«Siento un cosquilleo en uno de mis brazos y observo a un insecto subiendo por él; es Dominila, una pequeña mantis, que desde no hace mucho vive entre el boscaje de la adelfa y el jazmín del Brasil»

«Un chaval agitanado, me distrae con el ensordecedor ruido de su motillo, al tiempo que el cascabeleo de un pony albino consigue que levante la vista hacia la cancela»



LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

SEXTA ENTREGA. DOMINILA


Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, del relato “Dominila”.

Hace calor. Un calor pesado y pegajoso, que me hace sentir sucia, como si no me hubiera duchado en una semana aunque, como todos los días, le haya dado vía libre al agua de la ducha para que resbale de la cabeza a los pies, y de los pies a la cabeza. Un agua templada como una taza de té a medio tomar. Da igual: una ducha es una ducha, —pienso— mientras miro con envidia el homenaje de agua que le estoy dando a las plantas del pequeño patio del hogar. Una gota se desliza sin prisas por la hoja de un geranio rojo, y luego otra, y otra, y otra en los ciclámenes, por las pequeñas flores del jazminero. Gotas, gotas y gotas escapadas del agua de regadera de la manguera, que como una serpiente fina y kilométrica, serpentea por el patio enredándose entre las sillas de hierro forjado y la colección de macetas de barro que salpican el suelo enlosetado, y los tres escalones corridos que llevan al interior de la casa familiar. Siento un cosquilleo en uno de mis brazos y observo a un insecto subiendo por él; es Dominila, una pequeña mantis, que desde no hace mucho vive entre el boscaje de la adelfa y el jazmín del Brasil. Se siente a gusto la puñetera porque a pesar de que muevo el brazo, y le digo con toda la parsimonia del mundo que vuelva a su rincón, pasa olímpicamente de mí:—¡Que te marches! — profiero con una voz tan aflautada que me cuesta reconocer como la mía, mientras observo sus ojillos saltones mirándome con atención y no puedo dejar de pensar, que si fuera de mi tamaño seguramente estaría mirando a su cena.
Este pensamiento hace que la empatía, que hasta ese momento me unía a ella, se desinfle como un globo de cumpleaños feliz, colgado en la verja de hierro que rodea el patio. Ha debido sentir mi rechazo pues sin más, da un salto para posarse sobre una luciérnaga de luz, de esas tan de moda ahora, a la que una también ha sucumbido por eso de que le encantan los monigotes de jardín clavado aquí y allá. La miro de reojo mientras sigo regando, ahora es la hortensia que mi buena amiga Marisol Ortega me regaló hace tiempo ya.

Un chaval agitanado, me distrae con el ensordecedor ruido de su motillo, al tiempo que el cascabeleo de un pony albino consigue que levante la vista hacia la cancela. Sé que es un pony porque lo he visto muchas veces pasar por mi puerta tirando de una calesa; lo conduce un calé con sombrero de fieltro y niño rubio y de piel dorada a su lado, que deja en el aire su risa de niño. Los cascos de las patas del pony chapotean en el charco, que el agua escapada de las macetas ha formado en el asfalto, al tiempo que las crines de un blanco roto, se enredan en el collar de cascabeles que rodea su cuello de pony. Los trinos de los pájaros que anidan entre las tejas de la entrada, y el jazmín del Brasil que trepa por ella, me devuelven al mundo real. Busco a Dominila y no la veo, en su lugar un polluelo sin plumar se ha caído del nido, estrellándose entre las petunias y lo recojo sin comprender el motivo por el que siguen haciendo el nido en el mismo sitio, cuando no paran de caerse los pajarillos…

El sol está aflojando, y la brisa tan deseada le pide paso con timidez. La calle cobra vida lentamente… Recojo la manguera y sentada en un escalón contemplo el patio tan lleno de vida, en donde Dominila es la reina de ese pequeño mundo de luz y color.

Un sorbo de té frío, un ver caer la tarde, un recuerdo, una palabra, una sonrisa… el eco de tu voz.

Y hace calor. Un calor pesado y pegajoso…

Y el eco de tu voz…

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