Un sicario desesperado, segunda entrega de El esclavo de los nueve espejos

Alejandro Neblí, un alentador más del cristal, un sicario desesperado, ha decidido aceptar el encargo de matar al señorito de Torrealba, Rogelio Suárez. Tras atravesar la cerca de piedras de la finca, Neblí se planta en el patio del caserío mientras observa y medita dentro del coche a qué se enfrenta…

Así concluía la semana pasada El valle de la Muerte, primera entrega de El esclavo de los nueve espejos: «Se quedó dentro del coche, maravillado, admirando la fachada encalada del caserío que la luna empezaba a blanquear débilmente(…) 
–Buen gusto –musitó Neblí, reclinándose en el asiento–. Debe tener dinero. Sí. Mucho dinero».

«Fue un pequeño anuncio por palabras: “Atención”, proclamaba con tres admiraciones a cada lado, cuerpo veinte, negrita. A renglón seguido, de menor tamaño, una frase inquietante pregonaba: “Quiero que me maten”. La remataba un anzuelo: “Fuerte gratificación a convenir”»

«Neblí era un policía infiltrado al servicio de una revolución que nunca se iniciaría. Y no sabía ni por dónde empezar a buscarse a sí mismo. Dudando si cambiar de oficio o volver a Medicina»


EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo


SEGUNDA ENTREGA. UN SICARIO DESESPERADO.

Había quedado a las diez y, mientras caía el telón de la noche, aguardó, dentro del vehículo, a que llegara la hora. Quedaban treinta minutos para que se cumpliera el momento de la puntualidad exquisita. Y quería ser exquisito. Aunque sólo fuera en eso.
Mientras esperaba, recordó la razón por la que estaba allí. Fue un pequeño anuncio por palabras: “Atención”, proclamaba con tres admiraciones a cada lado, cuerpo veinte, negrita. A renglón seguido, de menor tamaño, una frase inquietante pregonaba: “Quiero que me maten”. La remataba un anzuelo: “Fuerte gratificación a convenir”. Y finalmente, como rúbrica, seis cifras, con el 927 de prefijo, desvelaban el número de teléfono al que había que llamar.
Alucinó. Y se rio por lo bajo porque recordó al bueno de Harrison Ford haciendo de Rick Deckard en “Blade Runner”. ¡Jodé! Se había aprendido la frase en inglés. Por el oficio. “They don’t advertise for killers in the newspaper”. “Nadie pone anuncios en los periódicos para buscar asesinos”, pensó en castellano.
Pero no creyó que fuese una broma porque el reclamo publicitario aparecía en la revista “Ajoblanco”, sección de “Intimidades”. Y ya había comprobado con anterioridad que, por más extraños que pudieran parecer, los avisos eran ciertos. En un viejo número de ese semanario, uno más de los que ojeaba en la barra de un tugurio pasota donde ahogaba sus horas solitarias, aunque no las penas, había leído una vez: “Quiero hacer el amor contigo porque me da la gana”. Como le hizo gracia, había llamado al teléfono que certificaba aquel provocativo texto y la chica le había respondido con la mayor naturalidad del mundo que dónde quedaban. La niña era un cortado de Uña y se pasó toda la noche haciendo el amor como una loca sin mediar palabras ni de cortesía. Y cuando Neblí, al día siguiente, quiso saber cómo se llamaba y volvió a telefonearla, ella le respondió: “Contigo ya no me da la gana. No vuelvas a llamar”.
Para otra persona, explicó el gordo Ruiz, el anuncio de un hombre que pagaba dinero para que le matasen sólo podía ser el señuelo de un loco y no hubiera merecido ninguna consideración. Pero para él, para Neblí, fue, al tiempo, una invocación estimulante de su profunda curiosidad y la oportunidad de obtener unos ingresos que, por su situación económicamente desesperada, más que necesarios eran imprescindibles.
Desde que murió Irene Sempavor, la única mujer que amó en su vida, andaba dando tumbos sin saber qué hacer con su existencia. La tragedia se sumó al desvarío que le provocó la militancia revolucionaria. Cuando, cursando Medicina, se incorporó a la Organización Revolucionaria de Trabajadores, aun creía en los hombres. Pero antes de acabar la carrera, los responsables del partido le ordenaron que dejara la facultad y abandonara sus sueños de ser médico porque, en esos tiempos de agonía del Régimen, era más necesario en otro sitio. Le pidieron que, con otros compañeros, se infiltrase en el enemigo y estudiase para ser inspector de policía aprovechando que su padre era militar de carrera. Y había cumplido hasta el fin sin adivinar nunca el fin que le esperaba. Porque el partido se fundió con otro partido semejante, maoísta que dijo Abel Ruiz. Se presentaron unidos en los primeros comicios democráticos y los electores, claro, no ellos, ¡já!, se equivocaron. No obtuvieron ni un escaño. Las dos organizaciones desaparecieron tras el desastre electoral y hasta hubo responsables que empeñaron su vida con los bancos para salir del apuro económico en el que se habían metido sin remedio avalando créditos.
Pero los problemas financieros que vivieron algunos de sus sacrificados camaradas fueron nimios comparados con el de Neblí. Era un policía infiltrado al servicio de una revolución que nunca se iniciaría. Y no sabía ni por dónde empezar a buscarse a sí mismo. Dudando si cambiar de oficio o volver a Medicina, eligió, desmoralizado, quedarse donde estaba, pero combatiendo la impudicia. Sólo que no le dieron ni esa oportunidad. Sus propios compañeros, incluso los jefes, conocían su situación. Era un rojillo listo. Sólo la falta de pruebas impidió que lo expulsaran entonces del Cuerpo. Se vio condenado a ser, además de policía, un hombre solitario que sufría las burlas groseras e incesantes de sus colegas y las canalladas de los superiores. “Fue un desastre incalculable, tío”, dijo Abel Ruiz como si se embutiera en el ánimo lamentable de Neblí. “Un auténtico desastre”.
Ese desprecio generalizado le vino al pelo para acertar de lleno cuando tuvo que elegir entre ayudar a escapar a un grupo de ancianos que atracaron el Banco de España a principios de los ochenta o cumplir con su deber descubriendo dónde se habían escondido. Al final, les había ayudado no sólo por joder a sus mandos, que también, sino porque fue en esa investigación donde descubrió a Irene Sempavor, la hija del jefe de los atracadores. Estuvo enamorado y fue correspondido de verdad. Lástima, matizó Abel Ruiz, que Neblí disfrutara tan poco de su merecida felicidad, ésa que sólo da, aunque perentoriamente, la conciencia de estar satisfecho. Vivió en plenitud poco más de un año. Hasta que la muerte le ganó el pulso a la alegría y la fatalidad le mordió el alma con la ferocidad de un perro rabioso. Irene murió por culpa de un cáncer de mama que los médicos descubrieron demasiado tarde. Y el mundo se quedó sin aire.

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Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

El esclavo de los nueve espejos

Historia de una maldición

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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