El triste final del matarife

La aventura de la pandilla llega al final. Han sido testigos de cómo el matarife del perro que les tenía atemorizados, ha sido derrotado sin piedad por un gato rival. La historia no ha terminado. Aún les queda presenciar el triste final del matarife  y la lección que Fidel saca de todo esto.

Así concluía la semana pasada “La derrota del matón”, sexta entrega de este capítulo de El dragón y la rosa: «El espectáculo que presenciaron fue dantesco, al ver como al animal, las convulsiones de dolor le hacían arrastrarse frenéticamente por el suelo, dejando a su paso un rastro de sangre. Pero lo peor era verle las cuencas de los ojos vacías sangrando en abundancia.»

«–Si el amo del perro lo ha matado por serle ya inútil, no creo que se vaya a tomar la molestia de enterrarlo. Hará lo mismo que el asqueroso chucho hacía con los gatos»

«En ese mismo instante comprendí que quienes tienen asumido el papel de huir desesperadamente para salvaguardar la vida, pueden, si lo desean, dar un giro completo y pasar, de ser presas, a ser cazadores.»


EL DRAGÓN Y LA ROSA

Por Ignacio León Roldán


Capítulo 21. Séptima y última entrega

EL TRISTE FINAL DEL MATARIFE
Avisado por alguno de los vecinos, apareció por la calle el “Tío Chico” que, al observar el lamentable estado de su perro guardián, lo trató de calmar con un tono suave de voz, al que acompañaba con leves y suaves caricias.
El sabueso no cedía en los lastimeros gruñidos e incluso parecían acrecentarse. Así que el dueño sin más miramientos lo alzó sobre su pecho, para llevárselo a la hacienda.
Al poco, la calle se despejó. Sólo quedaron en ella los cinco colegas que, entre risas, comentaban la fantástica venganza, así como la increíble pirueta aérea gatuna.
Cada uno, a pesar de haber visto lo mismo, daba su propia versión sobre el hecho, pero en lo único que se ponían de acuerdo era que el curso de la delirante pelea había sido apoteósico.
Jacinto, de repente, lanzó una pregunta al vuelo:
–¿Qué creéis vosotros que pensaría el gato mientras le sacaba los ojos?
Cogidos de sorpresa, no sabían qué decir. Luego de estar mucho rato callados y reflexionando sobre la pregunta, Fidel sentenció:
–Nada.
–¿Cómo que nada? Algo tendría que pensar –dijo Joaquín.
–Creo que en esos momentos sólo intentaba sobrevivir –Rebatió Fidel de modo trascendental.

La atardecida ya se confundía con la noche cuando se escucharon, nítidamente, en la lejanía, dos descargas de la escopeta de cartuchos del “Tío Chico”…

A los cinco la sorpresa les hizo mirarse, interrogantes, unos a otros.
Jacinto fue quien primero habló:
–Creo que el “Tío Chico” acaba de sacrificar al perro.
Los demás asintieron con un movimiento de cabeza. Luego de pasado un minuto, a Fidel se le ocurrió una idea que iba tomando forma en su cabeza y la expuso mientras la maduraba:
–Si el amo del perro lo ha matado por serle ya inútil, no creo que se vaya a tomar la molestia de enterrarlo…
–¿Y qué va a hacer si no? –Le cortó Joaquín.
–Pienso que hará lo mismo que el asqueroso chucho hacía con los gatos que se le cruzaban en el camino.
Antonio dijo:
–Vámonos corriendo a escondernos entre los árboles de la ribera y así lo comprobamos.
Raimundo, que no las tenía todas consigo entonces, puso como pretexto que ya era la hora de cenar, y que si se retrasaban, los palos en casa iban a ser memorables.
–¿Qué pasa, es que ahora nos vamos a volver gallinas? Que nos den los que quieran, pero si estoy en lo cierto, no nos vamos a perder un espectáculo nunca antes visto.
A los amigos se les esfumaron las dudas sólo con imaginarlo. El primero en salir corriendo fue Antonio seguido de cerca por el resto.
Cuando arribaron a la cercanía del puente tomaron posiciones entre la arboleda. Pasaba el tiempo y sólo de vez en cuando acertaban a pasar por la pasadera alguna que otra persona.
Desesperaban y recriminaban a Fidel su excesiva imaginación, pero éste, obstinado, se defendía con un “todavía no es tarde”.
Pasó otro largo rato y Antonio, harto de esperar, iniciaba la retirada el primero, lo mismo que había hecho para llegar hasta allí, cuando de improviso lo paró en seco la voz de aviso de Raimundo que anunciaba la entrada, en la pasarela, del “Tío Chico” con el cuerpo inerte del matachín, en los brazos.
El silencio del grupo se hizo, por momentos, cortante, al divisar el paso cadencioso y solemne del personaje. Todos a una clavaron los ojos en la figura, como una junta nocturna de búhos, hasta que ésta se detuvo justo en el mismo sitio elegido por el perro matarife para deshacerse de sus víctimas.
La expectación fue en aumento al observar cómo, sin contemplaciones, el cuerpo muerto era depositado en el pretil del puente para, acto seguido, de un certero empujón, ser lanzado al vacío.
El denso silencio de la noche fue interrumpido por un ligero “choppp” de una rapidísima inmersión…

Allí aprendí mi primera lección –se dijo Fidel–. En ese mismo instante comprendí que nada es lo que parece, porque a nadie se le puede ocurrir, por estar mediatizado, que se podían cambiar las tornas y, quienes tienen asumido el papel de huir desesperadamente para salvaguardar la vida, pueden, si lo desean, dar un giro completo y pasar, de ser presas, a ser cazadores.
Así se lo hizo saber a sus amigos, y fue a partir de ahí, que poco a poco, se fueran distanciando, hasta prácticamente no volver a juntarse con él, por considerarle loco de atar.

—FIN DEL CAPÍTULO 21—

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COMENTARIO LITERARIO DE EL DRAGÓN Y LA ROSA

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