¿Has perdido algo? No, pero tengo que encontrarlo, un relato perdido de La escribidora

«Seis infantes muy pequeños, algunos apenas de unos pocos meses de edad, que dormían el sueño eterno al lado de los huesos de sus madres… Trozos de cráneo tan finos como la cáscara de un huevo»

« El azar quiso que un golpe de pico en el punto exacto de una pared… Una Puerta Califal del siglo X esperaba paciente junto a una amalgama de vetustas piedras romanas, portuguesas y españolas… El frente estaba abierto. Era un yacimiento pequeño, estrecho y oscuro. »


LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash


CUARTA ENTREGA. ¿HAS PERDIDO ALGO? ¡NO! PERO TENGO QUE ENCONTRARLO.

¿Has perdido algo? Otro relato perdido de la escribidora

Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, del relato “¿Has perdido algo?¡No! Pero tengo que encontrarlo”.

Los operarios de mantenimiento trabajaban en esa habitación de la bóveda, que desde siempre había sido utilizada como almacén, en el Parador de la Muralla. El azar quiso que un golpe de pico en el punto exacto de una pared, abriera la puerta a una soberbia e impresionante obra arquitectónica, que durante siglos había soñado con volver a la vida: una Puerta Califal del siglo X construida bajo el dominio de Ah-derraman III de la dinastía Omeya, esperaba paciente junto a una amalgama de vetustas piedras romanas, portuguesas y españolas, que custodiaban a unos restos humanos, de los siglos XVII y XVIII perdidos en la noche de los tiempos… El frente estaba abierto. Era un yacimiento pequeño, estrecho y oscuro, en donde una tronera centenaria, muy centenaria, dejaba pasar con racanería el aire y la luz. En el recinto apenas podíamos trabajar las siete personas que allí nos encontrábamos. Un viejo foco, puesto de cualquier manera, hacía lo que podía para iluminar el lugar, mientras el cable que lo alimentaba reptaba por el suelo como una serpiente, hasta llegar más allá de la puerta que nos devolvía al mundo exterior:

—Sondeo A… Sondeo B…— Pepe, el arqueólogo, un incipiente cuarentón, moreno y de mirada soñadora, hablaba con Fernando, su colega.— Mide aquí… porque tal vez… porque esto y lo otro… Es extraño este recodo…
Fernando con su sempiterna pipa entre los dientes, murmuraba más que hablaba con su compañero, que a fuerza de escucharle ya se había acostumbrado a esos decibelios bajo mínimos que emitían sus cuerdas vocales: — Los sillares a soga y tizón…— dice bajando de un salto al sondeo B.
Y yo le observo y le envidio por la ligereza de sus movimientos.
—¡Eder! — levanto la cabeza del inventario para ver como irremisiblemente me llega otro capazo de material.
—¡De qué sondeo viene estooo! — pregunto desesperada, porque lo que me han encomendado se me está yendo de las manos… — terra sigillata… vajilla africana de cocina… ataifor… candil de piquera… — Las gotas de sudor me caen por la cara, la espalda y el cuello y no sé si es por el calor o por el agobio que siento… Nordik, un joven musulmán de pequeña estatura, empuja la carretilla, rebosante de tierra, hasta la improvisada montaña de escombros que se ha formado con la excavación, mientras discute con un cristiano, llamado Carlos, de problemas existenciales, razas, culturas, gobiernos y demás fruslerías que tan de moda están en la actualidad.
—Toma que ahora viene otro, me dice Jorge, un obrero con cresta en la cabeza y mogollón de pendientes en las orejas. El material que llena el capazo de caucho, se balancea peligrosamente al chocar éste contra la improvisada mesa, hecha con un par de caballetes bailones y un tablón con mil batallas de andamios a su espalda. Una nube de un polvillo fino se adueña de mi pequeño feudo, impregnándolo todo: hojas de inventario, rotuladores, acetatos… hasta el Kleenex que hace de paraguas a mi Cocalahit, se satura de polvillo. Las gafas, la ropa, el pelo, todo está envuelto en una fina película de tierra. Un clavo de hierro con el cardenillo a flor de pátina cae al suelo y yo me agacho, con la misma rapidez que haría mi nieta Andrea, para no perderle la pista, a la par que cierro mis dedos cual garra de tucán alrededor del maldito clavo saltarín, apretándolo con fuerza en la palma de mi mano. Al mismo tiempo echo un vistazo al grupo de bolsas de plástico que tengo debajo de mi maltrecha mesa. Son los restos de seis infantes muy pequeños, algunos apenas de unos pocos meses de edad, que dormían el sueño eterno al lado de los huesos de sus madres… Trozos de cráneo tan finos como la cáscara de un huevo, pequeños fémures, vértebras, huesos de las extremidades superiores… Todo arrancado de ese mundo del silencio en aras del saber. Me incorporo, haciendo caso omiso, a los huesos protestones que soportan el michelín, al que yo llamo mi patito de goma, y agarrando la hoja del inventario, la jaleo a lo Lola Flores con la vana esperanza, de que el papel vuelva a ser blanco, mientras me vienen a la cabeza los anuncios de productos de limpieza que parecen todos ellos dedicados a cerebros planos del mundo mundial. Suspiro y aspiro una buena bocanada de aire viciado, que invade mis pulmones, a la vez que agarro la Cocalahit, y me siento en una silla del año de María Castaña, a la que prácticamente le falta una pata y bastante de anea y entre sorbo y sorbo de refresco, con polvo en suspensión, medito en cómo ha llegado hasta allí el maldito mueble, que entre otras cosas me está moliendo las posaderas. Un flash de luz vuelve mi cerebro a la realidad: es Fernando, el arqueólogo de la pipa, el de la piel morena y barba espesa y negra, el de la mirada oscura y profunda como una noche sin luna, el que habla árabe como los mismísimos beduinos del desierto, ya sabéis, el de los decibelios bajo mínimos.

—¡Mirad, mirad como curra la Eder! — el puñetero no para de machacarme con la cámara. Si en ese momento apareciera en escena alguien que no conociera realmente su carácter, pensaría que la Caja de Pandora había tomado forma de señor con pipa. Solo le he visto reír una vez, a carcajada limpia, y fue precisamente en ese yacimiento, con una ocurrente broma que me gastó en relación a mis despistes…— ¡Y luego querrás que te pague la extra de Navidad! Esta la cuelgo en internet, ¡que si la cuelgo! en la revista de Arqueología de… — No digo nombre no sea cosa que realmente la ponga. Y se acerca y me enseña la foto en la pantalla de la cámara y allí estoy yo repanchingada con la Cocalahit en una mano y en la otra el inventario haciéndome aire, a falta de un negro que me abanique. Al fondo, mi magnífica mesa de trabajo llena de elementos variopintos como: una vapuleada caja de herramientas con bolis, gomas, un pie de rey, dos lupas, chinchetas a gogó, pegamento, cinta métrica, botes vacíos de rollos de película con pequeñas muestras de tierra, las medallitas y cadenas que los bebés llevaban al cuello y un montón de cosas mas. Al lado una escurridiza montaña de bolsas de plástico, de diferentes tamaños, me recordaba la magnitud del inventario que me había tocado en suerte. Mientras le hago un gesto poco ortodoxo con la mano a Fernando, Frank, que había subido no sé como de las profundidades del sondeo B, atraviesa, con la agilidad que le dan sus jóvenes huesos, el tablón que enlaza un sondeo con otro, asaltando mi territorio, porque en él ¡cómo no! han dejado las mochilas y el avituallamiento. El chaval saca del mochilón un pedazo de bocata arropado en Albal y un paquete de Donetes.
—¿Quieres Eder? Y me enseña la merendola— Es de todo.
—Aaahhh…—acierto a decir, al tiempo que me saco el chicle que me había metido en la boca hacía tres horas y lo lanzo a la montaña de escombros— no hijo, no… Come… come para que te pongas grande…— glup, glup, glup…— Mi garganta traga con avidez los restos de Cocalahit bien calentita y vuelvo la vista hacia donde la luz del flash de la digital del bueno de Fernando ilumina. Ahora le toca el turno a mi compañero Carmelo, que le está dando a la pala con el mismo ahínco, que un perro buscando un hueso olvidado en sabe Dios que agujero. Y foto por aquí y foto por allá…
—¡Y luego querréis que os pague la extra de Navidad!, — repite Fernando, y nos reímos porque Carmelo, Frank y yo, somos los sufridos voluntarios que hacemos mas horas que un tonto, sin cobrar un duro, por algo tan sencillo como que no hay un fondo en la Concejalía de Cultura asignado para los que hacemos trabajos de campo y los de laboratorio.

«De pronto el foco decide jugarnos una mala pasada y nos deja a oscuras y un rosario de improperios comienza a desgranarse de boca en boca, unos se acuerdan de la madre del foco, otros de los testículos del foco, ¡todos contra el foco!»

«Allí a la altura de mis hombros estaban los restos de los restos de aquella que una vez fue mujer, esposa y madre… No pude seguir mirándola, porque el nudo que se me había hecho en la garganta me decía, que las lágrimas iban a empezar a resbalar por mis mejillas»

—Fernando, éste se tendrá que quedar así por el momento…— Pepe, en cuclillas, entorna los ojos verde aceituna tras las gafas, a lo Ricardito Bofill. El polvo fijado en el pelo, de un negro azabache, hace que parezca mayor de lo que es. Los que nos encontramos cerca volvemos la vista hacia donde indica la catalana, que lleva en la mano: en una unidad estratigráfica determinada asomaban entre la tierra, parte de una columna vertebral y las dos cabezas de los fémures…— a ver si nos da tiempo a sacarlo del todo… vamos contra reloj. Eder, cuantos individuos llevamos, cinco y…
Me quedo mirando a los restos de los restos y digo…
—Once y medio, tres hombres, dos mujeres y seis niños.
—¡Tres hombres dices! ¡Tres peasos de individuos! — grita Carmelo desde lo más profundo del sondeo B. Desde donde estoy solo alcanzo a ver parte de su espalda y una pierna; estaba tratando de salvar, en la medida de lo posible, una olla de barro que parecía estar en perfectas condiciones — ¡Quien quiere ver esto! — Grita de nuevo.
—¡Voy!— Sin dar tiempo a reaccionar a los que realmente saben, pongo un pie en la insegura escalera, colocada de aquella manera a lo largo del gran agujero y comienzo a bajar hasta donde se encuentra mi compañero, detrás viene Pepe que tiene que esperar hasta que mis patitas recorran todos los peldaños…
—Es preciosa…— Pepe pasa la mano por la pieza de cerámica, que aún permanece adherida al suelo. No queda mucho por limpiar, le da con la escobilla un par de veces y en un gesto mecánico sopla, para retirar las posibles partículas de tierra que pudieran quedar. Con un movimiento seguro y experto, le arranca el cacharro de cocina a la húmeda tierra. El ennegrecido culo de la olla indica que ha sido usada y bromeamos en cuanto a si guisar un caldo con un par de huesos de individuo o echarle dentro un buen pedazo de panza de nuestro compañero Frank. Alguien lanza un capazo agarrado a una cuerda y Carmelo mete la pieza, no sin antes encomendarle por su padre, al que tira de la soga, que tenga cuidadín, cuidadín. Sabemos que es Nordik porque escuchamos su interminable matraca sobre Allah, Dios cristiano, racismo, etc…etc…
—¡Nooodiiirck! Por lo que más quieras estate atento a lo que estás haciendo, la voz de Pepe suena con fuerza.
De pronto el foco decide jugarnos una mala pasada y nos deja a oscuras y un rosario de improperios comienza a desgranarse de boca en boca, unos se acuerdan de la madre del foco, otros de los testículos del foco, ¡todos contra el foco! Menos yo, que solo intento acordarme donde está la escalera y en qué punto del agujero ha dejado Carmelo el pico. El haz de luz de una linterna nos deslumbra, para pasar luego a enfocar la bendita escalera, es Frank, que impertérrito, sigue tragando bocata mientras nos ilumina. Subo custodiada por los dos caballeros andantes que estaban junto a mí en el foso. Un rápido movimiento de linterna en la mano de Frank dirige el haz de luz hacia el tramo que me encontraba y allí a la altura de mis hombros estaban los restos de los restos de aquella que una vez fue mujer, esposa y madre… No pude seguir mirándola, porque el nudo que se me había hecho en la garganta me decía, que las lágrimas iban a empezar a resbalar por mis mejillas y no quería que me vieran llorar, y es que saber que le habíamos arrancado la criatura que dormía a su lado, me causaba una infinita pena. La mano fuerte y velluda de Fernando dió el último empujón a mi escalada, sacándome con fuerza hasta donde él se encontraba.
—¡Ésta es mi Eder!— dijo mandándome si me descuido al interior del sondeo B.
—Gracias Fernando, —acerté a decir.
Hágase la luz y la luz se hizo.

CONTINÚA LEYENDO→

‹1, ‹2, ‹3…


CONSIGUE LA VERSIÓN DIGITAL DE LOS RELATOS DORMIDOS DE LA ESCRIBIDORA 

LIBRERÍA DESEOS, SOLO BUENA LITERATURA

La escribidora, Gudea de Lagash

 

46 relatos cortos llenos de sensualidad, emoción, humor, ternura y vida, basados

en hechos reales↓

3,25Añadir al carrito

 

 

 

 

 

ALGO MÁS SOBRE GUDEA DE LAGASH→

Una Rosalía de Castro venida a menos…

‘La escribidora’ inicia una nueva etapa de El folletín