Viejas rencillas en el coleccionista

En la entrega anterior, Una impagable colección de libros, Cecilia Barale nos ha presentado al coleccionista. Tras el saqueo de la Biblioteca de Bagdad, Raúl Mosconi espera impaciente, rodeado de sus joyas más preciadas, una misteriosa llamada…

Pero quien se presenta inesperadamente en su casa es su hermano Ernesto, a quien hace 25 años que no ve. Viejas rencillas familiares salen a la luz. 

«—Ya habrás visto lo que ha ocurrido en Irak…Quiero saber si tú tienes algo que ver. No debes aprovecharte del caos para terminar una venganza personal.»

«Su hermano había notado que estaba más meditabundo y ya no esperaba ansioso las charlas con él. Con veintitrés años, Ernesto había logrado algo que los médicos consideraban casi imposible, vencer una pancreatitis aguda. »


EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale


TERCERA ENTREGA. VIEJAS RENCILLAS FAMILIARES.

Capítulo 2. (continuación).
Raúl aún permanecía inmóvil en su sillón. El teléfono seguía en silencio y él pensaba que era evidente que había malas noticias. Abel, el mayordomo, interrumpió su reposo. Tenía una copa de vino en la mano. Se la acercó y Raúl bebió un sorbo antes de dejarla en el suelo a su lado.
—Su hermano Ernesto desea verlo —dijo.
Raúl levantó la cabeza rápidamente, sus ojos se entrecerraron. Un escalofrío le recorrió la espalda y le hizo mover el cuerpo como si quisiese deshacerse de una araña subiendo por su pecho.
—¿Y tú cómo sabes eso? —la voz del patrón era tensa.
—Pues es evidente, ya que estoy aquí —repuso una voz temblorosa desde la imponente puerta del lugar. Ernesto estaba allí mismo, con la mano apoyada sobre el marco de la puerta y vestido con su hábito.
A Raúl le costó reconocerlo. Hacía veinticinco años que no lo veía y asumió su propia vejez al ver las canas en la cabeza de su hermano. Observó el cuerpo de Ernesto como si intentara sacarle una radiografía. Su voz fue lo que más rechazo le produjo. Si bien habían tenido una breve conversación más de un año atrás, ahora parecía más gastada y débil. No quedaba ningún rasgo en común con aquel joven que Raúl recordaba. Absolutamente ninguno. Ernesto le sostuvo la vista como si tuviese frente a él un contrincante en un duelo. El sacerdote estaba avejentado, parecía diez años más viejo que Raúl. Ninguno parecía estar dispuesto a ser el primero en mirar hacia otro lado. Abel, inmóvil a pocos metros de ambos, cerró los ojos por un segundo y lamentó que ninguno de los dos fuese capaz de sentir piedad.
El dueño de casa le hizo un gesto al mayordomo y la sala quedó con los dos hermanos frente a frente y en silencio.
—No puedo creer que tengas el descaro de presentarte aquí —disparó Raúl.
—Sabes a qué he venido —respondió Ernesto sin moverse.
—No tengo idea y no sé si me interesa saberlo.
—Ya habrás visto lo que ha ocurrido en Irak… —El hombre intentó descifrar algún gesto de su hermano—. Han saqueado varios…
—Leo los periódicos y veo los telediarios, claro que sé lo que ha ocurrido. Agradécele a vuestra Iglesia… tienen la revancha de las Cruzadas. Que os aproveche.
—No seas idiota. La liberación de Irak es algo…
—¿La liberación? Estás peor de lo que pensaba. La Iglesia te ha anulado el juicio. Es eso o te estás volviendo loco.
—Ya no me ofendes con tus comentarios. Sabes por qué estoy aquí. Quiero saber si tú tienes algo que ver.
—Sí, padre, lo ha adivinado. Yo estoy detrás de Bush en todo esto. Todas las noches se comunica conmigo para pedirme consejos antes de rezar. —Raúl dejó escapar una sonrisa pero no miró a su hermano.
—Lo mejor es dejar las cosas como están. No debes aprovecharte del caos para terminar una venganza personal.
—Creo que esta conversación ha terminado. Seguramente te espera algún pecador para confesarte sus crímenes. Vuestro Dios es bastante extraño. Todavía me pregunto yo dónde está Dios cuando sus fieles realmente lo necesitan. —Cuando por fin iba a mirar a Ernesto a los ojos, este ya no estaba allí.

Raúl tragó saliva y siguió sin moverse, como si hubiese una cadena de hierro invisible que lo atara a su pasado. Suspiró y cerró los ojos unos segundos. Sus labios estaban tiesos pero él los sentía temblar. Aclaró la garganta, se tocó la frente y miró al teléfono nuevamente. Buscó en el bolsillo de su salto de cama un habano, pero solo encontró viejos papeles. Tomó un sorbo de vino y volvió a colocar el vaso al lado de su sillón. Maldijo en voz baja y se acomodó, otra vez, en su asiento.
En ese momento volvió a su mente el recuerdo de la noche en que su hermano le había confesado su intención de ordenarse sacerdote. Al principio lo había tomado como una broma. Sencillamente era imposible.
Ernesto había cambiado mucho desde su recuperación de una grave enfermedad. Su hermano había notado que estaba más meditabundo y ya no esperaba ansioso las charlas con él. Con veintitrés años, Ernesto había logrado algo que los médicos consideraban casi imposible, vencer una pancreatitis aguda. Después de varios meses de deambular por una docena de los mejores consultorios médicos, sus esperanzas se habían desvanecido. Una mucama que trabajaba con ellos en aquel entonces, le acercó una imagen de Jesús. Raúl, a pesar de su férreo agnosticismo, no puso reparos. ¿Qué mal podía hacer una imagen religiosa junto a la cama de su moribundo hermano?
Ernesto, en silencio, comenzó a rezar. Cuando ya todos los tratamientos parecían inútiles, él comenzó a sentirse mejor. Luego de varios análisis de laboratorio, los médicos le dieron una noticia increíble: su páncreas estaba en perfectas condiciones, no había nada que indicara que alguna vez había sufrido una pancreatitis. Estaba sano, completamente sano. Los doctores estaban maravillados, su caso era increíble. El médico de cabecera de la familia se acercó a su hermano mayor y le susurró al oído: “Es un milagro”.

Ernesto había tomado la noticia con una sorprendente calma. Pero a partir de ese momento, comenzó a tener una visión más mística de la vida. De repente, se sintió cerca de Dios. Su mejoría le había permitido tener otra perspectiva de la realidad. Tenía fe. Quizás siempre la había tenido y su crianza había logrado adormecerla. Pero allí estaba entonces, y él no quería ocultarla. Sabía que su hermano no lo comprendería. Pero hay cosas que no es necesario comprender, que basta con sentir. Y ese fervor que se había despertado en su interior debía encontrar el exterior. Comenzó a rezar, a hablar de Dios durante el almuerzo. Sus lecturas cambiaron. Raúl, por supuesto, comenzó a discutir con su hermano a pesar de que notaba que todavía estaba algo débil. Pero estaba seguro de que su religiosidad era algo momentáneo. Ernesto se enfrentaba a su hermano con vehemencia. Tenía de su lado la verdad. Su verdad. Su fe se fue haciendo cada vez más fuerte y resistente a los embates de su hermano. Raúl, entonces, comprendió que no era algo momentáneo. Comprendió que el Ernesto que él conocía había muerto cuando recuperó la salud. Ernesto, por otro lado, no podía despegarse de la idea de que Dios le había perdonado la vida y si lo había salvado, era porque tenía una misión en este mundo.

Durante los dos años siguientes, la relación entre los hermanos fue resquebrajándose poco a poco, como el hielo de un glaciar. No estaba intacta, pero todavía estaba firme. Pero cuando el menor de los Mosconi Arias cumplió los veinticinco años decidió ordenarse sacerdote. El hielo del glaciar se quebró bajo los pies de Raúl. Para el hermano mayor fue una ofensa personal. No podía entender por qué su hermano estaba tomando semejante decisión. Ingresar a la Iglesia… Eso ya era demasiado. De ninguna manera iba a permitirlo. ¿Dónde habían quedado sus irreverentes pensamientos laicos? Raúl, acostumbrado a cambiar con dinero todo lo que le molestaba, intentó por todos los medios torcer el destino de su hermano, pero nada pudo hacer.
Raúl no asistió a la ceremonia de ordenación de su hermano. Durante los primeros años, el sacerdote intentó periódicamente reunirse con su hermano. Ernesto le contaba a todos sus compañeros sobre el enojo de su hermano, y albergaba, en esa historia, la secreta esperanza de una reconciliarse. Solía rezar por ello. Sabía que lo había herido, pero él también estaba herido por sus actitudes. Debía ser misericordioso, debía seguir los pasos de Cristo y perdonar a su hermano. Debía extender su mano y seguir intentando que su hermano entrara en razón. Cada domingo a la misma hora, Ernesto se presentaba en su antigua casa y tocaba el timbre. Pero el mandato de Raúl fue claro: “Si mi hermano se presenta aquí con los hábitos, no entra”. Durante cinco años Ernesto hizo lo mismo todos los domingos a la misma hora. Los hermanos Mosconi Arias, de pie en el mismo lugar pero separados por una puerta de roble que era mucho más fuerte que el acero.
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El coleccionista, de Cecilia Barale

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