Un aristócrata sinvergüenza, tercera entrega de el esclavo de los nueve espejos

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El sicario Alejandro Neblí ha entrado en escena. A la puerta del señorito que le ha contratado para matarle, revive sus pasadas experiencias como matón de poca monta. En esta tercera entrega relata algunas de sus fechorías y sus contratos con otro personaje lamentable: Luis Antzara…

Así concluía la semana pasada Un sicario desesperado, segunda entrega de El esclavo de los nueve espejos: 

«Vivió en plenitud poco más de un año. Hasta que la muerte le ganó el pulso a la alegría y la fatalidad le mordió el alma con la ferocidad de un perro rabioso. Irene murió por culpa de un cáncer de mama que los médicos descubrieron demasiado tarde. Y el mundo se quedó sin aire»

En esta entrega…


«Le colocó el nueve largo sobre la sien y apretó el gatillo. Se salvó porque aquel mentecato no se quedó quieto y la bala le hizo una raya de chamusquina en el pelo, por encima de la oreja»


«A Luís Antzara, unas veces “Koldo” y otras “Gorrión”, Neblí le llamaba “el Íncubo” porque era un aristócrata sinvergüenza que presumía de fornicar como un demonio»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

TERCERA ENTREGA. UN ARISTÓCRATA SINVERGÜENZA.

Luego le había pasado de todo, pero el orondo juntaletras me ahorró el relato de las peripecias. Sólo refirió la corta batalla de Neblí contra la heroína, sus irresistibles ganas de perseguir al Dragón. Cuando andaba perdido con el caballo, un día como otro cualquiera dejó de pincharse. Porque sí. Y porque todavía podía. No quiso volver a trotar. Porque no. Y, sorprendentemente, le sostuvo su extraordinaria voluntad, la misma que le había conducido al tropezón incesante con una realidad que quiso cambiar sin conseguirlo. Pero la abstinencia le enloqueció. Se miró en el espejo y le dijo al payaso que tenía enfrente: “O te estás quieto, o te mato”.Y como no se quedó quieto, le pegó un tiro.

No fue al del espejo, no. Porque un poso de lucidez le hizo comprender durante un segundo que el mal no estaba al otro lado del azogue sino en quien se reflejaba. Tampoco se lo dio a sí mismo. Ni mucho menos. Fue al payaso ese que no paraba quieto. Le colocó el nueve largo sobre la sien y apretó el gatillo. Se salvó porque aquel mentecato no se quedó quieto y la bala le hizo una raya de chamusquina en el pelo, por encima de la oreja.

Estuvo inconsciente tanto tiempo, allí mismo, sobre los baldosines fríos del cuarto de baño, que cuando se levantó ya no tenía ganas ni de heroína ni de pegarse un tiro. Sólo sintió agujetas y un intenso mal sabor de boca que aplacaba una angustia mayor, esa náusea infinita que, en ocasiones, se apodera de los seres humanos cuando están vivos y hubiera sido mejor no despertar.

Antes de entrar a la casa del potentado que pagaba por morir, pensó en Luís Antzara. Desde que se salvó por la pringue de los pelos, había estado un tiempo trabajando para él. Era un matón de poca monta que encargaba trabajos baratos de amedrentamiento como dar palizas, rajarle la cara a alguno y cosas parecidas, dijo Abel Ruiz. Pagaba bien y nunca llegaba demasiado lejos. Al menos, en lo que a Neblí se refería. Sólo una vez le pidió que cometiera un crimen. Y no lo ejecutó.

Antes de ofrecerse para hacer el trabajo del barón, citó a Luís Antzara en la cervecería “Correos” de Madrid, donde le gustaba concertar los encuentros clandestinos porque el local no daba de sí para la concurrencia fina que, además, tenía el Lyon a cuatro pasos, ni daba de no para esa otra gente que somete el bolsillo a tal disgusto que uno acaba por citarla en un banco de piedra o un tenderete callejero por si se ve obligado a devolverla ronda. A Luís Antzara, unas veces “Koldo” y otras “Gorrión”, Neblí le llamaba “el Íncubo” porque era un aristócrata sinvergüenza que presumía de fornicar como un demonio y le recordaba el viejo aforismo de que la mejor manera de averiguar las carencias de una persona es ver de qué presume. Lo gracioso era que el hombre, ignorando la intención, lo consideraba un elogio. Y la sorna de Neblí era tanto mayor cuanto que le trataba por el apodo y el tonto se reía.

Dijo Abel Ruiz que aquella iba a ser la primera vez que Neblí tenía que matar a alguien y por eso anduvo remolón. Pero lo cierto fue que casi mata a una anciana. Y no lo hizo por un pelo como un chorizo.

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

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Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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