Estrellas fugaces, quinta entrega de los relatos dormidos

«Y he visto pasar a través de mi ventana, dos estrellas fugaces…

Y tengo tantos deseos en tantos tinteros…»

«Quizá no son tantos, pero son tan deseados que parecen un millón. Vuelvo a mirar a la calle por esa ventana mía. Las farolas de mi calle se pierden en el horizonte»


LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash


QUINTA ENTREGA. ESTRELLAS FUGACES

Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, del relato “Estrellas fugaces”.

Es tarde, son las dos y cuarto de la madrugada para ser más exacta. Una está cansada de bregar todo el día de aquí para allá. Soy madrugadora, mi hora de saltar de la cama no pasa de las once de la mañana, aunque alguna vez se me peguen las sábanas hasta la y media. La calle está en silencio, la veo desde mi ventana sin un alma, solo las farolas iluminando la noche cuajada de estrellas fugaces. Bueno ahora mismo no veo ninguna. Se habrán ido a dormir, pero hace un rato corto vi un par ¡Tonta de mi! olvidé pedirles un deseo, a lo mejor es que tengo tantos que preferí no dejar ninguno en el tintero. Tantos deseos incumplidos… Quizá no son tantos, pero son tan deseados que parecen un millón. Vuelvo a mirar a la calle por esa ventana mía. Las farolas de mi calle se pierden en el horizonte, son globos que emiten una luz amarilla, que a mí me recuerdan a la yema de los huevos de las ponedoras, que mi tía abuela Gumersinda tenía en la pequeña granja del pueblo. Un pueblo, perdido en el Pirineo, a veinte kilómetros escasos del territorio francés. El aire era tan limpio que te hacía pupa al respirarlo, y el sonido de los cencerros de las vacas rubias de ese valle del Roncal, se te metía en los tímpanos, sonando como campanas del campanario de la iglesia de todos los pueblos de alrededor. El aroma de la yerba recién cortada, las gotas de rocío columpiándose en las verdes hojas de las flores del valle… Una abeja luchando con otra por meter la cabeza en la flor y beber un chupito que las hace volar sin descanso. El olor a excremento de vaca y las moscas peleando por ocupar la mejor posición. Otra cojonera, columpiándose en el rabo de una vaca gorda y rubia, que rumia yerba con unos ojos grandes y saltones como los de la rubia del colorín. Acaban de pasar dos coches y una tiene ya esos ojos que se han de comer los gusanos casi, casi, a punto de echar las persianas. Tengo sueño así que me voy a dormir, no sin antes volver a mirar por mi ventana para ver esas farolas de yema de huevo, o de luna llena, porque ahora también veo lunas llenas… ¡Mejor me voy a la cama! Si encontráis alguna falta, os doy permiso para enmendarla. Yo ya no veo ni torta…
Y he visto pasar a través de mi ventana, dos estrellas fugaces…
Y tengo tantos deseos en tantos tinteros…
Y miro por la ventana.
Y veo una calle muda y solitaria.
Y las luces amarillas y redondas.
Y la yema de los huevos de las ponedoras.
Y mi tía abuela Gumersinda.
Y el rocío.
Y…
Y tengo sueño.
Y me voy.
Hasta mañana…
Y dos estrellas fugaces.

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