Segunda entrega de El coleccionista: una impagable colección de libros

La Biblioteca de Bagdad ha quedado totalmente destruida. Ibrahim yace muerto en el suelo. Ha sido asesinado de un disparo en la cabeza por su propio hijo mientras intentaba salvar del incendio sus tesoros más valiosos. Cecilia Barale concluye el tremendo primer capítulo donde describe la ambición humana sin límites y el incendio de La Casa del Saber. En esta entrega titulada Una impagable colección de libros, nos presenta a el coleccionista…

«Afuera se escuchó el débil ladrido de un perro y el coleccionista abrió los ojos con lentitud. Miró hacia la enorme ventana y bostezó mientras descruzaba las piernas que aún estaban apoyadas sobre el banco de madera.»

«Los hermanos Mosconi Arias habían sido criados en un ámbito donde el amor por la lectura constituía el pilar fundamental de su educación. Sus padres les habían dejado una importante fortuna, varias propiedades y muchísimas obras de arte.»


EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale


SEGUNDA ENTREGA. UNA IMPAGABLE COLECCIÓN DE LIBROS.

Capítulo 1. (final).
Una hora más tarde, la Biblioteca Nacional de Irak había quedado en ruinas. Las llamas, que habían comenzado en el piso inferior, se habían extendido consumiéndolo todo a su paso. Los libros que habían permanecido en su lugar estaban convertidos en cenizas. Lo poco del edificio que se mantenía en pie estaba destrozado. El cuerpo de Ibrahim permanecía inerte, custodiando la puerta del despacho tal como lo había hecho tantos años de su vida.
Cuando terminaron los disturbios, uno de los marines que estaban escoltando la Biblioteca ingresó al edificio. Caminó entre las ruinas pisoteando los inanimados libros chamuscados que alfombraban el suelo del lugar y subió las escaleras. El cuerpo de Ibrahim fue lo primero que vio. Se acercó a él, se agachó y lo palpó. Le levantó la camisa y tomó el sobre papel madera que tenía guardado. Le revisó los bolsillos, zarandeó unos documentos sin importancia y guardó el sobre que Ibrahim tenía apoyado contra su estómago. El marine, mascando un chicle, se fue tan rápidamente como había llegado.
El lugar quedó desierto, salvo por su cancerbero, que ahora estaba muerto. Los libros, las vasijas y los mapas que habían sobrevivido a la furia enceguecida de los saqueadores quedaron desparramados entre los escombros del lugar. En dos horas, cinco mil años de historia volvieron a ser enterrados y una biblioteca volvió a ser quemada. Y el secreto que protegía Ibrahim ahora estaba en manos de un joven americano que no tenía forma de saber lo que estaba provocando.

Capítulo 2
Raúl Mosconi Arias estaba sentado en un amplio sillón de terciopelo color oro. A su lado, una inmensa biblioteca de roble, especialmente diseñada para su estudio, coronaba el lugar ocupando por completo las paredes. El estudio del coleccionista había sido diseñado con mucho esmero por su hermano Ernesto casi treinta años atrás.
Tenía ambos brazos apoyados sobre el sillón y la cabeza casi colgando hacia un costado. Los pies, sobre una pequeña banqueta, estaban completamente tiesos. De vez en cuando, abría los ojos y observaba el teléfono. La soledad del lugar volvía a llevarlo a descansar la vista en la biblioteca.
Afuera se escuchó el débil ladrido de un perro y el coleccionista abrió los ojos con lentitud. Miró hacia la enorme ventana y bostezó mientras descruzaba las piernas que aún estaban apoyadas sobre el banco de madera. Luego se acarició el mentón y, con parsimonia, apoyó los pies sobre el piso para incorporarse. Dio varias vueltas alrededor de su estudio y se detuvo frente a su escritorio. Allí, una foto dominaba la escena repleta de libros abiertos y papeles escritos a mano. Raúl y dos personas más reían con entusiasmo. El del medio sostenía un enorme libro. Raúl, en la derecha, parecía estar tan feliz como un niño en navidad. Tomó la foto en sus manos y luego la volvió a dejar en el mismo lugar.
Caminó en círculos por un rato. La luz tenue del estudio iluminaba su oscuro cabello. Tenía la boca ajada por los años y una nariz algo ganchuda. Estaba vestido con un salto de cama bordó que hacía juego con los tonos oscuros de la decoración del lugar. Se acercó a la biblioteca y tomó un libro. Sin mirarlo volvió a colocarlo donde estaba, luego se acercó al sillón y se dejó caer, no sin antes observar el teléfono.
Su mente divagó hacia su hermano Ernesto. Comenzó a mover los pies siguiendo un extraño movimiento rítmico. Abrió y cerró las manos varias veces. Carraspeó mientras la imagen de su hermano se hacía presente en su pensamiento. Idiota, pensó.
Ernesto había estudiado arquitectura antes de ingresar al seminario. Habían sido grandes confidentes, pero desde que el menor había decidido que la religión era su camino, la relación con su hermano estaba truncada. Veinticinco años atrás no había fin de semana que no se reuniesen a debatir sobre historia, filosofía y literatura.
Los hermanos Mosconi Arias habían sido criados en un ámbito donde el amor por la lectura constituía el pilar fundamental de su educación. Sus padres les habían dejado una importante fortuna, varias propiedades y muchísimas obras de arte. Una de las cosas que más valoraban ambos era su impagable colección de libros.
Raúl y Ernesto habían tenido las discusiones más extraordinarias en aquel estudio. Ambos hermanos eran inmensamente cultos y muchas veces se enroscaban en arduos debates ya que Raúl era un ferviente admirador de los autores empiristas mientras que Ernesto seguía la corriente racionalista.

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