personas que cayeron al suelo. Algunos lo insultaron, pero él siguió andando mientras respiraba bocanadas de aire caliente que parecían inyectarle fuerzas. De repente se detuvo.
Allí, frente a él, estaba el imponente edificio de la Biblioteca Nacional de Irak. Sus grandes puertas de madera estaban cerradas y a los costados varios marines de brazos cruzados contemplaban la horda que se acercaba. Los jóvenes no tenían más de 25 años y sus rasgos rubios y ojos claros desentonaban con todo lo que los rodeaba. Se miraron entre ellos y el que parecía mayor hizo una seña con la cabeza, a lo que el resto de ellos respondió replegándose. Las puertas del Museo estaban ahora a merced de la muchedumbre enfurecida.
La madera parecía hacerse más endeble a medida que la gente comenzaba a apoyar sus manos en ella, empujándola. Los marines se subieron a un humvee y contemplaron, desde allí, un drama al que sentían inaccesible.
Ahmed no supo cuánto tiempo había estado de pie observando la estatua de Saddam Hussein que coronaba la entrada al edificio. Cuando reaccionó, varias personas ya habían ingresado al lugar. No sintió lástima ni miedo ni dolor. Recordó lo que venía a buscar y embistió, en los escalones que lo separaban de la entrada, a un grupo de jóvenes que intentaba ingresar desesperadamente.
Entre los empleados, se había corrido el rumor de que una marabunta humana se acercaba a la Biblioteca Nacional de Irak. Sabían que nada podían hacer para evitar la destrucción. Desde el derrocamiento de Saddam Hussein, varios edificios históricos a lo largo y ancho de Irak habían sido saqueados y destruidos. Desde antiguas universidades hasta fábricas, ya nada parecía estar exento de la furia de los saqueadores que sabían dónde y cuándo ejecutar sus certeros golpes. Los ladrones, Ali babas, como los llamaban los ciudadanos de Irak, parecían buitres chupando los huesos de su presa. Solo se detendrían cuando quedase el esqueleto de la ciudad.
Apenas los empleados escucharon los ruidos provenientes de la calle, supieron que era el final. La calma que había precedido al ataque había sido reemplazada por un ensordecedor griterío. Los trabajadores comenzaron a correr, intentado salvar todo lo que pudieran cargar en sus temblorosas manos.
Ibrahim corrió a su oficina en el segundo piso. Transpiraba frío a pesar de sentir su rostro en llamas. Los gritos ya podían oírse a sus espaldas. Escuchaba gritos, insultos y más gritos. Se sentó por un segundo en un antiguo sillón y miró hacia arriba. Tomó aire y se puso de pie. Sabía que debía salvar lo más importante. No habría forma de salvar todo, eso era imposible. Sabía que era inútil pedirle ayuda al ejército ocupante pues hasta ese momento ninguno de sus anteriores pedidos había sido escuchado. Tomó un papel y escribió una nota con rapidez. La dobló y la colocó dentro de un libro que había sobre su viejo escritorio. Luego abrió un cajón y tomó una pequeña llave color cobre. Sacó un sobre papel madera, observó los papeles que había dentro, lo enrolló y se lo colocó dentro de su pantalón. Fue hasta una caja fuerte amurada detrás de su escritorio e intentó introducir la pequeña llave en la cerradura. Sus dedos trémulos le impidieron realizar el movimiento. En ese momento sintió un fuerte golpe. Están cerca, pensó. El director de la Biblioteca cerró los ojos con fuerza y respiró hondo mientras un sudor frío le recorría el cuerpo. Apretó los dientes y estiró las manos… ya no había tiempo para nada, miró hacia arriba nuevamente y salió corriendo.
Su gran biblioteca estaba siendo invadida como meses atrás lo había sido su país. En el pasillo se encontró con varios empleados que estaban buscándolo. Todos estaban cargando la mayor cantidad de libros que podían sostener. Nadie dijo nada. Se miraron; sus ojos estaban nublados de dolor.
De repente, alguien tomó a Ibrahim del cuello y lo tiró al suelo. El hombre gritó y con la cabeza les indicó a los empleados que corrieran, que lo dejaran allí. Sus ojos estaban desorbitados. Comenzó a toser y la vista se le empañó. Se sentía débil y creyó que estaba a punto de desvanecerse.
El hombre que lo sostenía del cuello le extendió un trozo de papel.
—¿Dónde están? —preguntó.
—No lo sé —respondió Ibrahim tratando de tomar aire para seguir arañando vida entre cada palabra.
—Es mejor que me lo digas —la voz del hombre no sonó amenazante.
—Se los llevaron.
—No te creo. Si me dices dónde están se van a salvar, si no los quemarán junto con todo lo que encuentren a su paso.
Ibrahim tenía los ojos rojos de la presión que su enemigo aplicaba en su cuello. Trató de hablar pero su voz fue tan débil como las puertas de la Biblioteca. El hombre lo soltó. A su lado pasaron varios jóvenes corriendo, furibundos, que cargaban varios libros y estatuillas. El director señaló la puerta de su oficina.
—Gracias, es lo más sabio que pudiste hacer. —El hombre sacó una pistola de su pantalón y, sin mirarlo, le disparó a la cabeza. El disparo fue tan certero que parecía ensayado. Presintiendo su muerte, Ibrahim levantó la vista para atrapar la mirada esquiva de su asesino. Sabía que tarde o temprano su hijo Ahmed se dejaría tentar por los ocupantes. Sabía que el dinero era algo que le había atraído siempre. También sabía que era capaz de matar a su propio padre de ser necesario, lo que nunca creyó era que podría vender la mismísima historia de Irak, su esencia, su alma, su pasado, al mejor postor. El director cerró los ojos renegridos antes de que el proyectil tocara su frente y se encomendó a Alá. La bala le golpeó la frente y sus anteojos cayeron, intactos, al piso. Ahmed posó su mirada oscura sobre Ibrahim, que aún tenía el cuerpo caliente, y otra vez no sintió nada.
Se dirigió a la oficina mientras el caos a su alrededor seguía creciendo. La gente corría, gritaba y se empujaba. Cada uno cargaba varios libros. Varios jóvenes comenzaron a romper todo lo que encontraban a su paso. El saqueo era monumental y el descontrol reinaba en cada centímetro de los antiguos anaqueles. Varias personas rociaban con combustible las paredes mientras gritaban como si estuvieran en un partido de fútbol. Otros pintaban leyendas contra Saddam en las paredes.
El joven se acercó al escritorio de su padre y comenzó a revolver los papeles que había allí. Abrió los cajones pero no encontró lo que buscaba. Se acercó al pequeño mueble que adornaba la pared debajo de una ventana y de una patada volteó todos los libros de los estantes. Se agachó y comenzó a leer sus lomos. Ninguno era el que necesitaba.
El humo se colaba por la puerta y le provocaba dificultad para respirar. Por los pasillos la gente seguía corriendo, gritando y robándolo todo. Ahmed comenzó a desesperarse. Se tomó la cabeza e hincó sus ojos nuevamente en el escritorio. Miró hacia fuera del despacho y vio la mano de su padre tendida en el piso sobre un charco de sangre.
Las llamas estaban tomando el segundo piso del edificio. Ahmed decidió que no podía permanecer allí. Antes de irse volvió a mirar a su alrededor, observó la lista que le había enseñado a su padre, tomó varios libros que estaban en el suelo, algunos mapas y se alejó corriendo. No había nada más que pudiera hacer.
Al pasar por al lado del cadáver, percibió un pequeño objeto que brillaba en el suelo. Frenó de golpe y lo tomó antes de mirar hacia las escaleras. El calor de las llamas ya se sentía pero aún no eran visibles en ese sector. Giró sobre sí mismo y entró nuevamente al despacho; se dirigió a la caja fuerte. Apenas la abrió pudo distinguir, dentro de ese oscuro cubículo, un objeto cubierto con una manta. Sin mirarlo, lo tomó y volvió a salir corriendo. En su huida, pisó los anteojos de su padre que yacían a su lado. No sintió el sonido del vidrio quebrándose; el ruido de la gente huyendo era ensordecedor. Giró la cabeza para cerciorarse de que Ibrahim estuviera muerto. Segundos después, Ahmed se camuflaba entre el resto de los atacantes, maldiciendo por no haber podido concretar su misión con total éxito.

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El coleccionista, de Cecilia Barale

El coleccionista

Tras la tumba de Alejandro Magno, traficantes de arte


Un coleccionista, una periodista y un restaurador persiguen el mismo tesoro, aunque por motivos diferentes: el mapa que lleva a la tumba de Alejandro Magno. Nadie confía en nadie. Todos son sospechosos. Pero, ¿quién mueve realmente los hilos?

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