La derrota del matón, de la novela El dragón y la rosa

Las piezas empiezan a encajar. Una pandilla rival ha revelado a los amigos de Fidel algunas de las claves de lo que está pasando. Pronto descubrirán todo el pastel y un aliado inesperado pondrá fin a las correrías del forastero criminal. La derrota del matón está próxima.

Así concluía la semana pasada “El huerto del Tío Chico”, quinta entrega de este capítulo de El dragón y la rosa: «les contestaban arreciando en las burlas, que a ver si a partir de ahora tenían los suficientes cojones de enfrentarse con el guardián que, hacía unos días, se había hecho traer de lejos, el dueño de las haciendas.»

«A un promedio de tres muertes por semana, el fondo del río albergaba en su seno treinta y seis cadáveres, capturados en las distintas callejas del poblado.»

«La pandilla, que en cada uno de los crímenes, había sido avisada por el homicida para que fueran testigos de excepción de su prodigiosa habilidad en las ejecuciones, esperaba con el alma en vilo el desenlace.»


EL DRAGÓN Y LA ROSA

Por Ignacio León Roldán


Capítulo 21. Sexta entrega

LA DERROTA DEL MATÓN

De los tres meses del periodo estival, a un promedio de tres muertes por semana, el fondo del río albergaba en su seno treinta y seis cadáveres, capturados en las distintas callejas del poblado. Eso sin contar –por no tener constancia–, la cantidad de muertos que, el matón, hubiese dejado a su paso, allá por donde quiera que hubiera andado.
Un día de la última semana, a eso de media tarde, en el mismo lugar del segundo asesinato, se produjo un desenlace inesperado.
Fidel, junto a sus amigos, llevaban observando, unos tres cuartos de hora, las espaciadas rondas del matón, alrededor de la base de un árbol, a la misma vez que estudiaban el centelleo de las retinas, (verdes con puntos amarillentos en el centro de las pupilas), de unos ojos almendrados que no perdían el más mínimo detalle, de los más insignificantes gestos del asediante, desde lo más alto de la copa del árbol.
La pandilla, que en cada uno de los crímenes, había sido avisada por el homicida, de una u otra forma, para que fueran testigos de excepción de su prodigiosa habilidad en las ejecuciones, esperaba con el alma en vilo el desenlace.
Pero su mente no estaba preparada para lo que esa tarde iba a ocurrir.
Los cuarenta y cinco minutos que el matachín llevaba merodeando alrededor de la base del árbol, sobrepasaban con mucho la resistencia de las víctimas anteriores. Todas sin exclusión con su sola presencia, la aviesa mirada, y la presión a la que eran sometidos que los hacía estremecer, no habían aguantado la tensión a la que eran forzados, ni la mitad del tiempo para acabar dándose a la fuga en una huida precipitada.
El criminal era consciente del efecto psicológico que provocaba, por eso la entereza de quien había sido elegido para el sacrificio le hacía crecer, en su vapuleado ánimo, un furor incontenible.
La cólera fue adueñándose del verdugo que, impaciente, se abalanzó sobre el tronco como tratando de subirse por él. Al no conseguir el objetivo, se irguió y de forma espasmódica arañaba la corteza y gruñía amenazador.
El acorralado, al darse cuenta de la desesperación del agresor, como para incitarlo a cometer un error, bajó raudo a la primera rama, después de haber estudiado el salto y la distancia que le faltaba al enemigo para alcanzarla.
Al agresor, ante la nueva e insólita situación, se le incendiaron los ojos presa de una rabia irrefrenable y volvió a intentar la escalada.
Era justo lo que pretendía el atacado. Con una sangre fría que helaba la sangre le enseñó los colmillos, aguzados como alfileres y acompañó el gesto con un tremendo maullido a la vez de lanzarle un zarpazo que le alcanzó la oreja derecha.
El perro, más que ladrar, aullaba, no por el dolor del desgarro, más bien era por la resistencia que el trofeo le ofrecía.
El gato, satisfecho con el resultado de la hazaña, regresó a la copa y desde allí pareció como si sonriera al dirigirles una ligera mirada a los chavales que no salían de su asombro.
Así, de esta manera, pasaron un buen rato repitiendo la misma escena con la única variante de que el gato no consiguió volver a acertar en los zarpazos.
El acoso y la refriega parecía no terminar nunca cuando, atónitos, vieron cómo, la presunta víctima, se lanzaba en un espléndido salto acrobático, de la copa al vacío.
El asesino gruñó quedamente. La cara se le transformó y adquirió un rictus maléfico que ponía la carne de gallina al más osado, y se preparaba para dar el golpe final.
Las almohadillas de las patas de la presunta víctima, amortiguaron el tremendísimo impacto, sobre el firme del suelo.
El asaltante esperaba que la presa saliera corriendo por el único punto posible para la fuga, así que cubrió, con un majestuoso semicírculo, la retirada, pero tuvo que refrenar la acometida de golpe, porque el astuto y pícaro felino, no se movió ni un solo milímetro del lugar donde había aterrizado.
La indecisión del sabueso le iba a costar demasiado cara, porque la víctima se le enfrentó cara a cara.
Fue un reducido segundo, pero lo suficiente para que el minino diera un brinco fenomenal, en el aire, y cosa antes nunca vista, se girara en redondo para caer sobre el cuello de su ancestral enemigo, para que la cabeza de ambos,
quedara en la misma orientación.
Si rápida había sido la ejecución de la espectacular acrobacia aérea, más aún fue la salida de las uñas, afiladas como garfios, del interior de las almohadillas, para, sin misericordia, hundir las zarpas traseras en las paletillas del animal, las de la mano delantera izquierda, se clavara con precisión de cirujano, justo por detrás de la oreja del mismo lado y con la derecha, de dos certeros zarpazos vaciarle los ojos, al engreído saco de pulgas.
El gato, desde la distancia los miró un instante a los cinco, y les guiñó pícaramente, como si quisiera decirles que, a cada desalmado le llega la hora de rendir cuentas.
Ellos lo aplaudieron mientras se perdía de vista.
Los lastimeros aullidos alertaron a la vecindad que, curiosa, se concentró en el lugar de donde provenía el escándalo.
El espectáculo que presenciaron fue dantesco, al ver como al animal, las convulsiones de dolor le hacían arrastrarse frenéticamente por el suelo, dejando a su paso un rastro de sangre. Pero lo peor era verle las cuencas de los ojos vacías sangrando en abundancia.

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