El esclavo de los nueve espejos, primera entrega

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

Aquí empieza El esclavo de los nueve espejos, la última novela del autor de Los imprescindibles, Raimundo Castro. El folletín de Libretería irá publicando cada semana una nueva entrega de esta historia inédita que sólo puedes leer en estas páginas.

«He ido al Valle de la Muerte y he visto en Torrealba los restos calcinados del caserón; la ceniza es uniforme y hasta las piedras se han transformado en polvo»

«Parecían llamas encendidas por el sol turbio y rojizo del atardecer y pensó, desde su indolencia, que conformaban una hermosa alegoría porque el alma del agua era una hoguera.»


EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo


PRIMERA ENTREGA. EL VALLE DE LA MUERTE.

 

“El supersticioso cree penetrar esa escritura orgánica: trece comensales articulan el símbolo de la muerte…”
“El espejo de los enigmas”
Jorge Luis Borges

“Si aspiras a encontrarte a ti mismo, no te mires al espejo porque allí sólo encontrarás una sombra, un extraño…”
Sigmund Freud

Alejandro Neblí pensó que era un alentador más del cristal, otro habitante del espejo, cuando aceptó el encargo de matar al señorito. El ex policía estaba convencido de que su tortuosa personalidad le había arrojado ya, definitivamente, al basurero del imperceptible azogue del azar. Y creía, no sin fundamento, que aquel contrato asesino era la guinda del pastel, el epítome de una existencia sin sentido. Pero, para su íntimo contento, no fue así. Venció la tentación de cruzar a la otra orilla y el poso de lucidez que le quedó, ese antídoto contra el veneno de la fantasía que le había inoculado en el alma su vida de perro, acabó salvándole de la perdición definitiva.
Aunque parezca raro por su plumífera profesión, mi especular compadre Abel Ruiz empezó a contarme la enigmática historia del matón privado y el aterrorizado prisionero de los nueve espejos haciendo uso de ese estilo tan grandilocuente y empalagoso. Y juro que desde entonces, quizá porque barnizaba siempre su memoria con alcohol, me hostigó de manera tan incesante y fatigosa que anduve tentado de romper con él. Pero, a la postre, más terco que el rebuzno estrepitoso de una reata de Harley-Davidson con los tubos de escape agujereados, abusó de mi amistad y consiguió concluir sus narraciones por completo.
No puedo cifrar la fecha exacta del día que inició el incordio, pero sí recuerdo en cambio, con nitidez, el momento en que, asomando el rostro por encima del vaso lleno de tónica con ginebra, afirmó, como si le fuera la vida en ello, que todo lo que iba a relatar había sido era escrupulosamente cierto. Sospeché que esa alusión era un puro formulismo porque él mismo me había confesado muchas veces que estaba acostumbrado a que no le creyeran cuando ejercía su desprestigiada profesión de periodista. Pero la vehemencia de su juramento me hizo comprender que no se trataba de eso. “Lo que te voy a contar –insistió ceremonioso– es absolutamente verídico aunque no lo parezca”. Y a partir de ahí, sin atropellarse jamás, mi a pesar de todo querido reportero gordinflón fue dando cuenta de su puñado de historias relacionadas con espejos que atrapaban personas y las convertían en perpetuas prisioneras del cristal.
Al principio, pensé que se burlaba de mí, pero no me importó porque sus relatos, por más falsos que pudieran parecer en ocasiones, siempre me habían entretenido. También me impresionó notablemente su aseveración inicial: “He ido al Valle de la Muerte y he visto en Torrealba los restos calcinados del caserón; la ceniza es uniforme y hasta las piedras se han transformado en polvo”. Y hasta la expresión de habitual desparpajo que caracterizaba su sonrisa desapareció por completo. Apenas le restó una mueca que el cinismo ya le había transformado en arruga permanente junto a la comisura izquierda de sus labios y que, puesta al trueque con la franqueza infantil de su mirada, me pareció insignificante.
El embrollo, vino a decir, arrancó un atardecer de esos ásperos pero templadamente calurosos que afaman los otoños extremeños. Neblí atravesó con su mirada el cálido reverbero y vio el pueblo en lontananza, algo borroso. Mientras conducía mecánicamente, meditó sobre las simbólicas nubes que dejaba a sus espaldas, unos estratocúmulos que el viento descomponía y que él contemplaba, todavía uniformes, por el retrovisor del automóvil. Parecían llamas encendidas por el sol turbio y rojizo del atardecer y pensó, desde su indolencia, que conformaban una hermosa alegoría porque el alma del agua era una hoguera.
Los contornos crepusculares de la torre de la iglesia y el palacio de Torrealba asomaban y desaparecían mientras avanzaba por la carretera irregular y, de trecho en trecho, eran absorbidos por los incesantes badenes de los sinuosos y serpenteantes lomos del asfalto. Observándolos, dijo, se estremeció sin fundamento. Pero, más tarde, comprendió, por los hechos, que aquel espeluzno era una premonición.
Cuando llegó a la mansión del potentado don Rogelio Suárez, el color del aire era semejante al del cielo que reflejan algunos charcos callejeros en las tardes despejadas y frías del otoño. Anochecía con rapidez. Las nubes de fuego que habían aunado contrarios y expresado la esencia de lo bello en su ambigüedad esplendorosa ya se habían descompuesto. Y eran, como todo el paisaje, un salpicado de pavesas.
Cruzó Torrealba muy lentamente hasta que sobrepasó el cementerio y la fonda abandonada donde, tiempo atrás, pararon los autobuses que viajaban de Cáceres a Miajadas. Cuando llegó a la estancia, el fresco empezaba a depositarse sobre los parabrisas de los coches que, aparcados en las callejuelas próximas, reposaban su sofoco diurno.
Tardó un par de minutos en atravesar la portada de berrueco de la cerca de piedras que rodeaba la finca. Los cantales sólo estaban amontonados pero se revelaban tan inamovibles como si los hubieran amasado con cemento. Se detuvo junto al granítico pretil del pozo hexagonal, en medio del amplio patio delantero que acogía el conjunto de las ahormadas estancias del edificio y disfrutó del espectáculo vespertino. La vivienda principal, de planta rectangular, la sobresaliente chimenea rematada con ladrillos, la abandonada capilla de sólida espadaña con su boina de pináculos, aquellos graneros y las cuadras que se sucedían sin solución de continuidad parecían, como conjunto, el frontal de una informe muralla que cincelaban las sombras.
Se quedó dentro del coche, maravillado, admirando la fachada encalada del caserío que la luna empezaba a blanquear débilmente. El alarife había ceñido la puerta de entrada del edificio principal con un arco de medio punto formado por grandes dovelas planas que no sobresalían del muro ni un centímetro. Y, por encima, dos balcones de excelente rejería aparentaban ser, de lejos, los ojos de una teatral máscara griega.
–Buen gusto –musitó Neblí, reclinándose en el asiento–. Debe tener dinero. Sí. Mucho dinero.

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Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

El esclavo de los nueve espejos

Historia de una maldición

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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