Una periodista cansada, quinta entrega de el coleccionista

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Un incendio en la Biblioteca de Bagdad que provoca la rapiña de los mayores tesoros de la Humanidad… Dos hermanos, los Mosconi, que desde hace 25 años no se hablan, vuelven a encontrarse… Y, en esta quinta entrega de El coleccionista, entra en escena un nuevo personaje: una periodista argentina… un tanto especial.

Así terminaba la semana pasada Otro milagro,  cuarta entrega de El coleccionista:

«Se puso de pie de golpe y se dirigió al teléfono con tanta rapidez que volcó la copa de vino caliente que estaba en el piso al lado del sillón.
—Vale.
Alguien del otro lado articuló unas palabras en un castellano trabado.
—Ya sabes qué hacer —respondió Raúl y colgó el teléfono mientras una sonrisa se iba dibujando en su rostro.».

EN ESTA ENTREGA…


Sus ojos color miel delataban las últimas 48 horas que había pasado sin dormir. Los labios pálidos estaban agrietados de cansancio. Definitivamente, era peor que la imagen que creyó ver en el elevador.



—No voy a ningún lado. Ya está decidido. Hace quince días que no me ves y este es el recibimiento… —Ana se levantó e intentó acercarse a él para decirle algo al oído.
—¡Por Dios, Ana, acá no! Nos pueden ver —le reprochó él con un gesto serio.

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

QUINTA ENTREGA. UNA PERIODISTA… CANSADA.

Capítulo 3

25 de Abril de 2003.

Ana Montecasino llegó agotada a su oficina. La mañana en Buenos Aires era infernal. Ana había tenido más de una hora de demora por una protesta sindical. Había salido de su casa con suficiente anticipación, pero los cortes de calles en puntos clave de la ciudad habían demorado su itinerario. El ánimo de la gente estaba caldeado y ella no era la excepción. El metro estaba repleto de gente y eso puso a la joven de peor humor. A las ocho de la mañana, sentía que tenía el día arruinado. Después de varias semanas de viajar por el interior de la Argentina, Buenos Aires le parecía un lugar agresivo. A pesar de que adoraba la cadencia frenética de la ciudad, se sentía agotada y sobrepasada por su vertiginoso ritmo matinal.

Mientras caminaba por la Avenida Santa Fe, la gente pasaba a su lado, ignorándola. Ella, por primera vez, reparó en los rostros que se le cruzaban. Cuando se encontraba a pocas calles de su oficina, Ana aminoró el paso y se detuvo a ver algunas vidrieras.

Sentía una extraña mezcla de sentimientos. Por un lado, hacía días que tenía la imperiosa necesidad de volver a su rutina; por otra parte, pensaba que su vida estaba en un proceso de cambio que no tenía intención de asumir.

Finalmente, cuando estuvo frente al edificio del periódico El Argentino, cayó en la cuenta de que ya no había nada que pudiera hacer para demorar su vuelta a la redacción. Tomó aire y entró. En el elevador del edificio se miró al espejo y pensó que no lucía de la forma que le hubiera gustado. Intentó acomodarse la ropa cuando vio entrar a un compañero de trabajo y disimuló su actitud. Intercambiaron unas tibias sonrisas hasta que Ana se bajó en el noveno piso.

Apenas llegó a su escritorio, se desplomó sobre su silla, maldiciendo porque sentía que ya estaba demasiado cansada como para enfrentar un típico día en la redacción. Miró el reloj. Eran las ocho y media en punto. Prendió su ordenador y en el monitor percibió su cabello ondulado bastante despeinado. Sus ojos color miel delataban las últimas 48 horas que había pasado sin dormir. Los labios pálidos estaban agrietados de cansancio. Definitivamente, era peor que la imagen que creyó ver en el elevador. Apoyó la espalda en la silla y cerró los ojos un instante mientras su ordenador se iniciaba.

—¿Tan cansada estás? —preguntó a los gritos su jefe apenas la divisó a lo lejos—. Entonces mejor ni te cuento a dónde vas ahora… —El hombre se acercaba con rapidez hacia su escritorio.

Ana no abrió la boca. Era obvio que ese comentario era una broma. Después de deambular por todo el país siguiendo a la comitiva del presidente, no podía pretender mandarla nuevamente de viaje.

Diego Echelar se paró frente a ella con una gran sonrisa. Sus dientes blancos brillaban bajo las luces de la redacción.

—Es en serio. Te vas otra vez… ahora más lejos —dijo mientras le apoyaba la mano en el hombro y buscaba sus ojos con los suyos.

—No voy a ningún lado. Ya está decidido. Hace quince días que no me ves y este es el recibimiento… —Ana se levantó e intentó acercarse a él para decirle algo al oído.

—¡Por Dios, Ana, acá no! Nos pueden ver —le reprochó él con un gesto serio.

La joven frunció el ceño e hizo un gesto de desagrado con la boca antes de alejarse unos pasos.

—¿Ni siquiera me vas a preguntar cómo me fue? —Ana se apoyó sobre el borde del escritorio y ladeó la cabeza.

—Sé cómo te fue, leí tus correos electrónicos.

—Es bueno saberlo… nunca me respondiste.

—Son momentos difíciles, no me hagas estos planteos, por favor —susurró mientras miraba a ambos lados.

—Claro. —Ana comenzó a caminar lentamente. Tenía el cuerpo cansado. Durante los últimos quince días había estado despierta demasiadas horas correteando ministros recién nombrados que lo último que querían era hablar con la prensa y estaban más interesados en invitarla a cenar que en explicar futuras medidas de gobierno.

Echelar caminaba detrás de ella sin intención de alcanzarla. La periodista se paseó por entre los escritorios cercanos y volvió a su lugar. Cuando por fin se encontró frente a su silla volvió a dejarse caer, abatida. Su jefe la miraba desde atrás con una expresión de desazón en el rostro.

—Te vas a Irak —dijo sabiendo que no había forma agradable de dar la noticia.

—Ja —Ana lo miró sonriendo y observó que él no le devolvió la sonrisa—, es una broma, ¿no?

Echelar no respondió.

—No había un lugar más… ¡Esto es el colmo…! Qué hijo de puta… sos un… —Ana intentó no gritar. El color de su rostro se tornó morado y sus ojos resplandecieron de furia—. ¿De quién fue la brillante idea? ¿Tuya o de tu mujer?

—Entregas anteriores—

«1, «2, «3, «4… 

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