Un llaverín de mujer, otro relato dormido de La Escribidora

«Ella bebía los vientos por esas gafas de espejo, por esa colonia de yerbas, por ese uniforme que cambiaría su vida; esa que ahora llevaba de fregadero y bandeja que tanto odiaba. Era la pura ensoñación»

«Su corazón, chiquito como ella, borboteó como una olla de lentejas. Y en su alma la desilusión y la resignación se dieron la mano»

 


LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash


TERCERA ENTREGA. UN LLAVERÍN DE MUJER.

Ilustración del relato de la escribidora Un llaverín de mujer
Era de corta estatura, delgada y con cara de niña. Vamos… lo que se dice un llaverín de mujer. Sus grandes ojos oscuros guardaban el misterio de las mil y una noches que corría por sus venas traslúcidas, bajo la piel de porcelana con la que Allah quiso forjarla. Trabajaba en una cafetería a jornada partida y entre taza y taza de café y vaso de té con pastas, las horas y los sueños se daban la mano para escapar de ese mundo, en el que todos los días parecían iguales y en el que el tiempo había dejado de pasar, por quedarse dormido en la cuerda de un viejo reloj de pared cagado de moscas. Era un llaverín de mujer, que bebía los vientos por un joven gauri de la ley y el orden, que no perdonaba un solo día de gimnasio y le sentaba el uniforme que ni los hombres de Harrelson.
Y ella bebía los vientos por esas gafas de espejo, por esa colonia de yerbas, por ese uniforme que cambiaría su vida; esa que ahora llevaba de fregadero y bandeja que tanto odiaba. Era la pura ensoñación, ese llaverín de mujer con todas esas ilusiones de coger pinceles y lienzos, de marcar estilo en el interiorismo… De hacer, de hacer, de hacer, esto y lo otro y lo de más allá. Sus manos se rozaron al darle el cambio y ella creyó morir. Él ni se enteró. Tan solo una sonrisa de cortesía y la colonia de yerbas flotando en el aire de la tetería. Sus manos dejaron lo que estaba haciendo al percibir su aroma. Sus ojos se clavaron en las gafas de espejo y en la rubia que llevaba del brazo. Su corazón, chiquito como ella, borboteó como una olla de lentejas. Y en su alma la desilusión y la resignación se dieron la mano.
Tenía uniforme, eso sí, rozando el de la ley y el orden; eso también. No tenía porte, ni estilo, ni colonia de yerbas y menos aún gafas de espejo. Su cara llevaba la firma de una viruela, recuerdo de la infancia y una nariz que habría sido musa de inspiración, si el señor Quevedo hubiera tropezado con ella. Una nariz soberbia, espléndida, grandiosa; la reina de las narices, que campaba a sus anchas entre dos puñalás de ojos negros. La piel oscura con la que Allah lo había forjado, contrastaba con la del llaverín de mujer que había pasado a sus manos por acuerdos y convenios familiares.
—Es un buen hombre— se dijo sin mucho afán, quitándose los vaqueros agujereados a la altura de los muslos y vistiéndose la chilaba.— Es un buen hombre— se dijo cubriendo la abundante melena con un pañuelo de flores.
El gauri servidor de la ley y el orden, pasó por su lado al cruzar el paso cebra que lleva al mercado. Su colonia de yerbas, sus gafas de espejo, su sonrisa y todos los sueños soñados en aquel tiempo de tetería, los dejó olvidados junto a los vaqueros, aquel día de compromiso. El gauri arrancó la moto y con él se llevó las ganas de hacer, de ser, de pinceles y lienzos. Las ganas de todo.
Y era un llaverín de mujer preñada de hijos.

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