El abismo de Camille, de Enrique Laso, es una novela exquisita, maravillosamente escrita e injustamente tratada por el mercado literario. Cayó en mis manos con delicadeza y cariño, como un regalo frágil y a la vez divino.


Enrique Laso: ‘El abismo de Camille’


«He caído en un abismo. Vivo en un mundo tan curioso, tan extraño. Del sueño que ha sido mi vida, esta es la pesadilla…».
Camille Claudel

Me niego a utilizar las aes y las oes de una manera políticamente correcta, pero académicamente… ¿fraudulenta? Así el término genio se lo puedo aplicar a ella, a Camille, la protagonista de esta novela, ensombrecida por la figura de Rodin y de la poderosa familia Claudel. Y se le puedo asignar a Enrique Laso, el autor, ese niño prodigio y generoso que podía entender sin dificultades una mente atormentada como la de la soberbia escultora.
El abismo de Camille es una novela exquisita, maravillosamente escrita e injustamente tratada por el mercado literario. Cayó en mis manos con delicadeza y cariño, como un regalo frágil y a la vez divino. Mi torpeza y mi inexcusable pereza escondida detrás del “no tengo tiempo”, la castigó al olvido mes a mes. Hasta que para él fue demasiado tarde. Me hubiera gustado confesar a su autor, a mi querido Enrique, lo que voy a contaros a vosotros.
Laso podría haber cargado las tintas: desdibujar a Rodin y ensalzar al auténtico genio, a Camille. De esa manera hubiera seguido esas tendencias tan de moda que cosechan hoy en día tan buenos resultados. Sabía hacerlo. Pero no…
Con El abismo de Camille fue cuidadosamente exquisito. En un trabajo complejo de buena documentación y mejor literatura, reivindica una figura fundamental y emblemática, la de una mujer brillante fuera de su tiempo y sin ninguna posibilidad de triunfar. Se moja, sin desprestigiar a nadie. Pero sobre todo profundiza en el alma del ser humano distinto y diferente por su genialidad, en la tortura interna que le supone sentirse rechazada y humillada, perseguida y acosada por los suyos, plagiada por los extraños, pero siempre relegada. Toda su vitalidad y genialidad infantil sucumben tras la muerte de su padre, su protector. A partir de ese momento, solo existe un refugio de supervivencia: el arte, la escultura y… la soledad.
En un cargado ambiente nihilista de entreguerras –aunque la trama principal se desarrolla en un psiquiátrico durante la II Guerra Mundial–, de repente, el sol renace por el horizonte y la esperanza brilla en la oscuridad. Pero no, es un espejismo, la realidad se impone y todo termina de la única manera que podía concluir.

Como siempre os dejo un fragmento textual de la novela y una recomendación: no esperéis tanto como yo para leerla:

El abismo de un ingenio incomprendido

“En apenas un par de horas había leído con fruición el verdadero historial de Camille. Quedé exhausto, recostado sobre el sillón de mi despacho, sintiendo en la nuca la suave brisa helada que se colaba por las ventanas entreabiertas. Estaba agotado, pero también me sentía enfurecido, enrabietado, colérico, aunque no tenía fuerzas para iniciar la descomunal venganza que requerían las muchas afrentas de las que había sido víctima Camille. Nunca había estado loca, en el sentido estricto del término; como mucho había sufrido una crisis nerviosa que la había llevado a encerrarse en sí misma y a alejarse del todo el mundo por temor a que la hirieran. Si bien era cierto que sufría de manía hubieran provocado, como mínimo, graves alteraciones en el comportamiento y en el carácter, cuando no algo mucho peor. Su problema se llamaba Auguste Rodin, pues seguramente de forma equivocada lo hacía culpable de todas las desdichas que le habían acaecido. Y lo hacía obstinadamente, de una manera enfermiza. Ya en Montdevergues, a los pocos meses de su internamiento en el asilo, comenzó a mostrar claramente que se había recuperado completamente de su neurosis depresiva, y que era una persona completamente locuaz y preparada para llevar una vida ordinaria. Desde ese momento Cyril Mathieu comenzó a recibir presiones, primero de la familia de Camille y después de sus superiores, para que modificase aquellos informes «erróneos», puesto que estaba claro que la señorita Claudel había perdido el juicio y además suponía un grave peligro para la sociedad.
El historial verdadero de Camille iba espaciando sus apuntes en las últimas páginas. Primero cada tres meses, luego cada seis y finalmente un solo comentario al año, que en los últimos tres había sido siempre el mismo, como una implacable letanía, escrito con el puño y letra de Cyril Mathieu: «La paciente sigue completamente cuerda y sana, aunque corre el serio riesgo de caer en una insalvable demencia causada por el cruel encierro al que la tenemos sometida»”.

 


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